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Opinión

Martí Saballs Pons

Martí Saballs Pons

Director de Información Económica de Prensa Ibérica.

La procedencia de las naranjas sí importa

¿Hasta qué punto está usted dispuesto a pagar más dinero por consumir naranjas españolas antes que naranjas procedentes de otros países, siendo estas más baratas? Compare y decida

Un temporero recoge naranjas en Cullera (Valencia)

Un temporero recoge naranjas en Cullera (Valencia) / 'activos'

Precio: un euro por naranja.

Lugar: una tienda sin pretensiones del barrio de Valldaura de Manresa (Barcelona).

Procedencia de las naranjas: Comunidad Valenciana.

Aspecto del rostro de la dependienta cuando mencioné, sonriente, el precio unitario del cítrico: qué le vamos a hacer.

Comentario de mi hija, que me acompañaba: «Si son tan caras las naranjas, ¿por qué no compramos estas peras tan originales que vienen de China?».

Respuesta de un padre camino de la ruina por culpa de unas naranjas: «No. Por principios, solo compro fruta de aquí».

Pregunta subsiguiente: «¿Qué quiere decir ‘de aquí’?».

Nueva respuesta: «Primero, kilómetro cero. Segundo, de Catalunya. Tercero: del resto de España. Cuarto: de la Unión Europea».

Remate filial: «O sea: ¿no compraremos nunca peras chinas? ¿Y sandías?».

De cierre: «Solo productos europeos y de temporada. Las sandías, en verano. Como los melones».

Alguien me puede acusar de fundamentalista y de talibán gastronómico; de carecer de la más mínima sensibilidad por no querer probar las peras chinas e, incluso, de ser un manirroto por gastarme un euro por naranja, por muy buenas que estuvieran. Que lo estaban. Argumento que desarma: entonces, ¿por qué comes chocolate? ¿Acaso la Unión Europea produce cacao? ¿Y patatas? Al fin y al cabo, son originales de América, como los tomates. Y así sin parar. Aunque este caso puede rebatirse: se introdujeron para cultivar al lado de casa. Nada que ver con comprar insípidas naranjas sudafricanas o manzanas de Nueva Zelanda... que ya vale, con la oferta que tenemos aquí.

Vivimos en una ilusión agroalimentaria. A medida que queremos alimentarnos mejor y defender el hábito de comprar productos de la tierra más cercana, sabemos que estamos destinados a pagar mucho más. Si además son productos con la etiqueta ecológica, el precio se encarece exponencialmente. ¿Razones? Economía básica. Costes más altos, poca oferta, demanda alta y valor añadido local.

Basta con pasear por la infinidad de ferias medievales/artesanales/mediterráneas o lo que sea que se montan en nuestras poblaciones, para confirmar los peligros de comprar kilómetro cero. Desde la fruta hasta la longaniza de can Pep pasando por ese queso magnífico que no tiene nada que ver con el que venden ya empaquetado en el supermercado de turno. A precio de oro se vende el queso de cabra de la comarca de La Garrotxa (por decir uno de tantos lugares bucólicos) con nombre medieval, que siempre le da más empaque, y que asegura que la cadena de valor es propia, empezando por la cabaña caprina. Una anécdota más: en un pueblo del Alt Empordà de cuyo nombre prefiero no acordarme me animé a comprar miel de elaboración artesanal; mi tarjeta de crédito aún no se puede creer el coste del capricho.

La bonita ley del mercado tiene estas cosas que tantos ciudadanos, usted puede ser uno de ellos, no entienden. Es más barato el producto que llega de la Luna que el producido al lado de casa. Es lo que tiene que hayan sido producidos y transportados en masa, siempre en neveras gigantes para conservarlos.

Esta semana, José Luis Zaragozá cuenta en ‘activos’ cómo la industria citrícola española, y más concretamente la de la Comunidad Valenciana, puede acabar hundida en la miseria debido al pacto comercial entre Mercosur y la Unión Europea. Alertan los expertos y empresarios del sector de que España (y el resto de la UE) acabará inundada de naranjas brasileñas. Las principales empresas de este sector de Brasil, primer productor mundial, ya celebran la buena nueva: la conquista de Europa.

¿Cómo pueden reaccionar las empresas locales? Tan fácil es la teoría como difícil la práctica: con calidad, precio y marca.

Primero, asegurándose de que las naranjas nativas son mucho mejores de calidad que las importadas. Pruebe y compare.

Segundo, habrá que realizar el esfuerzo de reducir costes para que el diferencial con la naranja importada no sea tan elevado.

Tercero, creando marca. Como cualquier alimento que se precie, debe generar interés. Ya sea por sus efectos saludables o nutritivos. Una naranja al día es el mejor antídoto contra los resfriados.

Defender el consumo de productos locales, regionales o nacionales no significa oponerse a la apertura comercial o defender aranceles. Invita a buscar las mejores fórmulas para competir. España, que es el gran huerto de Europa, no solucionará la esperada entrada masiva de productos agrícolas latinoamericanos con solo lamentaciones. Otros sectores llevan demostrando desde hace años que la competencia es sana. Que el consumidor decida, sea o no sea un defensor acérrimo de lo local.

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