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Historia empresarial

El fenómeno Forestalia: del esplendor renovable a las sombras del viento

La empresa aragonesa que lideró el auge de las energías verdes afronta su momento más crítico bajo investigación judicial

Dos trabajadores de Forestalia, junto a varios aerogeneradores instalados en un municipio de Zaragoza

Dos trabajadores de Forestalia, junto a varios aerogeneradores instalados en un municipio de Zaragoza / Cedida

Zaragoza
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Hay empresas que crecen al calor de un sector y otras que, directamente, lo moldean. La trayectoria de Forestalia pertenece a esta segunda categoría. La suya es, sin duda, una historia de éxito en el negocio eléctrico, una compañía aragonesa que en apenas una década se convirtió en uno de los grandes nombres de las energías renovables en España.

Pero su relato ha entrado ahora en revisión. La corporación fundada y liderada por el empresario zaragozano Fernando Samper Rivas atraviesa su momento más delicado al encontrarse bajo el foco de una investigación judicial que cuestiona su trayectoria reciente y abre interrogantes sobre su futuro. Sombras que amenazan con empañar una de las carreras empresariales más fulgurantes surgidas en los últimos años.

Su evolución ha sido tan rápida como disruptiva. Y también controvertida. Pasó de ser una pequeña promotora de proyectos renovables a convertirse en un actor clave en proyectos estratégicos que trascienden el sector energético. Admirada por su capacidad de anticipación y cuestionada por su forma de operar, en los últimos años Forestalia ha generado tantos seguidores como detractores en el sector energético, en las instituciones y en el territorio.

30 años de cierzo

Entender qué ha sido y qué representa hoy la compañía exige mirar más atrás. Mucho antes de su irrupción, Aragón ya había iniciado un camino que acabó convirtiendo a esta comunidad en una de las grandes potencias renovables del sur de Europa, un territorio privilegiado para la transición energética gracias al viento y al sol.

La calidad de sus recursos eólicos —con el cierzo como aliado constante en el valle del Ebro—, la elevada radiación solar y la amplia disponibilidad de suelo han facilitado enormemente la implantación masiva de parques eólicos y plantas fotovoltaicas. A ello se suma una posición estratégica en el eje noreste peninsular, clave para la evacuación de energía. Este cóctel explica que la comunidad autónoma se haya consolidado como uno de los grandes polos de generación renovable del país.

El despliegue de molinos y placas solares no es reciente, aunque se ha acelerado en los últimos años. Arranca a mediados de los 90, cuando los primeros aerogeneradores comienzan a poblar enclaves como La Muela (Zaragoza), convertida con el tiempo en un icono del viento en España. A partir de ahí, Aragón ha ido construyendo un modelo propio.

Un plan autonómico —el denominado PEREA— permitió ordenar el crecimiento y garantizar la evacuación de energía en los primeros años del nuevo siglo. La planificación pública, combinada con el interés empresarial, situó a la región en una posición de ventaja. Otro hito llegó en 2010, con un decreto autonómico impulsado por el entonces consejero aragonés de Industria, Arturo Aliaga (PAR), que trataba de priorizar los proyectos en función de su impacto económico e industrial. Aquella norma pretendía ir más allá de la mera producción eléctrica: buscaba arraigo territorial, empleo y retorno económico.

Largo bloqueo

Pero el modelo se quebró. El concurso eólico de 2011 acabó judicializado y derivó en un bloqueo de varios años que frenó el desarrollo del sector. A esa parálisis se sumó la moratoria estatal impulsada por el Gobierno de Mariano Rajoy (PP), que congeló nuevas inversiones durante varios ejercicios. Aragón pasó entonces de ser referente a territorio en pausa.

El desbloqueo llegó en 2016 con el primer Gobierno de Javier Lambán (PSOE), que resolvió el conflicto judicial y abrió de nuevo la puerta a los proyectos. Coincidió con las grandes subastas estatales de renovables impulsadas en la etapa de José Manuel Soria (PP) al frente del Ministerio de Industria. Y ahí comenzó una nueva etapa.

Parque fotovoltaico promovido por Forestalia en San Mateo (Zaragoza)

Parque fotovoltaico promovido por Forestalia en San Mateo (Zaragoza) / Cedida

Forestalia apareció en ese momento exacto. Y lo hizo rompiendo las reglas que entonces imperaban. En apenas año y medio, la compañía pasó de ser un actor prácticamente desconocido a adjudicarse cerca de 1.500 megavatios eólicos, en torno al 40% del total. Un resultado que sorprendió al sector y alteró el equilibrio tradicional dominado por las grandes eléctricas.

Sin primas públicas

La clave fue, sobre todo, su apuesta por acudir sin primas públicas. En un negocio construido durante años sobre subvenciones, Forestalia defendió que la rentabilidad era posible apoyándose en la caída de costes tecnológicos y en la calidad del recurso eólico.

