DESAFÍO VIVIENDA EN 12 MESES
La otra cara de la moneda, los jóvenes que sí logran comprar una vivienda: "Tardo una hora en llegar en metro al trabajo, pero me siento afortunada"
Solo uno de cada tres jóvenes es propietario de una vivienda y muchos de ellos han necesitado la ayuda de sus padres o mudarse lejos para acceder

De izquierda a derecha: Pau Giménez (Algemesi, 30 años), Carlos Pastor (Valencia, 30 años) y su pareja y Jenny Rentería Ramo (Ecuador, 33 años), jóvenes que han comprado una vivienda / Cedida
Juanma Vázquez | Domingo Díaz
Pau, Carlos, Jenny, Berta, Iván o Álvaro son ejemplos de jóvenes que han conseguido comprar una vivienda antes de los 35 años. Son una minoría. Y lo saben. En España solo el 30% jóvenes es propietario y este porcentaje no ha dejado de caer desde el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2007. Es más, este grupo de edad es el que más está sufriendo la crisis de accesibilidad, al ser el eslabón más débil por sus bajos salarios. Sin embargo, hay hueco a la esperanza, aunque no esté exenta de esfuerzo, sacrificios, e, incluso, de la decisión de iniciar una nueva vida fuera del lugar de residencia, porque es obvio que acceder a una casa no es igual de fácil o difícil en grandes ciudades como Madrid, Barcelona o San Sebastián que en localidades de la 'España vaciada'. Mientras el aumento de la oferta y las medidas de las distintas administraciones hacen efecto, las donaciones de padres a hijos se sitúan como una de las fórmulas de acceso.
Según la última Encuesta Financiera de las Familias del Banco de España, que utiliza datos de 2024, el 70,6% de los hogares es propietario de su vivienda principal. Aunque se trata de un porcentaje muy alto frente a los estándares europeos —que se sitúan en el entorno del 50%—, la realidad es que no ha dejado de caer: concretamente, se alcanzó el punto más alto en 2011, cuando el 82,5% de las familias tenía una casa. Estos porcentajes son una media, ya que en el caso de los jóvenes estos descienden considerablemente. En 2011, el 69,3% de los menores de 35 años residía en una vivienda en propiedad, umbral que no ha dejado de caer, con un desplome cercano al 50% hasta 2022, cuando se alcanzó el mínimo de la serie, en el 31,8%, con un ligero repunte en los últimos años hasta el 36,6%.
Mirando el vaso medio vacío, dos de cada tres jóvenes se han visto abocados a vivir de alquiler —o en casa de sus padres—. Mirándolo medio lleno, uno de cada tres menores de 35 han logrado comprarse una casa. Es el caso de Pau Giménez (Algemesi, 30 años), que adquirió un piso en Valencia hace tres años. O el de Carlos Gamero (Madrid, 26 años), que pagó 275.000 euros a finales de 2025 por una casa a reformar de forma integral en Moratalaz, un barrio del sureste de la capital. O el de Álvaro Rodríguez (Jerez de la Frontera, 31 años), que fue capaz de adquirir hace menos de un año un inmueble con garaje y trastero en su ciudad natal "tras años de ahorro". Un lujo hoy en día. O el de Berta Casals (Barcelona, 25 años) e Iván Prieto (Sant Joan Despí, 31 años), que han logrado convertirse en propietarios en Cataluña, tras comprar en Horta-Guinardó hace menos de doce meses y en Viladecans hace cuatro años, respectivamente.
La problemática de la entrada
La gran problemática que subrayan todos los jóvenes que han sufrido para comprar su vivienda es la entrada. Los bancos —normalmente— solo otorgan de hipoteca el 80% del precio o del valor del piso. Esto obliga a los compradores a tener un ahorro del 20% —lo que popularmente se conoce como entrada— y los gastos asociados a la operación: el principal, el Impuesto de Transmisiones Patrimoniales (ITP) en casas de segunda mano, que oscila entre el 6% y el 12% dependiendo la comunidad autónoma, además de otro 2% o 4% destinado al pago de la tasación, los honorarios del notario y el Registro de la Propiedad.
Esto se traduce que para comprar una vivienda media, cuyo precio alcanza los 217.400 euros, según el Consejo General del Notariado, un joven tiene que disponer en una cuenta corriente de unos 43.480 euros de entrada y unos 21.740 aproximadamente de gastos en el mejor de los casos. Más de 65.000 euros, una cuantía no accesible para todos. De ahí que muchos tengan que recurrir a la ayuda paterna. Pau Giménez, técnico en un centro de juventud por aquella época, ya llevaba tres años trabajando, un tiempo en el que había conseguido "tener algo ahorrado, porque uno no es un derrochador y, aunque compartía vivienda, podía ahorrar unos 300 euros al mes". Ese colchón, sin embargo, no hubiera sido suficiente para embarcarse en la compra si antes sus padres.
Las donaciones de padres a hijos para comprar una vivienda son una tendencia en auge. Según los notarios, el número de donaciones de dinero líquido, inmuebles u otros bienes crecieron un 13% en el último año, hasta las 225.317, un 30% más que en 2023 y más del doble de las que se registraron en 2016. Carlos Gamero es uno de ellos. "Al tasarme el piso más bajo de lo que necesitaba para no tener que aportar más dinero, tuve que abonar una cantidad extra que me la dejaron mis padres, otros 25.000 euros", comenta. Jenny Rentería Ramo (Ecuador, 33 años) lleva tres años viviendo con su pareja y su hijo en su propio apartamento, situado en Cerdanyola del Vallès. En su caso, recuerda que, en el momento de la compra, no contaban con grandes ahorros. Lo que consiguieron reunir fue fruto de cinco años de esfuerzo que, sin la ayuda económica de su suegra, no habrían sido suficientes para afrontar la entrada.
