25 nov 2020

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BARCELONEANDO

Historias de anticuarios

Artur Ramon reivindica, a partir de 20 relatos cortos, un oficio del que Barcelona fue plaza fuerte a principios del XX

Natàlia Farré

Historias de anticuarios

jordi baron

A principios del siglo XX, en la primera y segunda década, Barcelona era una buena plaza en lo que a anticuarios se refiere. Alrededor de la catedral, con la calle de la Palla como epicentro, podían contarse numerosos comercios relacionados con el tema. Había mercado. Oferta y demanda. Con la guerra civil saltó todo por los aires, pero el desarrollismo no llegó solo con el 600 bajo el brazo, también trajo consigo una nueva clase social con inquietudes (de apariencia o reales) coleccionistas, y los anticuarios volvieron a tener una época de esplendor que se alargó hasta los JJOO. Ahora, con permiso de lo que pase con la crisis económica que seguirá a la crisis sanitaria, la cosa parece tener un cierto repunte con una generación joven que reivindica el papel de la profesión. 

No solo eso, reivindica también el propio concepto de anticuario, una palabra a veces denostada y con poca aceptación social por desconocimiento. En muchas ocasiones, el vocablo aparece relacionado con estafas, robos u otros delitos. Y no. Como en todas las ocupaciones hay profesionales buenos, regulares y malos. El buen anticuario descubre, investiga y recupera obras de arte con más de 100 años encima y las devuelve al mercado con una identidad rescatada. Crea patrimonio. Ahí va un ejemplo: ‘El coleccionista de estampas’, una de las obras más emblemáticas de Marià Fortuny luce hoy en el MNAC porque se adquirió por suscripción popular después de que, en 1936, la anticuaria Maria Esclasans la recuperara de una colección francesa y la trajera a Catalunya.

Los abuelos y el padre de Artur Ramon, en una de las fotos que ilustra el libro de cuentos. 

Pisos del Eixample vacíos

Lo sabe bien Artur Ramon, cuarta generación de anticuarios. Si no el linaje decano del país aún en activo, sí uno de los más antiguos. Su bisabuelo empezó en Reus pero se trasladó a Sitges en la época dorada de la creación del Palau Maricel, con Charles Deering y Miquel Utrillo en plena efervescencia filantrópica y creativa. Después de la guerra civil, su abuelo ya estaba instalado en Barcelona en la calle de Jaume I de inicio, en la calle de la Palla, en 1942. Ahí estuvieron 75 años hasta que la presión turística del barrio Gòtic los obligó a trasladarse al Eixample. Ramon es de los buenos. En su haber cuenta el descubrimiento de un buen número de piezas dormidas, sobre todo del barroco italiano y de grandes maestros españoles, como El Greco. Y con numerosas anécdotas: “Aventuras que no tienen lugar en la sabana africana sino en los pisos de Barcelona y sus alrededores”. Además del valor de convertir su galería en una cámara de las maravillas al estilo de las del siglo XVI con cocodrilo disecado incluido. Fue en el 2015. Y fue un éxito. 

Con tanta tradición a sus espaldas, pocas cosas se escapan a Ramon del coleccionismo del país. Ha hecho muchas tasaciones. “Nunca se sabe lo que aparecerá en un piso. Hay más posibilidades de toparse con pintura catalana que cualquier otra, pero también se puede tropezar con maestros italianos antiguos porque un familiar compró obras en París, Milán o Londres. Es muy imprevisible y esto es lo que lo hace tan atractivo, desde el punto de vista profesional y narrativo.” Sí también narrativo. Ahí está ‘Art trobat’ (Comanegra), un recién publicado recopilatorio de 20 cuentos en el que el anticuario se propone “dar a conocer la profesión, humanizarla y reivindicarla”. Ramon pone voz a los cuentos y Jordi Baron, imagen. Baron también es anticuario, de tercera generación, además de fotógrafo. Una de sus mejores series de fotografía muestra eso: lo que queda en los pisos del Eixample tras ser vaciados. 

El coleccionista lujurioso

Y estas son las imágenes que ilustran los cuentos de ‘Art trobat’. Hay historias propias y ajenas. Los hay que son rigurosamente fieles a la verdad, como cuando el abuelo de Ramon perdió una escultura de Pablo Gargallo que lucía habitualmente en la repisa de la chimenea de su casa y 40 años más tarde la volvió a ver encima de la repisa de otra chimenea: la de la hija del artista. Otras han sido alteradas y la ficción supera la realidad, como la del ingeniero que durante 30 años creó un museo sexual de autómatas en el desván de su casa sin que su familia se enterara. El coleccionista lujurioso existió, pero lo acontecido ha sido modificado. Y luego están las historias que son un clásico: todo anticuario se ha encontrado en alguna ocasión con un enfermo a punto de pasar a ser finado al ir a hacer una tasación. Las 20 historias tienen una base real que Ramon ha transformado. Cosas del código ético. “Ni el mío ni el de la profesión permiten dar detalles”, sostiene. Así que imposible saber quien dio con una bolsa de monedas de oro al restaurar una sencilla consola mallorquina.