Fuerte temporal
Resignación, ‘coworkings’ improvisados y alguna que otra carrera en una mañana de vendaval en El Prat
Las pantallas del aeropuerto anuncian que más de un tercio de los vuelos sufren retrasos y una veintena están cancelados
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MAPA | Así va evolucionando el temporal de viento en Catalunya: las rachas van a más esta mañana

Las pantallas que anuncian el estado de los vuelos solo entrar en el aeropuerto de El Prat / El Periódico

“Un fenómeno. Este piloto es un fenómeno”. Una mujer gallega, de escapada a Barcelona con las amigas, celebra la proeza que acaba de ejecutar quien conduce el avión en el que viaja. Tras mucha zozobra y fiera resistencia del viento, el hombre ha conseguido un aterrizaje casi suave, arrancando, incluso antes de aminorar la velocidad que da por hecho el trabajo, un sonoro aplauso dentro de la nave. Llega una hora tarde a su destino, pero, ¿qué es eso cuando desde Barcelona llegaban noticias de una ventada tal que ha anulado clases, reagendado visitas médicas, parado obras y resucitado la recomendación de teletrabajo, provocado heridos y cancelado vuelos?
Es el espíritu que reina en el avión, pues hasta quien ha perdido su conexión por la demora sufrida pregunta con calma a las azafatas. Y es el espíritu que reina al pisar la Terminal. Las pantallas no tienen piedad; de un centenar de vuelos anunciados, más de un tercio figuran con una hora de salida estimada que, en la mayoría de casos, suma más de 60 minutos al tiempo de salida marcado inicialmente, y hay una veintena cancelados. El aeropuerto de Barcelona-El Prat ha confirmado que hasta mediodía se han conseguido operar un total de 199 vuelos, ha cancelado 101 y ha desviado 10 desvíos a otros aeródromos. Quedan pendientes 599 movimientos programados.
“Mientras salga, por lo menos…”, reacciona un futuro viajero al primer contacto con este funesto cartel. “Chicos, vamos a sentarnos, mejor”, recomienda otra.
Todos los retrasos –el primero de la lista es un vuelo a Argel que tenía que despegar a las 8 de la mañana– son salidas que se proyectan más allá de las 12h, momento en que estaba previsto que empezara a amainar algo el temporal. La realidad, sin embargo, se impone. Las colas de gente parada, más allá de la hora exacta del mediodía, frente a puertas que anuncian embarques que tenían que ser antes, son tónica habitual, esta mañana, en el aeropuerto de El Prat.
“¿Cuándo embarcamos?”, le pregunta una chica a la trabajadora que protege esas puertas de una marabunta que viaja a Ámsterdam. “Ahora, cuando venga el autobús”, le responde ella. “¿Y el autobús que viene, de Ámsterdam?”, comentará, con sorna, a su acompañante cuando haya la suficiente distancia con la portadora de malas noticias.
"Actualizaremos información en 20 minutos"
Lo cierto, en realidad, es que no hay caos, ni enfado visible. Se respira, sobre todo, resignación y confianza en que, tarde o temprano, se llegará al destino. Unos chicos gestionan, en la cola de un vuelo a Lisboa, qué hacer si no llegan a tiempo para hacer el enlace que debe llevarles a São Paulo. Un señor se quita la chaqueta resoplando y riendo cuando el altavoz le comunica, 10 minutos después de las 12h, que el vuelo a Jerez en el que tenía que montarse a partir de esa hora sigue sin llegar. “Actualizaremos información en 20 minutos”, anuncia megafonía, en otra de las frases más repetidas de la mañana.
Este grupo de pasajeros, sin embargo, aguanta de pie; en una de las puertas cercanas, los futuros viajeros a Varsovia se han rendido y esperan sentados en el suelo. Rato antes, allí hacían cola quienes buscan irse a Estocolmo, que ahora están tres puertas más allá, confundiendo a un pasajero que, en realidad, quiere ir a la capital polaca. “Esto es para tener entretenida a la gente”, bromea un mallorquín que regresa a Palma, sobre tanto cambio de puertas.
La jornada, de normal, no tiene nada, pero las dinámicas, dentro del aeropuerto, casi que lo parecen. Aburrimiento generalizado, apelotonamiento en las puertas más concurridas, cerveza y cartas en los bares, ‘coworkings’ improvisados en las mesas con enchufes, despedidas de soltero que tendrán que forzar el ingenio para entretenerse en un aeropuerto de pantallas más naranjas que verdes y, contra todo pronóstico, alguna que otra carrera desesperada de personas que, en un día marcado por los retrasos, llega tarde a su vuelo. Al final, ¿qué sería un aeropuerto sin ellas?
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