10 abr 2020

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    Análisis

    Hollande y los países bajos (de moral)

    Jordi Ferrerons

    Gran parte de Europa y eso a lo que llamamos «los mercados» están muy pendientes de un acontecimiento que, aparentemente, vive bastante de espaldas a Europa y a eso a lo que llamamos «los mercados». Ejercicio supremo de ensimismamiento identitario y autorreferencial, la elección presidencial francesa sublima la idea de excepción única en el mundo que Francia tiene de sí misma. Los ciudadanos no toleran que un candidato no les hable mirándoles a los ojos sobre los problemas que les afectan directamente en su vida cotidiana: empleo, inseguridad, educación, impuestos. Solo que en Francia ningún presidenciable que ambicione seriamente la máxima magistratura dirá jamás a los electores que los mercados financieros van a obligarle a tomar determinadas medidas, y aún menos que tiene el aliento de la cancillera alemana, Angela Merkel, en el cogote para hacer esto o aquello.

    Cinco años atrás, Nicolas Sarkozy llegó en volandas al palacio del Elíseo con el mensaje de que liberaría las energías de la sociedad y la economía francesas para que el país recuperara la autoestima y su verdadera posición en el mundo. Ahora, su estilo impetuoso y abiertamente oportunista, la utilización de su muy glamurosa y parisina vida privada y, especialmente, el trasfondo liberal de su acción de Gobierno -menos Estado, más obediencia a los dictados de Bruselas y de «los mercados», reivindicación compulsiva de la productividad de los trabajadores- merman sus posibilidades de ser reelegido.

    El favorito de las encuestas para la segunda vuelta es el socialista François Hollande, primer secretario del Partido Socialista (PS) durante 11 años y con una imagen de una cierta proximidad por haberse ganado a pulso su bastión electoral de la Corrèze, en el corazón rural de Francia. Su programa incluye la congelación temporal del precio de los carburantes, la reimplantación de 60.000 nuevos puestos en el sistema público de educación, la jubilación a los 60, la creación de 100.000 «empleos de futuro» y las ayudas a los jóvenes que deseen emanciparse. Todo ello en el primer año de su mandato. Es decir, en las antípodas del determinismo restrictivo (y opresivo) que marca la vida política y económica del resto del centro y el sur de Europa. Además, el izquierdista Jean-Luc Mélenchon, el candidato que encarna el granero de votos de Hollande cara a la segunda vuelta presidencial, propugna un aumento del salario mínimo hasta los 1.700 euros mensuales.

    Seguramente sin ser muy conscientes de ello y prestando gran atención a su ombligo nacional, los franceses pueden dar un giro a los postulados que dominan la vida económica, social y política del resto de la Unión Europea. Soplo de aire fresco, puerta de salida o perturbación incontrolable de lo que se suele presentar como única política posible, esta elección puede marcar un hito en el futuro a corto y medio plazo de Europa, a la espera de las elecciones legislativas del otoño de 2013 en Alemania. Y sin que los electores dediquen mucha energía en pensar en eso que llamamos «los mercados.