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Tesoros del subsuelo

Jaume Carreras, de cuando el verde del Eixample eran las mesas de billar

A pocos días de ser nonagenario, el socio número 1 del club decano de España de la carambola sorprende a todos como 'youtuber'

ZOWY VOETEN

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

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Antes de que se abrieran los interiores manzana, antes de que el antiguo matadero de la ciudad diera paso a un parque dedicado a Joan Miró, donde, por cierto, hasta fue retratado un vampiro en pleno ágape nocturno (vean, vean), antes de todo eso y mucho más, que no es poco, hubo un tiempo en que lo más verde del Eixample era el paño de las mesas de billar, no las de los bares, que a partir de los 70 comenzaron a ser con troneras, o sea, de ‘pool’ americano, más pequeñas y solitarias, sino las de clubs de tres bolas, establecimientos que en sus buenos tiempos tenían guardarropía, manicura, limpiabotas y hasta barman con camisa blanca y chaleco negro. Sobreviven pocos de aquellos cenáculos de la carambola y, entre ellos, apenas conocido para lo que en su día llegó a ser, toda una institución, el decano, no de Barcelona, sino de toda España. Como una Gloria Swanson en ‘El crepúsculo de los dioses’ sobrevive bajo la platea del teatro Coliseum el Club Billar Barcelona, fundado en 1928, que se merece sin duda el calificativo de tesoro oculto de la ciudad. Pero el protagonista de esta excursión al subsuelo más verde de la ciudad no es simplemente el club, sino su actual socio número 1, Jaume Carreras, que en breve será nonagenario, varias veces campeón, maestro de esta aplicación práctica de la trigonometría y, con un par (bueno, en realidad, no con un a par, sino con tres bolas), ‘youtuber’ del billar.

Antes que nada, un par de referencias históricas de esas que, si gustan ustedes, podrán contar entre jugada y jugada por si este deporte no es lo suyo, de modo que seguirán sin ganar, pero, aunque pierdan, pasarán por ser amenos contrincantes.

Carreras, cuando la pajarita era obligada para jugar.

/ FAMILIA CARRERAS

La primera. El billar es literalmente una antigüedad. William Shakespeare ponía a la mismísima Cleopatra a jugar en la quinta escena del cuarto acto de una de sus tragedias. “Juguemos al billar. Venid, Carmia”. Pero ella, la sirvienta, se excusa y dice que le duele el brazo, así que la responsabilidad de enfrentarse a la reina de Egipto y amante de Marco Antonio recae en el pobre Mardian, víctima en su infancia, se supone, de una cruel y quirúrgica carambola. “Tanto puede una mujer jugar con un eunuco como con otra mujer”, responde Cleopatra, ajena ella todavía a lo feas que se pondrán las cosas en el quinto acto de la obra.

Decapitar para jugar

Segunda referencia histórica: parece que algo más o menos parecido al billar actual se jugaba ya en el Mediterráneo oriental incluso en tiempos presocráticos, en Egipto y en Grecia, pero la variedad que se practica en ese sótano del Coliseum bebe de unas fuentes más recientes y, no por ello, con menos novela a sus espaldas. Se supone que era el entretenimiento de la aristocracia francesa y que hizo falta tomar la Bastilla y decapitar a no pocos jugadores de aquellos a los que nunca les faltó ‘brioche’ en la mesa para que esa afición pasara a ser un patrimonio común, no solo palaciego. Se popularizó el billar, sí, pero no de cualquier manera, sino con clase, en locales ‘comme il faut’, nada de ambientes tabernarios, porque una cosa es hacer una revolución y otra muy distinta, el tonto.

El Club Billar Barcelona o, dicho de otro modo, ¿qué hay debajo de la platea del Coliseum?

/ ZOWY VOETEN

El Club Billar Barcelona nació así, en 1928, como una imitación perfecta de aquello que la burguesía catalana conoció en París, las academias de billar, gestadas a lo largo del siglo XIX y el primer tercio del XX. Cinco años más tarde de aquella fecha nació Jaume Carreras. Con 16 se hizo socio. Aún lo es.

Los tacos, una relación abierta

Hace pues 74 años que juega y, muy pronto, porque a la vuelta de un par de fines de semana se aproxima su aniversario, serán 75, lo que según la tradición matrimonial se conoce como las bodas de brillantes, tres cuartos de siglo desposado con un taco de fresno, arce o ébano, porque los hay de distintas maderas y él tiene varios, vamos, lo que hoy en día se considera una relación abierta y antaño una pecaminosa poligamia.

Que haya sido tres veces campeón de Europa desde luego impresiona. Los trofeos están en las vitrinas del club, a rebosar. Más sorprende, sin embargo, su faceta catódica, porque gracias a su habilidad apareció en alguna ocasión en el NO-DO (no todo el mundo puede presumir de eso) y de un tiempo a esta parte vuelca su enciclopédico saber en un canal de youtube que a cada video que cuelga parece más profesional.

