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Opinión

Martí Saballs Pons

Martí Saballs Pons

Director de Información Económica de Prensa Ibérica.

La era de los festivales (sin fin) del verano

Es uno de los grandes negocios de estos meses: viajar para ir a escuchar al cantante o al grupo favorito en cualquier lugar de España. Los festivales de música en España llegan a 800

Decenas de personas durante el Primavera Sound, en el Parc del Fòrum, a 5 de junio de 2025, en Barcelona, Catalunya (España).

Decenas de personas durante el Primavera Sound, en el Parc del Fòrum, a 5 de junio de 2025, en Barcelona, Catalunya (España). / Lorena Sopêna - Europa Press / Europa Press

España es una fiesta durante el verano. Vivimos en la era del ocio, el entretenimiento y los festivales. La pandemia creó un cambio en los hábitos de consumo y de ahorro que generó el "que me quiten lo bailao" como expresión vital. Y la oferta musical, en plena expansión, se sitúa en lo alto de la pirámide de la demanda. Basta con darse una vuelta por la Península. Desde el festival de Panticosa al Sonorama de Aranda de Duero y a la Schubertíada de Vilabertran. Por no hablar de los grandes eventos de Benicàssim, Madrid, Cap Roig (Palafrugell), Peralada, Santander, Los Monegros, Marbella, Barcelona y Chiclana. Música techno, indie, jazz, clásica, ópera, rock del de siempre, reggae, electrónica y rave. Se ofrecen en campos de fútbol, playas y descampados. Dar la vuelta a España en 20 días yendo de festival en festival nunca había sido tan fácil si se ha reservado y planificado con tiempo.

El Informe Pulso, observatorio de marcas en la industria musical desarrollado, señala que "la música en vivo en España vive el mayor boom de su historia". De un volumen de negocio de 158 millones en 2013 se pasó a los 807 millones en 2025, cinco veces más, cifra que se compara con los 453 millones que genera la taquilla del cine. España es el tercer país del mundo con más festivales, 800, que engloban 120.510 conciertos, con cinco millones de asistentes y un impacto económico de 5.314 millones al año. Mad Cool, en Madrid, ocupa el primer lugar del podio, seguido del Primavera Sound, de Barcelona.

A nivel mundial, la música en vivo genera 30.000 millones. Por ejemplo, más de 10 millones de personas intentaron comprar entradas para la gira de Bad Bunny, que vendió 2,6 millones de tíquets para 54 espectáculos. El cantante portorriqueño es, junto a Rosalía, Aitana, La Oreja de Van Gogh, Dani Martín y Alejandro Sanz, de los más demandados, fuera de los electrónicos. A estos habrá que unir el concierto que ofrecerá Shakira, que ha producido su propio estadio, del 18 de septiembre al 11 de octubre en las afueras de la capital española. Dice el informe, propiciado por Superstruct, Omnicom Media y Fever, que el 35% de los miembros de la generación Z (nacidos entre 1997 y 2012) están dispuestos a endeudarse para ir a un concierto, lo que define también la planificación de sus escapadas.

El amor a la fiesta es la gran paradoja de un país donde el 25% de la población activa tiene un salario bruto inferior a 19.000 euros

Sume a esto las fiestas mayores, que multiplican la oferta hasta el infinito. De los Sanfermines de Pamplona a la tomatina de Buñol. Con sus conciertos más populares y sus circos, teatros, marionetas, pasacalles y gigantes y cabezudos, mayoritariamente financiados por los impuestos que pagamos los ciudadanos. España es inigualable en oferta lúdica. Que los franceses bajen en masa para asistir a los conciertos al otro lado de los Pirineos no es casualidad. Comparativamente con los países de nuestro entorno, todo es más barato. Caña, vino y tapas, aunque sea a base de fritos y de llenarse el cuerpo de colesterol. A través de unas cuantas aplicaciones, obtener alojamiento tampoco supone un gran problema. Desde hoteles de lujo hasta apartamentos turísticos. Con una excepción: lograr una habitación en la franja peninsular por donde caerá el eclipse solar el 12 de agosto es imposible, salvo que sea usted Rothschild. Los precios de las pocas habitaciones disponibles están por las nubes: a 1.200 euros se cotizaba en hoteles de Zaragoza esta semana.

En medio de la primera canícula del verano, medio millón de vehículos salieron del área metropolitana de Barcelona para pasar la verbena de San Juan (miércoles) fuera de su vivienda habitual. Algunos extendieron el acueducto al fin de semana. La costa mediterránea, con su punto álgido en la provincia de Alicante, se convirtió en el centro de España. Las hogueras como reclamo y, cómo no, negocio. Los puestos de venta de petardos y otros fuegos artificiales, cada vez más sofisticados, se extendieron por todas las poblaciones. Pimpampum. Nunca he entendido el desperdicio que supone gastarse el dinero en encender la mecha de una fuente de fuego o de una traca de colores que apenas dura un minuto.

El amor a la fiesta y a los festivales es la gran paradoja de un país donde el 25% de la población activa tiene un salario bruto inferior a 19.000 euros al año y donde los jóvenes que ya llevan unos años en el mercado laboral, salvo que sean hijos de, no tienen capacidad para poder pagar la entrada de una vivienda. Pasárselo bien a base de jarana forma parte de la idiosincrasia nacional que une regiones del norte y del sur, del este y de poniente.

Que sigan tocando las guitarras, del tipo que sean, y el bailoteo hasta que el cuerpo o el dinero digan basta.

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