Opinión
Cuando nadie espera que ocurra lo impensable
A Donald Trump le quedan tres años de mandato. La historia reciente demuestra cómo se han equivocado las predicciones. Basta pensar en finales de los años 80

Mark Carney, primer ministro canadiense (desde 2025).
En el verano de 1987 tuve la oportunidad de obtener una beca y participar en una escuela de verano organizada y financiada por la OTAN en Kiel, Alemania. Era el más joven entre una cuarentena de personas procedentes de todo el mundo, hombres y mujeres. Desde militares turcos e italianos hasta una académica estadounidense de postín y un miembro de la élite del Gobierno marroquí.
A lo largo de tres semanas escuchamos a profesores y generales. Volamos en helicóptero del Ejército alemán (el primer vuelo de mi vida) y en avión militar. Como si fuera ayer mismo, recuerdo el intenso debate que se transmitía dentro de la organización atlántica y se expresaba en las clases. Una mayoría de los docentes, liderados por un alto cargo alemán de la OTAN, consideraba que las reformas -perestroika y glasnost- emprendidas por Mijaíl Gorbachov, el líder soviético, no eran de fiar, que eran propaganda. La OTAN no podía bajar la guardia ante la amenaza soviética. Para los halcones de la organización, el idilio que se había producido entre el presidente de EEUU, Ronald Reagan, y la primera ministra británica, Margaret Thatcher, era solo una pose.
Nadie, ni siquiera las palomas atlanticistas, pronosticaban aquel verano de 1987 que el mundo soviético, tal como lo conocíamos, desaparecería en tres años. Un fin de semana aproveché para viajar a Berlín. En la frontera entre la antigua RFA y la RDA, entraron en los vagones guardias armados del régimen comunista acompañados de perros pastor alemán, pidiendo documentación e interrogando a todos los pasajeros. Visitar el antiguo Berlín Oriental, cruzando a través de la estación de Friedrichstrasse, fue un shock. En ningún otro sitio del planeta un extranjero podía ver la radical diferencia de vida entre dos sistemas en una misma ciudad.
En aquel Berlín tampoco nadie preveía que el muro caería dos años y medio después gracias a una concatenación de situaciones que tan bien han explicado grandes autores. El último, en el libro Europa, una historia personal, de Timothy Garthon Ash. En mayo y junio de 1989, Hungría abrió la frontera con Austria, que generó una ola de huidas de ciudadanos en busca de libertad. Para que todo eso ocurriera fue necesario que el líder soviético lo permitiera. El 9 de noviembre de 1989, el portavoz del Gobierno comunista de la RDA, Günter Schabowski, respondió "de inmediato, sin demora" a la pregunta de un periodista en rueda de prensa "¿cuándo entra en vigor?" la apertura de fronteras. Unas horas después, el lamentable muro levantado por los comunistas caía. La población se rebeló definitivamente contra el régimen. El mundo entró en una nueva era.
Acontecimientos inesperados, anécdotas que no acaban siéndolo, liderazgos repentinos, palabras sacadas fuera de contexto, incluso rumores que se venden como noticia pueden girar la rueda de la historia hacia un lado u otro de forma que solo el paso del tiempo podrá juzgar.
Los vientos pueden volver a cambiar en EEUU. Solo es necesario que sus electores den la espalda al líder republicano
Esta semana, en las reuniones de Davos, ha sido más que aplaudido y alabado el discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney. Hay quien incluso lo ha comparado con el que realizó Winston Churchill en Westminster College el 5 de marzo de 1946 cuando señaló: "Desde Stettin en el Báltico a Trieste en el Adriático, un Telón de Acero ha caído sobre el continente".
En la ciudad suiza, Carney dijo que ya no es momento de nostalgia. Hay que empezar a pensar que se acabó el mundo, aun imperfecto, que bajo el paraguas de las grandes alianzas entre demócratas se creó tras la segunda guerra mundial con la creación de las instituciones internacionales cuyo futuro hoy peligra. Apeló a las potencias medianas a no sucumbir ante las amenazas de las grandes, a unirse más: "Debemos actuar juntos porque si no estás en la mesa, estás en el menú". En definitiva: pérdida absoluta de confianza con Estados Unidos.
Sin embargo, hay un factor que debe tenerse en cuenta. A diferencia de los países del telón de acero, del régimen ruso actual, del liderazgo del partido comunista en China, Estados Unidos, a pesar de Donald Trump y sus deseos, sigue siendo una gran democracia. Los vientos pueden volver a cambiar, simplemente con que lo electores americanos le empiecen a dar la espalda en las elecciones al Congreso de noviembre. A Trump, además, le quedan tres años de mandato. El tiempo no juega a su favor. Salvo, claro, que su personalidad y ambición ilimitada le inviten a intentar dominar el país rompiendo todas las estructuras de poderes y lanzando un golpe de Estado. ¿Es eso política ficción? Esperemos que sí.
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