Relaciones infantiles
¿Es normal que los niños peguen y se peleen? Carlos González, pediatra, lo resuelve: "Nuestro hijo no es un monstruo"
El doctor compara estos comportamientos con los sicarios de la mafia: "Matan a quien tienen que matar y el resto del tiempo hacen cola, piden por favor, dan las gracias... como personas normales"
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Foto de niños jugando a futbol. / MANU MITRU / EPC
Que un niño pequeño pegue, empuje, escupa o insulte a otro no es necesariamente una señal de alarma. Tal y como explica el pediatra Carlos González en un vídeo publicado en Instagram, estas reacciones suelen aparecer cuando otro niño le quita un juguete, se niega a compartir, lo insulta primero o simplemente lo mira de una forma que él interpreta como una amenaza.
Lejos de ser un signo de agresividad patológica, González recuerda que estas conductas forman parte del desarrollo natural.
La comparación que utiliza es clara: “Ni siquiera los sicarios de la mafia van por ahí matando gente, son profesionales, matan a quien tienen que matar y el resto del tiempo hacen cola, piden por favor, dan las gracias... como personas normales.”
Los niños, explica, también pueden alternar momentos de conflicto con comportamientos completamente empáticos y afectuosos.
No dramatizar
Uno de los mensajes centrales del especialista es la importancia de la reacción adulta.
Cuando un niño pega a otro, lo último que necesita es ver en el rostro de sus padres una mezcla de terror, culpa o decepción.
Transmitir miedo solo alimenta la sensación de que ha cometido un acto terrible.
Por eso, González insiste en que lo primero es comprender que "nuestro hijo no es un monstruo”, sino un ser en pleno aprendizaje social.
Por qué ocurre y cómo acompañar
Las peleas entre niños surgen, en la mayoría de los casos, por impulsividad, frustración o dificultades para expresar emociones verbalmente. Los padres pueden acompañar el proceso con pautas como:
- Mantener la calma: la regulación emocional adulta guía la regulación infantil.
- Nombrar lo que ha pasado: “Estabas enfadado porque querías ese juguete”.
- Ofrecer alternativas: enseñar frases o gestos para pedir turnos o expresar enfado sin agresión.
- Evitar humillar o etiquetar: nada de “eres malo” o “siempre pegas”.
La educación emocional se construye poco a poco, no en un solo episodio.
Aprender también implica equivocarse
González recuerda que, igual que los padres se pelearon de pequeños y dejaron de hacerlo, los niños acabarán superando esas conductas con tiempo, acompañamiento y límites serenos.
Las peleas no definen su carácter; forman parte del camino normal hacia la madurez emocional.
Por eso, concluye, educar sin miedo es la mejor forma de ayudarles a crecer con seguridad, empatía y confianza.
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