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La rúbrica o cómo tus hijos aprenden solos de sus propios errores

La evaluación formativa gana terreno en muchos colegios para que los chavales adquieran autonomía

Los alumnos corrigen sus trabajos para potenciar la oportunidad de "revisión y mejora" de su aprendizaje

Carlos Márquez Daniel

Cuatro alumnos del Institut Bellvitge revisan una rúbrica en un aula. 

Cuatro alumnos del Institut Bellvitge revisan una rúbrica en un aula.  / FERRAN NADEU

La nota. La implacable nota; el frío número que resume meses de trabajo. Y que no da tregua, no abre debate. La recibes y la digieres, para bien o para mal, afirmando lo bueno, lo regular o lo malo que eres. Te coge en una edad tierna, de fáciles influencias, de complicada asimilación del fracaso, de motivación tambaleante. Por eso en las escuelas, de la mano de la formación innovadora, hace algunos años que se empezaron a impulsar sistemas de evaluación, menos traumáticos y más participativos. Como la rúbrica, que permite al estudiante darse cuenta de sus propios éxitos y errores a través de la autocorrección. Son muchos los centros que ya la usan de manera habitual. Y hay coincidencia: “Refuerza la formación e impulsa al aprendizaje”. Este será el último curso con notas numéricas en secundaria, decisión que va en sintonía con este tipo de herramientas de evaluación formativa. Porque aquí, coinciden los expertos, se trata más del camino que del destino, más de las competencias que de los contenidos.

La rúbrica nace en Estados Unidos en los años 70, pero no empieza a aplicarse en nuestro país hasta bien entrado el siglo XXI. Se trata de elaborar una plantilla que permita al alumno establecer el grado de cumplimiento de una tarea concreta. Pero no para obtener una calificación concreta, que también, sino para que la detección de posibles fallos y carencias, propios o ajenos, se traduzca en una reflexión, en un mayor conocimiento de la materia, en la adquisición de nuevos y buenos hábitos. En un evitar tropezar con el mismo bache. Los estudiantes y el profesor usan la misma rúbrica, de manera que el tutor, una vez los chavales se han evaluado, revisa el nivel de honestidad. De este modo, puntuarse de más no solo no sirve de nada sino que puede penalizar al listillo. “Pero sucede más bien al contrario, suelen ser incluso más duros de lo necesario”, relata Natalia Pomareda, profesora del Institut Bellvitge de L’Hospitalet de Llobregat, donde la rúbrica lleva años instalada en el plan de estudios.

Una rúbrica del Institut Bellvitge / FERRAN NADEU

Explica esta educadora que esta herramienta también es beneficiosa para las familias, ya que, con el sistema educativo tradicional, a partir de cierta edad no reciben ningún indicativo sobre cómo avanza su hijo más allá de la nota. “La información que llegaba hasta ahora no aportaba nada a los padres. De este modo, pueden saber qué cosas no están haciendo bien y qué soluciones pueden aplicar para mejorarlas”. Ernesto Panadero, doctor en Psicología Educativa y experto en este área, apela a la oportunidad de “revisión y mejora”, en el sentido de que el alumno debe ser capaz, sobre la marcha, de darse cuenta de dónde se está equivocando para corregirse y terminar la tarea con garantías. “Si se autoevalúa y no mejora las cosas, su motivación para volver a corregirse a sí mismo descenderá”, asegura. Pide paciencia a los educadores, porque es un sistema poco aplicado en nuestro país y porque requiere de una cierta praxis y repetición para que cale entre los estudiantes. Receta, eso sí, que en ningún caso sea forzada, que se adapte para cada edad, materia y tipo de alumnos, y que la rúbrica sea “comprensible y relativamente sencilla de poner en práctica”.

En el Institut Egara de Terrassa se plantearon esta herramienta tras comprobar, indefensos, que a muchos alumnos les daba igual suspenderMaria del Mont Busquets, secretaria de dirección y profesora de secundaria del centro, explica que la usan mucho en pruebas de expresión oral. “Queríamos una mejora en y con los alumnos, pero no para maquillar los resultados, sino para que sean más responsables. Hemos conseguido que participen de su propio aprendizaje, y el objetivo ya no es tanto la nota, sino el proceso para conseguirla”. Pomareda comparte el diagnóstico: “Solo es útil si el alumno se da cuenta de todo el camino que ha seguido, incluidas las correcciones sobre la marcha, y eso le ayuda a convencerse de que la nota conseguida al final es el resultado justo de su esfuerzo”.

Detectar problemas

La escuela Roques Blaves introdujo la rúbrica en el curso 2012-2013. Como la mayoría de centros públicos, de la mano de la Xarxa de Competències Bàsiques del Departament d’Educació, una red formada por grupos de docentes que reflexionan y actúan para transformar la escuela en espacios que favorezcan el aprendizaje. Mª Carmen Andrés, jefa de estudios de este colegio de Esparraguera, coincide con Pomareda en que los alumnos son incluso más exigentes que los docentes a la hora de valorar su trabajo o el de sus compañeros. La evaluación formativa, señala esta docente, “no sirve para ponderar, sino para detectar problemas”. Y eso, prosigue, guarda relación con lo que ahora se espera de los alumnos: el espíritu crítico, la capacidad de análisis, de adquirir competencias. Eso se consigue a través de la rúbrica, pero también con las carpetas de aprendizaje -evolución del dossier clásico en el que los estudiantes reúnen toda la información y tareas realizadas que les han ayudado en un trabajo concreto- o las bases de orientación -‘check lists’ en las que se responde ‘sí’ o ‘no’ a una serie de requisitos vinculados con la materia, sin especificar niveles, como sí hace la rúbrica-.

Todos los expertos consultados para abordar este asunto coinciden en la ausencia de coordinación y seguimiento entre las distintas fases formativas de los chavales. Del mismo modo que en el bachillerato todavía se mantendrán las notas numéricas que en la ESO ahora desaparecen, en esa fase y en la universidad se recurre poco a los métodos de la educación innovadora. Y la selectividad sigue siendo una impenitente cifra que viene a resumir tus últimos 12 años de formación. Pol Solé, coordinador pedagógico del Institut Bellvitge, no entiende que se hable tanto de potenciar las competencias y la autonomía de los alumnos cuando en la etapa definitiva parece que esos objetivos se diluyen. Para solucionar eso sin duda vendría bien consensuar una rúbrica