Impacto económico
¿Cómo será el mundo tras la guerra de Irán?
Habrá impactos estructurales relevantes, sin duda, pero el ser humano “económico” ha demostrado una increíble capacidad adaptativa tras hitos dramáticos como la pandemia o el conflicto hiperinflacionario en Ucrania

Archivo - Banderas de Irán / Rouzbeh Fouladi/ZUMA Press Wire/ DPA - Archivo

Tratar de adivinar el desenlace preciso de la guerra de Irán es, en gran medida, un esfuerzo estéril. El volumen de incógnitas es tan elevado que acertar sería más fruto del azar que de un análisis sólido.
Las preguntas sin respuesta son innumerables: ¿cuántos drones tiene Irán y cuánto tiempo podría resistir? ¿Cuál es la verdadera voluntad de Donald Trump y su capacidad para soportar un deterioro electoral? ¿Cuánto armamento y munición tienen Estados Unidos e Israel? ¿Comparten ambos países los mismos objetivos sobre la duración del conflicto? ¿Puede Irán dañar la economía global más allá del estrecho de Ormuz? ¿Cuál es su nivel real de desarrollo nuclear?
La lista podría continuar indefinidamente.
Por ello, no solo el final de la guerra, sino también sus efectos sobre el precio de la energía, la economía y los mercados, son prácticamente indescifrables hoy por hoy.
Los escenarios extremos —tanto muy positivos como profundamente negativos— pueden considerarse menos probables. En términos generales, los impactos se moverían en una horquilla entre negativos y muy negativos en 2026, sin llegar a ser catastróficos, con una probable mejora en 2027.
Impacto estructural en la economía global
Donde sí es posible arrojar algo más de luz es en el plano estructural. Imaginemos que el conflicto termina en semanas o meses, probablemente condicionado por la resistencia política de Trump ante el desgaste electoral.
En ese escenario, y descartando un cambio de régimen en Irán —algo poco probable—, el mundo posterior al conflicto presentará cambios significativos.
Si Israel percibe que Irán está cerca de desarrollar armamento nuclear, podría plantearse nuevos ataques preventivos. Y ya se ha visto que Irán posee una capacidad de desestabilización económica global mayor de la prevista.
Esto implica que los mercados empezarán a cotizar este riesgo de forma estructural, algo que antes no ocurría. Como consecuencia, los precios de la energía, los fertilizantes y determinados componentes clave para semiconductores podrían situarse de forma sostenida por encima de los niveles previos a la guerra.
Más inflación y tipos de interés más altos
Dado que la energía es un insumo esencial en múltiples industrias, los fertilizantes son clave para la producción alimentaria y los semiconductores impulsan el desarrollo tecnológico, el resultado podría ser un aumento moderado pero persistente del nivel de precios.
Esto, a su vez, podría traducirse en tipos de interés más elevados durante más tiempo, lo que restaría algunas décimas al crecimiento económico a medio plazo.
A nivel empresarial, además, el criterio de seguridad en el suministro podría ganar peso frente a la rentabilidad. Las compañías tenderán a diversificar sus cadenas de suministro y a reducir su exposición a regiones inestables, especialmente Oriente Medio.
La carrera por la autonomía energética
Otro efecto claro será el refuerzo de las políticas orientadas a reducir la dependencia energética.
Los países tendrán más incentivos para disminuir la intensidad energética y aumentar el peso de fuentes alternativas a los combustibles fósiles, apostando por renovables e incluso energía nuclear.
El objetivo será doble: depender menos de Oriente Medio y, en general, reducir la exposición a la energía como factor de vulnerabilidad económica.
En este contexto, también influye la presión geopolítica. Trump ya ha comenzado a utilizar la energía como herramienta de negociación, amenazando con restringir exportaciones a países que busquen revisar acuerdos comerciales.
Un mundo distinto, pero adaptable
En definitiva, tras la guerra de Irán el mundo no será igual. Habrá cambios estructurales relevantes en la economía global, los mercados y la geopolítica.
Sin embargo, la experiencia reciente invita a cierto optimismo: el ser humano económico ha demostrado una notable capacidad de adaptación ante crisis de gran magnitud.
Y todo apunta a que, una vez más, volverá a hacerlo.
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