Eugenia Sans, subdirectora general de la tasadora Gloval, mantiene que para los menores de 35 años "la barrera decisiva ya no es solo la cuota hipotecaria, sino la falta de ahorro previo en un contexto de salarios rezagados y los alquileres en máximos". "El activo residencial conserva atractivo económico y financiero, pero cada vez queda más lejos del segmento llamado a asegurar el relevo generacional del mercado. El resultado es un aplazamiento estructural del acceso a la propiedad y, con ello, de la capacidad de acumular patrimonio", añade.
Los salarios, el gran freno
Más allá del freno que supone el disponer de la entrada necesaria para comprar la vivienda, esta se puede suplir con años de ahorro (en muchos casos) o la ayuda familiar. Pero lo que no es sencillo cambiar son los ingresos, el salario, el gran factor que permite o impide adquirir una vivienda. Regresando al ejemplo anterior, en el caso de la vivienda de 217.400 euros, el banco financiará unos 173.920 euros. Sin embargo, obviando que el comprador ya tiene la entrada, no concederá la hipoteca si la cuota mensual del crédito supone más del 30% o 35% de sus ingresos netos mensuales. Esto no pasaba antes de la crisis, cuando la banca permitía a las familias destinar a este fin más del 50% de sus salarios porque entendía que en los siguientes años este porcentaje bajaría según mejorasen las expectativas laborales.
Esa hipoteca de 173.920 euros se traduce en una letra mensual de 880 euros, tomando como condiciones la media de los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) del mes de enero. El banco solo otorgará esa hipoteca a una familia cuyos ingresos netos mensuales sean superiores a 2.500 euros al mes, que equivale a un sueldo bruto anual por encima de los 40.000 euros. Esto contrasta con la renta media por hogar española, que se sitúa en 38.994 euros anuales. Es decir, una familia media no puede comprar un piso medio. "En el mercado actual solo pueden comprar gente cuya familia tenga dinero o le haya ido bien en un negocio. También parejas y funcionarios. No puede ser que la única solución sea trabajar para lo público”, apunta sobre la desventaja de los trabajadores por cuenta ajena", comenta indignado Álvaro Rodríguez.
"El igualitarismo salarial absurdo que se da está frenando el que los jóvenes más preparados tengan una retribución acorde con el valor añadido que aportan, debido a que las empresas ajustan costes para poder pagar la subidas de trabajos de menor cualificación a las que les obliga la ley. Esto está provocando una expulsión hacia el exterior de nuestros jóvenes mejor formados y los que aquí se quedan con muy buena formación pierden poder adquisitivo y tienen dificultades para poder acceder a la compra de la vivienda al no ser retribuidos adecuadamente debido al incremento de costes antes comentado de los trabajos de menor cualificación", resume José María Rotellar, economista y director del Observatorio Económico de la Universidad Francisco de Victoria (UFV).
Huir de la tierra natal
En esto una vez más, comprar lo más lejos de una gran ciudad o foco turístico abarata mucho el precio. Por eso la solución que le queda a muchos jóvenes que ansían comprar una vivienda y salir del alquiler es empezar de cero lejos de su tierra natal. Es el caso de Carlos Pastor (Valencia, 30 años). "Yo quería comprar solo en Valencia, pero vi que era inviable porque tenía una nómina bajita y mis ahorros no me lo permitían. Cansado de mirar en plataformas y ver cómo antes de que llames por un piso ya te lo han quitado, recuperé una idea que me había sugerido mi pareja: irnos al pueblo, porque no perdíamos nada", relata. La pareja dejó atrás su trabajo y se mudaron a Hellín, una localidad de 31.000 habitantes en la provincia de Albacete. "Miramos varias casas en el casco antiguo, que la gente no quería porque había que hacer obra, y nos quedamos con una", recuerda. Con 110.000 euros, esta pareja ha comprado una casa de alrededor de 300 metros cuadrados, aunque sin ayuda familiar no hubiese sido posible: "Sin la ayuda de mi padre, comprármela hubiera sido posible”. Carlos utilizó el dinero para cubrir dos tercios del coste de comprar y adecentar la casa. Ahora afronta una hipoteca de 36.000 euros durante los próximos quince años.
Otra de las casuísticas que afrontan muchos jóvenes es la de comprar lejos de su lugar de trabajo. Berta Casals (Barcelona, 25 años) vive desde hace un año en el distrito barcelonés de Horta-Guinardó con su pareja. El pero es que tarda casi una hora en metro para llegar a su trabajo. "Tengo buena conexión, pero sí, se hace largo", admite. Descartar la capital, en el caso de la provincia de Barcelona no es un rara avis. “Estuve mirando pisos unos tres meses. Barcelona la descarté el primer día: los precios eran imposibles. Miré por el Maresme —Mataró, Badalona—, pero no me convencía la zona o me quedaba demasiado lejos. Al final, volví al Baix Llobregat, mi zona, y encontré algo que se ajustaba a lo que quería: buena calidad, precio razonable y ubicación familiar", explica Iván Prieto (Sant Joan Despí, 31 años), que compró una casa de obra nueva en Viladecans.
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