Opinión

Director de Información Económica de Prensa Ibérica.
Cualquier empresa puede "defender"
Relojes de pulsera, gafas de sol, rayos x, compresas higiénicas, bancos de sangre, cirugía estética... las guerras han impulsado y descubierto todo tipo de productos

El general Douglas MacArthur, con gafas de estilo aviador y su característica pipa de mazorca de maíz, en Filipas en 1945.
Toda empresa es susceptible de ser considerada estratégica, en mayor o menor medida, para el sector de la defensa. Basta con que quiera dedicar -o sea seleccionada para ello- una línea de su negocio a la seguridad. La industria de guerra, como se la llamaba antaño, es ilimitada en su capacidad destructiva y creativa. Grandes descubrimientos e inventos que hoy son el pan nuestro de cada día deben su origen y su desarrollo a los trágicos conflictos que han asolado la historia de la humanidad. Se convierten en una trágica excusa para que el cerebro humano acelere en busca de ingenios, de los más temibles a los más inocentes; incluso, de una utilidad excepcional.
La guerra de trincheras y de los cielos en la Primera Guerra Mundial popularizó el reloj de pulsera, por entonces un artefacto ya inventado, pero que pocos usaban. Lo habitual era el reloj de bolsillo, muy poco práctico, además de peligroso, para poder controlar y sincronizar los tiempos en el campo y en los aviones. Algunas de las grandes marcas de relojes que han sobrevivido hasta la fecha tienen sus orígenes en aquellos años.
También hay un antes y un después de las gafas de sol gracias a la Segunda Guerra Mundial. Un invento creado para evitar el reflejo de la nieve por los esquimales - que tecnológicamente superaron los chinos- dio el gran salto en el siglo XX gracias al Ejército estadounidense. Las gafas de aviador, objeto hoy ya tradicional, fueron de obligado uso, no solo por los aviadores de combate, sino por los soldados en las guerras del desierto y navales.
No todo es Airbus, Indra, Navantia, Sapa, Santa Bárbara, Oesía o EM&E, por citar las firmas que acaparan más titulares
El otorrinolaringólogo neozelandés Harold Gillies creó la cirugía estética -mucho antes de que se popularizaran el bótox y otros presuntos perfeccionamientos- para reparar las heridas de guerra faciales. Fundó en 1917 el Queen’s Hospital en Frognal House en Sidcup, a las afueras de Londres, hoy reconvertido en residencia de la tercera edad. La Gran Guerra también sirvió para que Marie Curie avanzara en su investigación de la radiología y para que el científico médico británico Oswald Hope Robertson estableciera el primer banco de sangre. La cremallera, los pañuelos de papel e incluso las compresas higiénicas de usar y tirar deben su aparición al gran desastre.
Además de las gafas de sol, la Segunda Guerra Mundial no solo sirvió para impulsar la industria de los semiconductores, la nuclear, el radar y los hornos microondas. En su haber está el desarrollo del caucho sintético, del pegamento, de la cinta adhesiva, de los alimentos deshidratados y de la gestión empresarial moderna. Los militares fueron los primeros que usaron el análisis de las operaciones, centrado en datos, probabilidades y estadísticas, para tomar decisiones. Los sistemas de logística actuales nacieron durante la contienda para transportar material de guerra y personas. También para crear el mal absoluto: el Holocausto.
La invasión rusa de Ucrania, como señalaba en la entrevista publicada la semana pasada Anne Applebaum, ha convertido ese país en uno de los más avanzados en defensa del planeta. Hemos descubierto la capacidad que tienen los drones. Para objetivos militares y civiles. Con ellos, y aún somos incapaces de percibir todo el alcance que tendrán, el uso de la inteligencia artificial y la robotización. La guerra en el golfo Pérsico no ha hecho más que acelerar el proceso y Estados Unidos, en primer lugar, es el que prueba todos los escenarios militares. En la sombra, vigila y analiza China.
En España, todas las administraciones, sin excepción, siguen enfrascadas en frotar la lámpara mágica que permita generar recursos económicos y empleos alrededor de las necesidades en defensa. En Catalunya, Roger Torrent (político de ERC, exconsejero de Empresa y expresidente del Parlament) es el responsable técnico de un extenso informe de la Cambra de Comerç de Barcelona titulado El potencial de la base tecnológica e industrial de uso dual. Torrent, que se había opuesto a inversiones en defensa en el pasado, recoge una lista de 812 empresas catalanas que podrían dedicarse a generar productos y servicios adecuados. Actualmente, no llegan a 50 las cualificadas y el objetivo es que sean 200 activas en 2030.
Hay desde consultoras de recursos humanos y estrategia hasta el largo elenco de proveedores del sector del motor y de los videojuegos (las simulaciones de combate también valen). No todo es Airbus, Indra, Navantia, Santa Bárbara, Sapa, Oesía o EM&E (Escribano), por citar las compañías que suelen acaparar más los titulares. Y alguna, quién sabe, puede acabar fabricando las gafas de sol del futuro.
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