Opinión

Economista. Director general del Institut d'Estudis Financers
Las cuentas de inversión europeas, olvidadas en Irán
En una situación ya de por sí bastante complicada, se ha producido un fuerte cambio en las perspectivas económicas a medio plazo

La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, en una imagen de archivo. / ABDUL SABOOR - POOL - EFE
Hace tan solo un par de meses existía una alta probabilidad de poder disponer, Gobierno mediante, de unas cuentas de inversión para particulares que fueran por fin un instrumento eficaz para avanzar hacia los diversos objetivos financieros necesarios para la economía europea y la de nuestro propio país.
Estábamos, durante el mes de enero, en periodo de la consulta pública, planteada por el Ministerio de Economía para recabar opiniones del sector sobre las características que deberían tener dichas cuentas y sobre cómo poner en marcha la etiqueta Finance Europe. Se solicitaba opinión sobre los criterios para promover unas cuentas eficientes y para que la inversión a captar por dichas cuentas se dirigiera mayormente a la economía europea y a sus prioridades. Hoy, en la nueva coyuntura derivada de la confusión generada por la guerra en Irán y por la aparición de los primeros embates de la crisis, todo ello nos parece ya algo arrinconado.
El origen de crear instrumentos de inversión con incentivos suficientes para mover el ahorro europeo desde cuentas, depósitos y activos poco rentables, hacia los mercados de capitales lo encontramos en un principio en los informes de Enrico Letta, Mario Draghi y Christian Noyer, tan acertados como diagnósticos de la decadencia y debilidad europea, como insuficientemente aplicados por instituciones y gobiernos.
En este marco, el 30 de septiembre del pasado año apareció una recomendación de la Comisión Europea a los estados miembros para crear cuentas de ahorro e inversión que permitieran, primero, generar los volúmenes de inversión necesarios para ir transformando la economía europea hacia la competitividad vía una mayor digitalización e integración; segundo, facilitar una financiación complementaria a la bancaria para las pymes europeas más orientada a la innovación y al riesgo, y, finalmente, lograr que el ingente ahorro de los europeos obtuviera el rendimiento que permita mejorar las perspectivas de los cada vez más longevos y numerosos futuros pensionistas europeos amenazados por la fragilidad de sus sistemas de pensiones públicas.
Ya en el proceso de debate de la consulta del ministerio, se pudo comprobar el escaso consenso existente entre Administración e industria financiera, así como entre los diversos colectivos de esta última.
Poca disposición
El Gobierno no parecía entonces -y mucho menos ahora, cuando se ve amenazado por la crisis global iniciada con la subida de precios energéticos- muy dispuesto a dotar a estos instrumentos de inversión de lo más esencial: un muy favorable tratamiento fiscal, el verdadero incentivo para atraer al ahorro y para que estas cuentas avancen en suscriptores y en volumen. Y es que la persistente voracidad impositiva gubernamental no augura que vaya a renunciar con facilidad -ni siquiera de manera moderada- a unos ingresos que le proporcionan amplios márgenes para subvenciones y gastos y, por supuesto, ventajas electorales.
Dentro del propio sector tampoco reina el consenso. La inversión colectiva solicita para todos los fondos y sociedades un trato fiscal privilegiado alegando que los instrumentos ya existen en forma de fondos y, en consecuencia, hacia ellos han de fluir los incentivos fiscales. Por su parte, los bancos se han puesto en guardia, prevenidos ante el riesgo de perder los baratos depósitos y su plena predominancia en el sector. Mientras, el sector asegurador reclama también el protagonismo y el trato de favor a los seguros de vida ahorro para ser protagonistas de las cuentas. Es decir, todos muy reacios a modificar el presente statu quo y a innovar.
En una vertiente más optimista, aunque con menor incidencia pública, nos situamos quienes, como asesores y profesionales financieros muy cercanos al cliente ahorrador o ya inversor, vemos tan imprescindible para Europa la generación de estos recursos de inversión que nos negamos a pensar que no pueda materializarse con cierto éxito.
Un continente que pugna por recuperar un cierto rol propio no debería aparcar o guardar en el trastero reformas necesarias
Pero "éramos pocos y…" llegó la guerra de Irán. En una situación ya de por sí complicada, se ha producido un fuerte cambio en las perspectivas económicas a medio plazo: primero, por la disrupción en los mercados del petróleo y del gas y sus inevitables subidas de precios, y, después, por el riesgo -ya en proceso de materialización- de que esas alzas se trasladen a una inflación generalizada, a incrementos de los tipos de interés y, en última instancia, a unos escenarios recesivos o prerrecesivos.
Ciertamente, la crisis derivada del conflicto desatado a finales del pasado febrero en Oriente Medio sitúa las nuevas amenazas en primer plano de las prioridades gubernamentales. Pero un continente debilitado que pugna por recuperar un cierto rol propio y una unidad de acción firme en la geopolítica y el equilibrio global no debería permitirse aparcar o guardar en el trastero necesidades de reforma sin las cuales no habrá en Europa posibilidades reales de mantener su modelo de bienestar y progreso, hoy puesto en cuestión. Con y sin guerra.
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