06 jul 2020

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OPINIÓN

Qué ganas de perder de vista a mi hijo

Olga Pereda

Varios niños juegan en un parque infantil de València, donde ya no están precintados.

Varios niños juegan en un parque infantil de València, donde ya no están precintados. / MIGUEL LORENZO

Adoro a mi hijo, pero qué ganas de perderle de vista un rato. Y dirán muchos cuando lean esto: "Ya están las madres, quejándose de todo. Qué pesadas son. Que no hubieran tenido hijos". Y tienen razón.

Las madres y los padres se quejan por todo. Al menos, los de carne y hueso. Lejos de los titulares de la prensa del corazón, el confinamiento no ha sido un regalo sino, posiblemente, la situación más estresante y más difícil de lidiar de nuestras vidas. Padres y madres te confiesan -en bajito- que ya no pueden más. Que han pasado por la ansiedad, las pastillas y la ira. Asumir el volcán en erupción que ha supuesto la pandemia, estar encerrados en casa, seguir dando el callo con el teletrabajo como si nada hubiera pasado, ejercer de limpiadores, cocineros, profesores y cuidadores a tiempo completo de un hijo -o de dos, o de tres- ha sido el infierno. Por más que Lourdes Montes proclame en 'Love': "Esta etapa me ha permitido estar más tiempo con mi familia, y eso es un regalo". Por más que Eva González y Cayetano Rivera hayan estado "más unidos que nunca" durante el confinamiento junto a su bebé. Por más que Silvia Abascal se sienta "pletórica" en su papel de madre y "aproveche al máximo" el encierro en casa para "disfrutar de la compañía de su hija". Qué suerte. Yo adoro al mío, pero tengo ganas infinitas de perderle de vista un rato. Un par de horas. Una hora. Media. Queda mal como titular. Lástima que sea la realidad de muchos y muchas.

La maternidad y la paternidad real es un estado en el que, si tu hijo te lo pidiera, te tirarías por un acantilado. Pero otras veces serías tú el que le tirarías a él. Y al día siguiente, te lo vuelves a comer a besos. Y te emocionas con cada cosa que dice o hace. Y te llena de orgullo. Y piensas que es un ser lleno de luz. Y al día siguiente vuelves a barajar seriamente lo del acantilado. Y así en bucle. Pero eso nunca sale en los titulares de la prensa del corazón, donde todos los padres y las madres han "disfrutado" mucho de sus hijos. Deben vivir en 'Los mundos de Yupi'. O en casas gigantes, con muchas habitaciones para encerrarse a trabajar, jardín para desfogue de las criaturas y servicio doméstico para que todo esté impoluto, la comida en la mesa y los peques bañados y acostados.

"Ser madre debería estar remunerado", defiende (con razón) Laura Freixas, autora de 'A mí no me iba a pasar', sincera y valiente reflexión sobre la maternidad y la crianza. La sugerencia de Freixas no tiene nada que ver con el arrepentimiento. No conozco personalmente a ninguna madre arrepentida -que las hay- pero tampoco a ninguna que sea feliz las 24 horas del día. Y menos, en el confinamiento.

Hay muchas vías para reconciliarse con la maternidad y la paternidad. Olvidarse del móvil en casa y dar un paseo por el campo no suele fallar. Después de casi tres meses encerrados, ver a tu hijo correr detrás de una mariposa o asombrarse porque no se le ha olvidado montar en bici te hará llorar de emoción. También lo hará 'Bao', el brillante y arrebatador corto de Pixar (disponible en Disney Plus) con el que directora Domee Shi ganó el Oscar el año pasado. No tiene una sola palabra de diálogo. No le hace falta. Son los ocho minutos que mejor definen la maternidad.