Tendencias de consumo de moda
La exportación de ropa usada y residuo textil se quintuplica en una década en España
Las plantas de gestión de prendas destinadas a una segunda vida no dan abasto tras el auge del ‘low cost’ procedente de Asia o la poca cantidad de tiendas de reventa en comparación con otros países
Así es por dentro la mayor planta de gestión de ropa donada en Catalunya

Un contenedor lleno de ropa siendo inspeccionado en el Puerto de Alicante, en una imagen de archivo / DAVID NAVARRO| RAFA ARJONES

En la España de 2015, el país exportó alrededor de 41.000 toneladas de ropa usada, trapos, residuos de algodón y residuos de fibra sintética. Diez años después, según un primer balance de 2025, este volumen son 210.000 toneladas. Cinco veces más. Son números de UN Comtrade (la base de datos oficial de las Naciones Unidas sobre estadísticas de comercio internacional de mercancías) recopilados y analizados por la consultora EY, con el fin de exponer todo lo que aún queda por resolver en materia de sostenibilidad textil.
Sin ir más lejos, este mismo mes de julio ha entrado en vigor una ley europea que prohíbe a las grandes empresas del sector (a partir de julio de 2030, también tendrán que hacerlo las medianas) destruir la ropa, calzado o complementos que no hayan podido vender. Según datos de la Comisión Europea, así es como acaba entre un 4% y un 9% del excedente textil cada año, lo que equivale a 5,6 millones de toneladas de emisiones de CO2 anuales. Acabar con esta práctica –sostiene este organismo– implica promover la reutilización y el reciclado.
Pese a todo, la cosa no es tan simple. Tal como recoge un informe de Moda Re, proyecto social de economía circular creado por Cáritas, en Europa se generan anualmente casi 7 millones de toneladas de residuo textil (unos 16 kilos por persona), de los cuales se recogen de forma selectiva menos de 5kg. El resto termina mezclado con los residuos domésticos.
La cifra va en aumento, porque las 118.000 toneladas de residuos textiles posconsumo que se recogieron selectivamente en España en 2024 –es decir, que terminaron en centros especializados en darle una segunda vida a esa ropa– son un 18% más que las 100.200 toneladas de 2021. Moda-Re estima que, aquel año, último del que tienen datos disponibles, se recogió selectivamente el 12,8% de lo que las personas en el país desecharon o donaron porque ya no querían. Veníamos del 11,6% el 2021.
Sin embargo, un poco por lo mucho que se produce, otro poco porque el mercado se ha inundado de ropa ‘low cost’ de mala calidad procedente mayoritariamente de comercios electrónicos asiáticos, y también porque cada vez hay más costumbre de dejar la ropa en contenedores de reciclaje o donación en vez de tirarla directamente a la basura, cada vez hay más cantidad de ropa previamente utilizada a gestionar. Y ni los centros, ni las tiendas de ropa de segunda mano dan abasto.

Una mujer tira una bolsa con ropa usada en un contenedor de Humana / EUROPA PRESS / Europa Press
“Nuestra planta está pensada para gestionar como mínimo 20.000 toneladas al año y estamos procesando [hacia una segunda vida] mucha menos, porque el producto no tiene salida”, ejemplifica Marina Arnau, codirectora de la Fundació Formació i Treball (uno de los brazos catalanes de Moda Re), que pone sobre la mesa un dato muy ilustrativo: España tiene una tercera parte de las tiendas de ropa de segunda mano que tiene Inglaterra.
Y ahí es cuando entra en juego la exportación, que se ha disparado en los últimos años.
Las debilidades de la exportación
“Hay dos formas de exportar: puedes declarar el producto como ropa usada, que tiene su propio código arancelario, o lo puedes declarar como residuo”, contextualiza Charles Kirby, socio del área de Sostenibilidad en Consulting de EY y autor del estudio al respecto de la exportación textil. “Lo que dicen los datos es que la mayoría de lo que se exporta es ropa usada”, afirma este consultor, que aprovecha la aclaración para explicar cuál es el debate, entonces: uno, si realmente es ropa de segunda mano, o si es residuo encubierto; dos, si aunque realmente lo sea, se le va a acabar dando una segunda vida a esa prenda cuando llegue al destino elegido para ella.
“Hay gran parte [de lo exportado] que se va a destino final, pero otra parte termina en ‘hubs’ logísticos como Emiratos Árabes Unidos o Pakistán”, explica Kirby, en cuanto a lo segundo. Estos destinos la envían a otros países como Nigeria, Ghana o Marruecos, donde se producen estas imágenes de vertederos enormes de ropa. Pero no es solo ese el problema: este analista detecta que hay algunas de estas prendas usadas que se exportan con un valor mínimo, lo que abre la sospecha de que se trate de residuo encubierto.
“En muchos casos, el nivel de inspección que se hace de estas exportaciones es limitado”, lamenta el mismo. “Si tu envías una prenda usada calificada como tal, y esa prenda llega a su destino, la empresa está cumpliendo la normativa”, apunta. “El reto es de cadena: falta trazabilidad para saber de verdad donde termina esa prenda que se está exportando”, sostiene.
“Lo que habría que hacer es un buen control, porque ahora mismo no hay capacidad para procesar todo lo que se desecha en España: hay buenos planes de negocio para plantas de reciclado, tanto mecánico como químico, pero hoy en día es totalmente despreciable la cantidad que se procesa”, afirma Kirby. “Hay mucho interés, muchas empresas dispuestas a hacerlo, hay procesos, plantas pilotos… pero aunque todo eso saliese adelante, no va a haber capacidad de reciclar todo lo seleccionado”, advierte.
Falta el SCRAP y corresponsabilidad
“Sin el SCRAP, el sistema funciona bajo mínimos”, denuncia Marina Arnau, en relación con un proyecto de ley que obligará a las empresas de moda a pagar una tasa más o menos cuantiosa por una prenda en función de cuan reciclable sea. La codirectora de Formació i Treball no ve una única solución al problema, que no es tan simple como invertir en una infraestructura mayor.
“Nosotros solos no podemos aguantar este residuo”, lamenta Arnau, que admite tener salas repletas de ropa sin salida posible. Allí mismo, en sus instalaciones, el proyecto conjunto The Post Fiber está construyendo máquinas que permitirán convertir ciertos residuos textiles en nuevas fibras para crear nuevas prendas, pero al sistema le quedan años y mucha investigación hasta que pueda hacerse cargo de todo.
“Falta financiación transitoria para poder hacer un cambio de modelo”, reclama esta directiva, confiada en que, una vez exista cierta base, el sistema rodará solo. “Y también corresponsabilidad: que todo el mundo (administración, fabricantes, gestores, consumidores…) entienda que juega un rol en todo esto”, remata. “Nosotros somos el último eslabón, para que esta ropa llegue aquí tiene que pasar una serie de cosas, así que pedimos eso: ecodiseño y ayudas para invertir en i+D y dar con otras formas de reaprovechar este residuo”, concluye.
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