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(Neg)ocio

De 50.000 euros prestados a más de 10 millones de facturación: la historia del empresario que trabaja sin 'smartphone'

Albert Grimaldo empezó vendiendo copas inspiradas en la Sagrada Familia desde su ordenador. Hoy suma dos empresas, 60 empleados y un nuevo proyecto con el que cree que puede cambiar la forma en que el mundo se relaciona con la tecnología

Albert Grimaldo en el restaurante Tribut de Barcelona

Albert Grimaldo en el restaurante Tribut de Barcelona / 'activos'

Natàlia Ríos

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Barcelona
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La primera experiencia empresarial de Albert Grimaldo (Barcelona, 1991), fue Cornet Barcelona, un e-commerce que creó sin producto, sin fábrica y sin capital. Empezó con un préstamo de 50.000 euros. No había inversores institucionales, ni ronda 'seed', ni aceleradoras. Solo un joven licenciado en Administración y Dirección de Empresas (ADE) en el IQS de Barcelona, una idea y un momento histórico: el 'boom' del comercio electrónico en Estados Unidos.

El negocio era tan singular como ambicioso. Grimaldo se había propuesto vender en Amazon copas de vino y cristalería inspiradas en las vidrieras de la Sagrada Família de Antoni Gaudí (1852-1926). Lo que sonaba a proyecto de nicho se convirtió, durante los siguientes ocho años, en una compañía rentable. El mercado norteamericano acogió con entusiasmo unas copas artesanales, sopladas y pintadas a mano, producidas inicialmente entre Rumanía y China.

Cornet Barcelona empezó facturando unos 300.000 euros el primer año y creció a cerca de un millón anual rápidamente hasta tocar techo en torno a superar los cinco millones de euros anuales, con el 95% de sus ventas concentradas en Estados Unidos y el resto repartido entre Canadá, Reino Unido y España. Actualmente, el volumen de negocio de Cornet Barcelona se sitúa cerca de los cuatro millones de euros, "con nuevos diseños que están empezando a relanzar de nuevo las ventas".

"En el 'e-commerce' empecé en una época en que los costes de publicidad eran muy bajos", explica Grimaldo. Aprovechar esa ventana de oportunidad le permitió financiar con sus propios beneficios el siguiente salto. Y es que cuando el 'e-commerce' empezó a dar señales de madurez —"todos los productos tienen su etapa de maduración", analiza— empezó a diseñar su siguiente proyecto. Junto a su hermana, que también trabajaba en la empresa de cristalería, concibió la idea de abrir un restaurante. La conexión con Gaudí era natural: si las copas bebían del modernismo catalán, ¿por qué no llevar esa estética a la experiencia gastronómica?

Así nació Tribut, en Barcelona. Un restaurante concebido como homenaje a Gaudí pero pensado, deliberadamente, en clave local: "para los barceloneses que quieren disfrutar del modernismo sin la trampa turística". Se ubica en un emplazamiento único —el Balcó Gastronòmic— y nació tras ganar una licitación pública del Ayuntamiento de Barcelona, con una concesión de 16 años.

El inicio no fue fácil, reconoce. La cocina se convirtió, según sus propias palabras, en "una obsesión". Durante el primer año estuvo prácticamente cada día en el restaurante, ajustando platos, procesos y ritmos. "No sé cocinar, pero sé si un plato es bueno, si sale rápido, si la carta colapsa una partida". La inversión inicial fue de 2,5 millones de euros. El local tiene 770 metros cuadrados y capacidad para 180 mesas. Abrió en octubre de 2024, y los números del primer ejercicio completo ascendieron a 6,5 millones de euros de facturación, con márgenes que Grimaldo no desvela pero que califica de buenos.

Y eso sin poder crecer todo lo que hubieran querido. "El año pasado no pudimos facturar más porque nos faltaba personal. En temporada de verano tuvimos que decirle que no a la gente: había mesas, pero no suficientes camareros". En este sentido, el empresario catalán confirma que el reto de la hostelería —"encontrar y retener talento cuando Ibiza o Mallorca pagan el doble o el triple en verano"— es real, aunque la plantilla estable del Tribut ya ronda las 50-60 personas (hasta 70 en temporada alta). El volumen de negocio previsto para este segundo año, su segundo de vida, es alcanzar los ocho millones de euros.

El problema de la tecnología

Además, hace cinco años, este empresario de 35 años tomó una decisión que se convertiría en el embrión de su nuevo proyecto. Grimaldo optó por apagar su 'smartphone'. Primero dio el paso intermedio y volvió a un teléfono básico, pero acabó prescindiendo también de ese. "Tenía ansiedad y me di cuenta que a medida que quitaba aplicaciones, me sentía mejor. Hasta que entendí que el problema no era mío, sino del diseño de la tecnología", argumenta. Hoy se comunica exclusivamente por correo electrónico, desde el ordenador. No tiene móvil.

La desconexión fue, antes que nada, un experimento personal. Decidió estar un año entero sin poder ser contactado 'online' de ninguna forma. "Como si hubiera vuelto 20 o 30 años atrás". Según Grimaldo, la ausencia del teléfono le forzó a algo que se predica pero, a veces, es difícil de practicar realmente: delegar. "Me he obligado de forma natural a delegarlo todo. Hay gente con permisos para gestionar el banco o cualquier emergencia porque no me pueden contactar en el momento". El Tribut ya funciona sin él en el día a día. La directora del restaurante lo lleva "impecable", reconoce sin atisbo de nostalgia tecnológica.

Ha querido dejar constancia de todo este proceso en un libro, 'The Freedom Experiment' —aún inédito, previsto para autopublicación en Amazon en Estados Unidos—, y ha extraído una convicción: faltaba una herramienta para comunicarse de forma saludable. Su tercer proyecto. Y es que Grimaldo ultima una aplicación de mensajería instantánea "diseñada para no generar adicción". Se llamará Smartt (con doble t) y está actualmente en fase beta. El modelo de negocio que plantea huye de la publicidad —"si no pagas por algo, te lo cobran por algún lado"— y apunta a las empresas como fuente de ingresos, en la línea de WhatsApp Business.

Una herramienta que, paradójicamente, vive en el mismo dispositivo del que él mismo escapó, pero pensada para quienes aún no están listos —o no pueden— hacer lo mismo. "No digo que la solución sea dejar el móvil. Digo que necesitamos tecnología que esté a nuestro servicio, no diseñada para engancharnos a ella, que la conexión sea una elección, no una trampa", indica.

"Este proyecto será el inicio del fin de la adicción a la tecnología", afirma. La financiación, hasta ahora, ha salido de su bolsillo y el siguiente paso es salir a buscar inversores, especialmente para producir un documental asociado al libro, porque considera que "la gente que más necesita el libro que he escrito no lee".

Si se le pregunta por nuevas ideas en el horizonte asoman más movimientos: un posible segundo restaurante vinculado precisamente a la desconexión digital —"que cuando entres tengas que dejar el móvil en una caja"—, y una tienda en Nueva York para llevar la estética gaudiniana al mercado norteamericano, con el que ya está en conversaciones con un amigo. "Pero el foco ahora es Smartt", concluye.

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