Detrás de ese golpe de efecto estaba Samper, un empresario atípico en el sector al que pronto bautizaron como «el nuevo rey del viento» en España. Nacido en Zaragoza en 1964, pertenece a la tercera generación de una familia ligada al negocio porcino, el Grupo Jorge, el mayor productor de cerdos en España tras Vall Companys.

Sin formación universitaria y con un marcado carácter autodidacta, se formó en el seno del citado gigante cárnico, donde llegó a ejercer como consejero delegado y participó activamente en su expansión e internacionalización.Fue en esa etapa donde entró en contacto con las energías renovables. A finales de los años 90 comenzó a promover proyectos eólicos y fotovoltaicos, anticipando un movimiento que tardaría años en consolidarse. Su abrupta salida del grupo en 2011, tras desavenencias internas, marcó un punto de inflexión. Como parte del proceso de separación, se quedó con activos energéticos y los convirtió en el germen de Forestalia.

Desde ahí comenzó a construir una cartera de proyectos en la sombra, asegurando puntos de evacuación y madurando desarrollos a la espera de un cambio de ciclo. Las subastas fueron ese momento.

Discreto, poco dado a la exposición mediática y con un estilo de gestión basado en la anticipación y la eficiencia, Samper ha construido su figura lejos de los focos, generando una mezcla de admiración y escepticismo en el sector.

Avalancha inversora

El éxito de Forestalia coincidió con una avalancha inversora sin precedentes en Aragón, que pasó a concentrar una parte sustancial de la potencia adjudicada en las subastas estatales. En pocos años, la comunidad multiplicó su capacidad renovable.

Hoy es la segunda en potencia eólica instalada, con más de 6.000 megavatios, y la quinta en fotovoltaica, rozando los 4.000 megavatios. Forestalia fue, sin lugar a dudas, el gran catalizador de ese proceso, pero no el único. Grandes eléctricas, fondos internacionales y empresas locales se sumaron a una carrera inversora que ha transformado el paisaje y la economía energética de Aragón.

El crecimiento de la compañía no se basó en acumular activos, sino en desarrollarlos y rotarlos. Su modelo consiste en asegurar puntos de evacuación, tramitar proyectos y, una vez maduros, incorporar socios o vender participaciones.

El entramado empresarial se articula en torno a Fernando Sol, la sociedad matriz del grupo, desde donde se controla una estructura compleja que ha permitido crecer con rapidez y diversificar actividad. En cifras, Forestalia ha desarrollado más de seis gigavatios de proyectos renovables y mantiene una cartera similar en distintas fases de tramitación.

Diversificación y cuellos de botella

La compañía trató también de diversificar con la biomasa. Su principal activo es la planta de Cubillos del Sil (León), de cerca de 50 megavatios, desarrollada con apoyo público. El proyecto ha atravesado dificultades operativas, reflejando la complejidad de este segmento. En paralelo, impulsó la producción de pellets en Aragón, como la planta de Erla, orientada a la valorización de residuos forestales.

Planta de biomasa que Forestalia tiene en Cubillos de Sil (León)

Planta de biomasa que Forestalia tiene en Cubillos de Sil (León) / Cedida

Uno de los pilares menos visibles ha sido su apuesta por las infraestructuras de evacuación, esenciales para transportar energía hacia zonas de alto consumo como Catalunya, la Comunidad Valenciana o el País Vasco.

Sin embargo, estas infraestructuras han encontrado una fuerte contestación social y ambiental, además de obstáculos administrativos, convirtiéndose en uno de los principales cuellos de botella del modelo.

Cara y cruz

El auge de las renovables y Forestalia no ha estado exento de tensiones. El impacto territorial ha generado oposición en algunas zonas, especialmente en Teruel, alimentando el debate entre transición energética y conservación del paisaje.

En el plano empresarial, su irrupción generó suspicacias. Su modelo, rápido y agresivo, abrió una brecha en el oligopolio eléctrico. A ello se suman elementos controvertidos como la incorporación de perfiles políticos o la percepción de opacidad.

Con el tiempo, Forestalia ha ido más allá del negocio energético, participando en proyectos como centros de datos o la gigafactoría de baterías de Figueruelas, consolidándose como un actor transversal en la economía aragonesa.

Punto de inflexión

El foco judicial se articula en varias líneas que analizan presuntas irregularidades en la financiación pública y en la tramitación ambiental. Entre los casos figura su vinculación con el denominado caso Leire Díez y, especialmente, las investigaciones sobre el Clúster Maestrazgo, el mayor proyecto eólico terrestre promovido en España.

El caso ha incluido registros en sedes de la compañía, detenciones y actuaciones policiales que han situado al grupo en el centro del foco mediático. Con las diligencias en curso, el desenlace es incierto, pero el impacto reputacional ya es evidente.

Un futuro en el aire

La trayectoria de Forestalia ha marcado la historia reciente del sector energético aragonés, reflejando tanto el auge de las renovables como los límites de un modelo en madurez. El viento sigue soplando en Aragón. La cuestión es en qué dirección.

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