“Créame, esto es ciencia y mecánica”, explica muy teatralmente Carreras, algo de lo más adecuado, porque por algo estamos justo bajo el escenario del Coliseum durante la cita concertada para, podría decirse, ‘billarear’, o sea, repasar anécdotas y aventuras de este deporte.

A su edad se puede permitir lo que con otra con menos velas sopladas sería una fanfarronería. Dice que apenas hay nadie en el mundo que sepa más que él de la física (en el sentido más científico del término) que hay en este deporte. Lo curioso, sea dicho esto de paso, es que en realidad él es químico de formación.

Eso tiene su chiste y se merece un punto y aparte para introducir un par más de historietas que contar entre tacada y tacada.

El billar es física

Los físicos (y esto no va de billar) son muy suyos. A Wolfgang Paul, a quien le concedieron un premio Nobel por diseñar una trampa capaz de capturar iones, bautizada con su nombre, trampa de Paul, le engañó su esposa en una ocasión. Con un químico. Fue peor el oficio del amante que la propia infidelidad. “Si lo hubiera hecho con un torero lo entendería, ¡pero con un químico…”. De eso se quejó.

La segunda historieta tiene como protagonista a Ernest Rutherford, otro Nobel, de esos que se estudian en el bachillerato, padre de una frase célebre que se le volvió en contra. “La ciencia es toda ella física, el resto es filatelia”, dijo con soberbia. Y tiempo después fue víctima, sin preverlo, de una perfecta justicia poética. Ganó el premio Nobel, pero de Química.

Jaume Carreras muestra la vitrina de los trofeos del club, rebosante en parte gracias a él.

/ ZOWY VOETEN

La cuestión es que aquí, en esta crónica, Carreras es la imagen inversa de Rutherford, un químico que imparte lecciones física, pues a la que se anima explica las transmisiones de carga y las rotaciones que tienen lugar sobre el paño verde. “Es que esto, en realidad, es un juego muy intelectual, bueno, eso en el caso de que se quiera jugar bien, porque de lo que se trata es de saber por qué pasa lo que pasa cuando se golpea la bola así o asá”. Y él, a estas alturas, se sabe casi todas las respuestas.

Lo que le gustaría a Carreras en su faceta como ‘youtuber’ nonagenario sería, por ejemplo, encontrar el modo de subtitular sus clases magistrales a los idiomas que más convienen, como el coreano, porque al parecer es uno de los países del mundo con mayor afición, un millón de practicantes. Lo que les quiere hacer llegar, a los que están al sur del paralelo 38, claro, es la física de un sinfín de jugadas maestras y, en el mismo acto de traspaso de conocimiento, esparcir por el mundo un homenaje al club al que ha pertenecido desde su adolescencia, porque, por si no ha quedado claro antes, ese lugar es la repera.

El Club Billar Barcelona ha sido el hogar de cinco campeones del mundo a lo largo de su historia, que se dice pronto, y dos de ellos, los primeros de la lista, fueron a la par jugadores del primer equipo de FC Barcelona, Claudi Puigvert y Armand Martínez Sagi, que, por cierto, debutó con 14 años sobre el césped en la Liga.

Prohibido fumar, quién se lo iba a decir a los fundadores del Club Billar Barcelona.

/ ZOWY VOETEN

Los años en que esos billares del sótano del Coliseum eran un club selecto al que no todos podían acceder (Carreras se hizo con un carnet de socio gracias al amigo de un amigo, ya ven) quedan atrás. Ya nadie le hace a uno la manicura en ese sótano o le sirve un cóctel, pero es realmente meritorio que haya sobrevivido a esa suerte de extinción masiva que ha habido en el Eixample de este tipo de establecimientos. Había unos billares en el sótano del Tívoli y, justo enfrente, otros en el gigantesco altillo del Novedades. Quitaban el hipo las escaleras de acceso a los billares del 579 de la Gran Via, otra sala desaparecida, entre Aribau y Muntaner, e idéntica suerte corrió La Pansa, que tenía buenas mesas en la plaza de España, aunque puede que este quedara postalmente ya en Hostafrancs.

La afición continúa

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Resiste por fortuna, y además más bien que mal, otra institución, el Club Billar Córdoba, a cuyos dueños Carreras agradece cuánto se implicaron en su día en la organización de los campeonatos celebrados en Barcelona. Y con el tiempo, es cierto, han florecido locales donde practicar este juego en cualquiera de sus versiones, incluso el ‘snooker’, más ingles que la sal Maldon, pero decano solo hay uno, el Club Billar Barcelona y, allí, con el número 1 del carnet de socio está Jaume Carreras, a quien solo resta desear, ya que estamos, un feliz cumpleaños.

(Posdata, por si alguien ha encontrado una contradicción cromática. Sí, las mesas son hoy a menudo azules. Las del Club Billar Barcelona, también. Pero hubo un tiempo en que fueron las principales zonas verdes del Eixample.)

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