La vuelta al cole

La bendita estabilidad del regreso a la escuela

Vuelta al cole en la escuela pública CEIP Castella. / Manu Mitru

  • El segundo curso del covid empieza con el 90% de profes vacunados y con los chicos de la ESO en proceso.

  • Los niños tienen ganas de ver a los amigos pero se quejan de la mascarilla

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Carlos Márquez Daniel
Carlos Márquez Daniel

Periodista

Especialista en Movilidad, infraestructuras, política municipal, educación, medio ambiente, área metropolitana

Escribe desde Barcelona

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La educación ha sido en tiempos de pandemia el equipo de Segunda B que juega contra un grande de Primera en la Copa del Rey. La lógica impone perder, pero quién sabe, a veces ocurre lo inesperado. Lo consiguió el Alcorcón en 2009 contra el Real Madrid. Y lo logró la enseñanza al mantener las aulas abiertas durante todo el curso a pesar de que nadie daba un duro por el sistema. Y a pesar de que todavía resuenan los recortes y las estrecheces de la década anterior en materia de profesorado que permita bajar ratios, de escuelas nuevas, de reformas en los coles que se caen a trozos, de personal de apoyo para alumnos con necesidades especiales, de recursos para abordar el nuevo marco emocional.

Esa regularidad ha sido clave para mantener una cierta equidad y, sobre todo, para no perder el vínculo entre alumno y escuela, en especial, en los centros de alta complejidad, donde el entorno y los profesionales a veces juegan un papel más social y humano que educativo. Los chavales vuelven al cole con más experiencia en materia covid, con los docentes vacunados (en un 90%) y con muchos estudiantes de la ESO con el pinchazo a la vuelta de la esquina. El prodigio continúa.

Quieren ver a sus amigos, salir al patio, quedarse a charlar cuando terminan las clases, volver a las extraescolares, recuperar las excursiones y las colonias. Y, por encima de todo, se mueren por sacarse de encima la mascarilla. Les da pereza volver a estudiar, los deberes, los posibles confinamientos, levantarse pronto o las broncas por las notas. La vuelta al cole llega tras un verano muy cargado de coronavirus y una quinta ola en franca retirada. Que la escuela empiece precisamente en un momento más o menos dulce de la pandemia generará un plus de presión al sistema. Pero en el curso pasado se demostró que el cole no funciona como foco de contagios, sino que los casos positivos entre los alumnos se dan a los pocos días de que se empiecen a detectar en el grueso de la sociedad.

Innegociable, por ahora

A pesar de ello, la mascarilla se mantiene como elemento innegociable (hasta que Salut diga lo contrario) y solo podrá obviarse cuando en el patio se juegue con el grupo burbuja. Si se mezclan con otras clases, cosa que ahora sí estará permitida, deberán usar la protección. La normalidad y la rutina han conseguido que la escuela no se perciba como un peligro. Los niños aseguran que van sin miedo, y eso seguramente dice mucho del esfuerzo y dedicación del personal docente, que en el curso pasado vivió con íntima tensión la escasez de equipos de protección o las dudas sobre la vacunación de profesores mayores de 55 años.

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Los estudiantes están a punto. Pero está por ver en qué condiciones llegan los profesores tras un año de mucha presión y miedo ante lo desconocido. Y también tras un curso en el que fue deporte nacional opinar sobre cómo debía adaptarse la enseñanza. Afortunadamente existe la autonomía de centro, con la que cada colegio seguirá tomando las decisiones que más y mejor se adaptan a la necesidad del alumnado. Todo apunta a que esa será su prioridad.