UNA LACRA SOCIAL
El muro de los 50
La falta de ofertas de trabajo y la inquietud por la jubilación castigan a los cincuentones en paro
Pedro Pertegal Sanz -«Soy de Badajoz. Me vine a Barcelona con 15 años, como tantos otros. Me metí en la hostelería. Tengo 51 años, y he cotizado más de 30»- apura su cortado. Llueve a cántaros en Sant Adrià de Besòs y, a través de la vidriera del bar Dubros, a Pedro se le pierde la vista en la cortina de agua. «¿Mi rutina diaria? Me levanto. Desayuno, salgo de casa de mi hermana, no te puedes quedar todo el día en casa. Paseo. Paseo mucho. Paso mucho tiempo en la biblioteca, he descubierto que es un sitio donde puedes pasar el tiempo. Nunca antes había ido a bibliotecas porque estaba ocupado, teníatrabajo. Suelo ir a la biblioteca de La Mina, que es grande, está muy bien, o, si está cerrada, a una que hay en la Rambla de Prim. Allí leo la prensa, me meto en internet, para buscar ofertas, para leer, para enviar currículos. Vuelvo a casa para comer. Por la tarde miro internet. Paseo. Leo. No sé...»
Pedro, enparodesde octubre después de perder su empleo en un restaurante en Tossa de Mar, habita en esa franja, la de quienes hanperdido el trabajoen lacincuentena, que es una tierra de nadie de incierto futuro (una jubilación que se antoja como lejana y amenazada por la crisis) e ingrato presente, con escasas ofertas de trabajo que siempre van dirigidas a personas más jóvenes.
EL PRIMER DÍA
«Mi primer día en el paro -rememora en el salón de su casa en Mataró Dolors Pérez de Gea, de 55 años, casi 40cotizados, en paro desde hace año y medio; último empleo: administrativa en el departamento comercial de una empresa textil- me quedé mirando el tejado de la casa de enfrente y pensé: 'Mira, una idiota mirando un tejado'. De estar siempre ocupada, siempre de aquí para allá, siempre 'de bòlit', a dedicarme a mirar el tejado. Me siento tan desaprovechada...»
Dolors, Pedro y otros cientos de miles de cincuentones como ellos cuentan la misma historia, sin apenas matices. Que las (pocas) ofertas de trabajo que hallan están explícitamente dirigidas a personas de 35 o 40 años como máximo. Que se hartan de enviar currículos sin recibir respuesta. Que, si les llaman, la primera pregunta siempre es laedady ya no suele haber una segunda. Que a nadie le importa ya la experiencia. Ni el conocimiento. Ni las ganas de trabajar. Que no solo el mercado laboral, las empresas, les han dado la espalda, sino también las administraciones. La sociedad entera.
«Yo escribí en mi muro de Facebook que no quería ser invisible. Nos hemos convertido en un colectivo socialmente invisible. ¿Es un pecado cumplir 50 años? No», denuncia, repleta de energía, María Cristina Andrada Dotta (56 años, 25 años cotizados. En paro desde hace cuatro meses. Profesión: planchadora).
También arrecia la tormenta en L'Hospitalet, la ciudad de adopción de Cristina, donde se calcula que unas 7.000 personas de más de 50 años no tienen trabajo. Los datos de la última encuesta de población activa (EPA) indican que hay más de 577.400 personas mayores de 55 años sin empleo; que es entre los cincuentones donde más aumenta eldesempleoen porcentaje; que desde el 2008, la cifra de desempleados entre sus filas se ha triplicado. La tormenta arrecia sobre mojado: el Gobierno endureció hace poco las condiciones para percibir el subsidio específico para los mayores de 55 años (el que se recibe cuando se agota la prestación por desempleo o no se tiene derecho a ella), y ahora se tienen en cuenta los ingresos de toda la unidad familiar y no solo los del perceptor. Y los últimos dimes y diretes sobre laspensiones(la edad de cotización; la desindexación de la economía, el nuevo 'palabro' de moda del Gobierno) han acrecentado los nubarrones en su horizonte vital.
Tras cada cifra hay una vida. Una historia. Miles de ellas. La de Pedro Pertegal dice que vive en Sant Adrià, en el piso de su hermana, jubilada, con tres de sus cuatro sobrinos, también sin empleo. No cobra paro, porque hasta enero del 2012 fue autónomo (tenía un bar en Castelldefels que cerró), y sobrevive gracias a los ahorros y al alquiler del piso que compartía con su exmujer y que ahora han arrendado de mutuo acuerdo.
«AFORTUNADA»
La historia de Dolors se ve atenuada por un hecho capital: no paga hipoteca. Su marido, de 58 años, lleva cuatro años en paro y cobra un subsidio de 426 euros, en principio asegurado hasta el 2020, cuando cumplirá los 65. Su hija, de 32 años y licenciada en Psicología, trabaja media jornada. Por todo ello -«y porque fui ahorrando durante años»- Dolors se considera «afortunada, comparada con otra gente que lo está pasando mucho peor».
Cristina, divorciada, vive con su hijo, de 19 años, que estudia Ciencias Políticas y Música gracias a unas becas menguantes. De la tintorería la despidieron, aplicando lareforma laboral, con una indemnización de 20 días por año trabajado. Cobra el paro, y tira de los trapicheos que le van saliendo: «No llegamos a final de mes, con la hipoteca y todos los gastos». Por las noches, confiesa, le cuesta coger el sueño por la angustia; este invierno su hijo y ella durmieron juntos para ahorrar en estufa. Forma parte de la junta de la Associació Aturats Majors de 50 anys de L'Hospitalet de Llobregat (ASSAT+50), creada en febrero para presionar a las administraciones y a las empresas, para confeccionar una bolsa de trabajo, para lograr mediante la unión lo que individualmente se antoja imposible: encontrar un empleo. «Queremos dar un cariz positivo. No podemos quedarnos en casa pensando en lo que nos ha sucedido. Tenemos que continuar y continuar», dice Cristina, que pese a todo se niega a renunciar al optimismo.
En un arrebato de frustración, Pedro envió hace semanas una carta al diario. «Todos los días me levanto con la esperanza de encontrar un hueco en el mercado laboral y todos esos días me doy de bruces con el muro de la edad -escribió-. (...) Se oyen lamentos por la juventud preparada. ¿Y qué pasa con los mayores de 50, tan preparados y más experimentados que aquellos?».
Noticias relacionadas¿QUÉ HACER?
Sí, ¿qué pasa con ellos? «Hay un compañero en la asociación -narra Cristina- que dice: '¿Qué hago yo por la mañana? Mi mujer se va a trabajar; mis hijos, a estudiar. Y yo ¿qué hago? Me levanto a las ocho y media porque no quiero quedarme en la cama, y me meto en internet, y me obligo a salir a la calle porque llega un momento en que sientes que no eres nadie'». «Tienes que intentar no hundirte - reflexiona Dolors-. Es lo que dice José Luis Sampedro, tenemos una vida y tenemos el deber de vivirla, pero dignamente». «No tengo miedo aún -susurra Pedro- . Sí preocupación. La esperanza aún no la he perdido, pero cada día tengo un gramo menos». «Yo -se despide Cristina- lo que hago es salir a la calle con una sonrisa. Me esfuerzo... Me esfuerzo en reír».
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