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Leopoldo Torralba

Leopoldo Torralba

Director de Análisis de Arcano Research

¿Por qué crece la economía y no nos sentimos más ricos?

Si la producción total aumenta, pero también lo hace el número de personas entre las que debe repartirse esa producción, el resultado es que la mejora individual resulta mucho menos visible de lo deseado

Trabajadores de la construcción, en un edificio de Barcelona.

Trabajadores de la construcción, en un edificio de Barcelona. / Jordi Cotrina

Fue el economista estadounidense Robert Solow quien demostró hace décadas que las economías pueden crecer de dos maneras. La primera consiste en incorporar más recursos productivos, como trabajadores. La segunda requiere producir más con los mismos recursos, es decir, aumentar la productividad. Ambas permiten que el producto interior bruto (PIB) crezca, pero solo una de ellas suele generar aumentos sostenidos de la renta por habitante.

Esta diferencia resulta fundamental para entender una de las grandes paradojas que presenta la economía española actual. Durante los últimos años, España ha registrado un crecimiento superior al promedio europeo. Sin embargo, una parte importante de la población tiene la sensación de que su situación económica no mejora tanto como indican las estadísticas sobre el PIB.

La explicación es que no todo crecimiento es igual. Cuando una economía crece porque cada trabajador produce más, las empresas pueden aumentar los beneficios y mejorar los salarios, avanzando el nivel de vida. Por el contrario, cuando el crecimiento proviene principalmente de incorporar a más trabajadores, el tamaño de la economía aumenta, pero la riqueza por habitante puede evolucionar más modestamente.

Históricamente, España ha mostrado una notable capacidad para crear empleo durante las fases expansivas. Más empleo implica más oportunidades, consumo, actividad económica y recaudación fiscal. Sin embargo, gran parte de ese crecimiento se ha concentrado en sectores intensivos en mano de obra, donde la productividad suele ser inferior. Algunos ejemplos son el turismo, la hostelería, el comercio, la construcción y también determinados servicios personales.

Peso de la inmigración

Como consecuencia, la economía crece porque trabajan más personas, no necesariamente porque cada trabajador produzca mucho más que antes. Esto ayuda a entender por qué el PIB agregado puede mostrar un comportamiento favorable mientras la renta por habitante apenas avanza. Si la producción total aumenta, pero también lo hace el número de personas entre las que debe repartirse esa producción, el resultado es que la mejora individual resulta mucho menos visible de lo deseado.

En este proceso, además, la inmigración desempeña un papel relevante. España es una economía envejecida, con una natalidad reducida y crecientes necesidades laborales en numerosos sectores. La llegada de trabajadores extranjeros ha permitido cubrir vacantes, sostener la actividad económica y ampliar la base de contribuyentes. Desde un punto de vista económico, esta aportación ha contribuido a mantener el crecimiento y a aliviar algunos de los desafíos derivados del envejecimiento demográfico que sufre el país.

Sin embargo, como ocurre con casi todos los fenómenos económicos, también aparecen efectos secundarios. Cuando la población aumenta con rapidez, la demanda de vivienda, transporte, infraestructuras y servicios públicos crece igualmente. Si la oferta no es capaz de adaptarse al mismo ritmo, surgen tensiones. Los precios de la vivienda aumentan, los servicios públicos soportan una mayor presión y determinadas infraestructuras pueden comenzar a saturarse. En consecuencia, una parte de los beneficios asociados al crecimiento económico puede verse compensada por un deterioro en otros ámbitos que afectan a la calidad de vida de los ciudadanos.

Al mismo tiempo, existe un riesgo adicional que debe tenerse en cuenta. Una economía que consigue crecer incorporando constantemente más trabajadores puede posponer durante años ciertas reformas orientadas a mejorar la productividad. La inversión en tecnología, innovación o capital humano suele requerir tiempo, recursos y decisiones difíciles. Pero cuando el crecimiento llega por la vía más sencilla de aumentar la ocupación, los incentivos para abordar esas transformaciones pueden debilitarse.

Esto no significa que el crecimiento actual sea negativo. Todo lo contrario. En un país con elevados niveles de deuda pública y con importantes retos demográficos, que aumenten el empleo, la actividad económica y los ingresos fiscales constituye una noticia favorable. No obstante, también conviene comprender sus límites. Recuérdese que el crecimiento basado en la incorporación de más trabajadores permite que la economía sea más grande. El crecimiento basado en la productividad permite que la población sea más rica.

Dos requisitos

España necesita ambas cosas. Seguir creando empleo y atrayendo talento. Pero también necesita que cada trabajador, cada empresa y cada euro invertido generen más valor que antes. Porque, en última instancia, la prosperidad de una nación no depende únicamente de cuántas personas trabajan, sino de cuánto produce cada una de ellas.

La diferencia entre una economía que crece y una sociedad que se enriquece suele encontrarse precisamente ahí.

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