Testamentos
Ni un euro, ni una finca, ni la casa: tres hermanos renuncian a la herencia y se lo dejan todo a sus dos hermanas: "Era lo justo"
Los herederos, del municipio gallego de Muros, hablan de "pacto de hermanos" para honrar a su madre y de "gesto de gratitud" hacia las hermanas que cuidaron de ella

Iglesia de la Virgen del Camino, en Muros. / G. R.
En un tiempo en el que las disputas por las herencias siguen llenando los juzgados, una familia de Muros decidió tomar un camino poco habitual: el de la renuncia voluntaria y el acuerdo fraternal.
La madre, conocida en el barrio como mamá Teresa, había dejado establecido en vida que la casa familiar —donde residió durante décadas— pasaría a las dos hijas que la acompañaron hasta el final: Maruxa y Rosa. La primera, viuda; la segunda, soltera y con problemas de salud que nunca llegaron a ser reconocidos oficialmente como discapacidad. Ambas viven de la pensión de viudedad de Maruxa y del apoyo mutuo que siempre se prestaron.
Los otros tres hermanos —Ana, Marisa y Juan— tenían ya su vida encauzada, con pareja y trabajo. Juan, recientemente jubilado tras décadas en Repsol; Marisa, casada con un antiguo guardia civil retirado; y Ana, que vive con su marido. Todos coincidieron en que no necesitaban nada de la herencia.
La casa no era el único bien familiar. Existían también algunos ahorros y fincas —la mayoría de terrenos, años atrás, habían sido expropiados por el ayuntamiento para la ampliación del polígono industrial—. Aun así, los tres hermanos decidieron renunciar a la totalidad de los bienes en favor de Maruxa y Rosa, a quienes reconocen como las que «estuvieron siempre al lado de la madre».
El acuerdo, formalizado ante notario, fue descrito por los propios protagonistas como un «pacto de hermanos», basado en la gratitud y en el reconocimiento del cuidado prestado a mamá Teresa durante años.
Lejos de sentirse perjudicados, los tres hermanos que renunciaron explican que la decisión les aportó una inesperada sensación de alivio. «Era lo justo», comentan, subrayando que la herencia, más que un conjunto de bienes, representaba la historia compartida de una familia que siempre se sostuvo en el apoyo mutuo. Para ellos, ceder su parte no fue una pérdida, sino una forma de honrar la memoria de mamá Teresa y de reconocer el esfuerzo de Maruxa y Rosa, quienes asumieron durante años el peso del cuidado cotidiano.
En un contexto donde las herencias suelen dividir, la familia de Maruxa y Rosa ofrece un ejemplo poco frecuente: el de la unión que permanece incluso cuando llega el momento de repartir lo que queda de una vida.
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