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Perfil | El empresario que llegó del taller al Ibex

Ángel Escribano, el tornero fresador que echó un pulso al Gobierno por el futuro de Indra

Fundador de Escribano (EM&E) junto a su padre y su hermano, Ángel Escribano convirtió un pequeño negocio familiar en un grupo clave de la industria de defensa antes de aterrizar en Indra, donde su perfil de industrial chocó con la política

Escribano prevé dimitir esta tarde como presidente de Indra en un consejo extraordinario

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Pablo Gallén

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Madrid
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De tornero fresador a sentarse en la misma mesa que Ignacio Sánchez Galán, Florentino Pérez o Rafael del Pino. Ángel Escribano no responde al perfil clásico del ejecutivo del Ibex 35 formado en abogacía, consultoría o banca, sino al de un empresario industrial hecho en un humilde taller de Coslada, en la periferia de Madrid. Nacido en el barrio madrileño de San Blas en 1971, cofundó en 1989, junto a su padre y su hermano Javier, Mecanizados Escribano —hoy Escribano Mechanical & Engineering (EM&E) Group— y pasó por casi todas las áreas operativas de la empresa, desde máquinas CNC hasta planificación, calidad y gestión comercial. Esa trayectoria explica su estilo público: un directivo de lenguaje directo, muy orientado a producto, capacidad fabril, crecimiento industrial y soberanía tecnológica.

Los que le conocen de cerca le describen como "un hombre modesto, pero ambicioso, de los que no disimulan sus aspiraciones". "Trabajador incansable, con las ideas claras, mucha determinación y un carácter indomable", son otros de los calificativos que le dedican quiénes le rodean. El valor del trabajo lo aprendió desde niño cuando su padre, Ángel, se quedó en paro. Para sacar adelante a su familia, decidió emprender y abrir un pequeño taller de reparación de frenos de disco. Lo hizo junto a su esposa, Constancia, quien vendió su mercería para aportar el capital inicial. Así nació su empresa familiar, hoy valorada en 2.500 millones de euros, con la que el Gobierno aspiró a fusionarla con Indra para crear el campeón nacional de la defensa y hoy está en el radar del gigante alemán Rheinmetall para ganar tamaño en el sur de Europa ante un mundo dividido en dos guerras: Ucrania e Irán.

Aficionado al Atlético de Madrid y al mundo del motor, su llegada a la presidencia de Indra le pilló en el circuito de Alcañiz (Teruel) dando gas a una moto de gran cilindrada, de las que colecciona. El directivo madrileño llegó al puesto de mando de Indra ungido por Manuel de la Rocha, director de la Oficina de Asuntos Económicos y G20 del Gabinete de la Presidencia del Gobierno, después de que la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI) -máximo accionista de Indra con el 28% del capital- promocionase al anterior presidente de la tecnológica, Marc Murtra, hasta Telefónica.

Arabia Saudí y el covid fueron su catapulta

Hasta 2010, EM&E era una empresa "especializada en mecanizados de precisión, hacían piezas metálicas y realmente eran muy buenos". "Su primer gran contrato fue para el Ejército de Arabia Saudí, que entre 2015 y 2016 compró a Escribano 1.000 torretas para ametralladoras en vehículos terrestres por 250 millones de euros", recuerda una fuente especializada en el mundo militar. 2016 se puede considerar, de hecho, el año de la transformación de Escribano: inauguró dos nuevos edificios en Alcalá de Henares (Madrid) hasta llegar a una superficie industrial de 14.000 metros cuadrados y dio entrada en su accionariado al fondo soberano de Omán, que tomó el 32,2% de las acciones por 18 millones de euros.

"Nunca habíamos vendido nada al Ejército, sino a subcontratistas que trabajaban para ellos. Éramos fabricantes y teníamos que negociar con directores de compras que marcaban un precio sin saber de nuestro oficio. Entonces nos dijimos: en vez de comprar las máquinas que ellos quieren, vamos a montar la ingeniería para desarrollar el producto completo", explicaba el propio Ángel Escribano en 2020 sobre cómo desembarcaron en el sector en una entrevista en 'Los que dejan huella', un proyecto conjunto de KPMG y Prensa Ibérica. Tras Arabia Saudí siguieron otros contratos en Omán y Argelia. 

Su salto a la primera línea política y económica de España fue la pandemia. Apenas 20 días después de la declaración del estado de alarma para hacer frente a lo peor del Covid-19, el presidente, Pedro Sánchez, visita las instalaciones de Hersill, una semidesconocida empresa fabricante de material sanitario con sede en Móstoles (Madrid). Con miles de muertos por el coronavirus y la necesidad acuciante de encontrar o fabricar respiradores, la visita es clave. A Sánchez le acompañan el entonces ministro de Sanidad y actual presidente de la Generalitat catalana, Salvador Illa, y la entonces ministra de Industria, Reyes Maroto. En las fotografías compartidas por Moncloa también aparecen tres empresarios: Benjamín Herranz, presidente de la compañía madrileña, y los responsables de Escribano Mechanical & Engineering (EM&E), los hermanos Ángel y Javier Escribano.

La entrega de 5.000 respiradores en tiempo y forma al Ministerio de Sanidad abrió a Escribano las puertas del sector de la defensa español. Su conocimiento del sector y su inversión en Indra con el 14,3% de las acciones, gracias a un crédito con JP Morgan, fue lo que hizo que el Gobierno pensase en él para comandar el desafío de situar a la cotizada española entre las grandes compañías europeas del sector de la defensa, como la francesa Thales, la italiana Leonardo o la alemana Rheinmetall. Meses después, la junta de accionistas de la tecnológica lo ratificó con el respaldo del 98,49% del capital. En otras palabras: llegó a Indra no como un gestor externo, sino como "un industrial", como él repite cada vez que puede frente a los anteriores presidentes de Indra que tienen un marcado carácter político.

La política, sin embargo, ahora le ha condenado. La SEPI que inicialmente vio con buenos ojos la potencial fusión entre Indra y EM&E cambió de opinión tras deslizar que Escribano no compartía la agenda del Gobierno sino que tenía su propia agenda y trabajaba desde la cotizada en beneficio de su compañía familiar. Y entonces alegó al "conflicto de interés" como argumento insalvable para que continuase al frente de la compañía, pese a que los hermanos declinaron la fusión. La política le aupó y la política le quitó.

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