14 ago 2020

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Rutas cinematográficas

El Empordà evocador

La película de Jaime Rosales 'Petra' recurre a la luz de la Costa Brava y sus vistas para perfilar los problemas existenciales de sus protagonistas

Beatriz Martínez

Vista general del Cap Ras, lugar emblemático de la Costa Brava.

Vista general del Cap Ras, lugar emblemático de la Costa Brava. / FERRAN SENDRA

Las tragedias griegas siempre han estado regadas con la luz del Mediterráneo. El brillo del sol como antítesis de la fatalidad que desprenden, de los problemas morales que plantean y de sus personajes consumidos por las más bajas pasiones humanas.

Esa pulsión constante entre el bien y el mal, lo puro y lo corrupto, está presente en 'Petra', el particular homenaje al género literario que Jaime Rosales dirigió desde una perspectiva contemporánea sin perder un ápice de su esencia clásica: padres despóticos, hijos bastardos, incesto, venganza, sentimiento de culpa y crisis existencial. Para ubicar esta tempestuosa historia marcada por la fatalidad se trasladó a la región del Empordà, donde encontró la calidez que buscaba, la naturaleza envolvente para compensar el ambiente opresivo que dominaba la relación entre los personajes.

Entre Palafrugell y Peralada, La Bisbal y Cruïlles, el paisaje ampurdanés se apodera de la escena

Necesitaba una masía tradicional con toques de diseño contemporáneo para que se convirtiera en el centro neurálgico de la trama y que pudiera albergar el hogar y el estudio artístico de Jaume Navarro, un afamado escultor sin escrúpulos en la vida (y en el arte) que sembrará la semilla del odio en todos aquellos que lo rodean: su mujer, completamente anulada (Marisa Paredes), su hijo, al que siempre ha despreciado por considerarlo mediocre (Àlex Brendemühl) y una joven, Petra (Bárbara Lennie), que llegará en busca de su verdadero padre.

Encontró el espacio que buscaba en Forallac, en el Mas Cals de Fitor, una impresionante finca con más de 1.000 hectáreas, en su mayoría de alcornoques,  que desprendía todo el encanto de la zona de las Gavarres. Cuando el director visitó la localización conoció a su propietario, Joan Botey, que durante toda su vida se había dedicado a la producción vegetal, especializándose en el corcho como materia prima,  y, además de alquilarle la propiedad para el rodaje, le hizo una inesperada proposición: que se convirtiera en el terrible Jaume Navarro.

Un verano funesto

Mientras los personajes se descubren, se mienten, se enamoran o aprenden a odiarse, pasean por entornos idílicos, se adentran en tupidas forestas y se dejan acariciar por el sol de un verano funesto. Una placidez por la que el espectador se deja seducir mientras se  teje la tragedia entre el Baix y el Alt Empordà, entre Palafrugell Perelada, con parada en La Bisbal d’Empordà, Ullastret y sus restos íberos y Cruïlles, Monells y Sant Sadurní. Petra es una película sobre la mentira, el perdón y la redención, pero en ella también se introducen numerosas disertaciones alrededor de la naturaleza del arte desde la dicotomía que se plantea entre la mentalidad romántica y la empresarial. ¿Qué es más importante, encontrar algo de verdad en las obras o ganar de dinero a través de ellas? 

Cada personaje se identifica con una visión del mundo  diferente, y para plasmar su imaginario se utilizaron las obras de tres artistas consagrados como punto de referencia. Las esculturas de Antonio Valdés, con la rotundidad de sus piezas monumentales para definir el genio de Navarro; la introspección de las pinturas de Desi Civera, como materia para la búsqueda de la identidad expresiva de Petra, y, por último, las fotografías sobre la exhumación de fosas comunes de Clemente Bernard, que dan dimensión social a la sensibilidad de Lucas (Brendemühl) y que conectan con la ocultación del pasado que afecta a todos los personajes. Mientras, estos sentirán un impulso irrefrenable de vivir conectados a la naturaleza. 

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