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Opinión

Arturo Bris, Aline Ballaman-Garibian

Normas frente a la fuerza: la nueva división global

En este mundo decepcionante, cada vez más dominado por la fuerza y aterrador, la llamada super-Europa debe volver a emerger como un faro de derechos humanos y del propio Estado de derecho

Diplomáticos, embajadores y otros miembros del personal asisten a una sesión de emergencia del Consejo de Seguridad para discutir las mortíferas protestas en Irán en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, EE. UU. EFE/SARAH YENESEL ////////// NEW YORK (United States), 15/01/2026.- Diplomats, ambassadors and other staff attend an emergency Security Council session discussing deadly Iran protests at United Nations headquarters in New York, New York, USA, 15 January 2026. (Protestas, Nueva York) EFE/EPA/SARAH YENESEL

Diplomáticos, embajadores y otros miembros del personal asisten a una sesión de emergencia del Consejo de Seguridad para discutir las mortíferas protestas en Irán en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, EE. UU. EFE/SARAH YENESEL ////////// NEW YORK (United States), 15/01/2026.- Diplomats, ambassadors and other staff attend an emergency Security Council session discussing deadly Iran protests at United Nations headquarters in New York, New York, USA, 15 January 2026. (Protestas, Nueva York) EFE/EPA/SARAH YENESEL / SARAH YENESEL / EFE

La invasión de Venezuela por tropas estadounidenses y la captura de Nicolás Maduro no constituyen un nuevo desafío para el derecho internacional, pues ya quedó gravemente debilitado en 2003, cuando EEUU invadió Irak sin permiso de la ONU.

Uno de nosotros (Arturo) recuerda cómo —durante los años que rodearon la llamada guerra contra el terror—colegas de la Yale School of Management solían mostrarse abiertamente despectivos con su defensa del derecho internacional como uno de los mayores logros del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial. El profesor Christos Cabolis —hoy economista jefe del Centro de Competitividad Mundial del IMD y, por entonces, director del Centro Internacional de Finanzas de Yale— evoca cómo a ambos se nos etiquetó como «el ala izquierda» porque nos negábamos a justificar la invasión de un país soberano por otro. Dos décadas después, es agradable tener razón, aunque el precio de estar en lo cierto haya sido extraordinariamente alto.

Desde 2003, hemos sido testigos de la invasión de dos países por parte de Rusia: Georgia y Ucrania. Francia izó la bandera ucraniana en todos los ayuntamientos y Europa mostró una fuerte solidaridad política y social. En el debate público, esa respuesta no se planteó principalmente como oposición a Rusia, sino como una defensa de los valores europeos. La ciudadanía respaldó a los gobiernos europeos porque entendía que lo que estaba en juego era el propio Estado de derecho.

Se produjo un profundo choque en la sociedad europea cuando Israel empezó a vulnerar las decisiones del Tribunal Internacional de Justicia, así como la resolución 2334 del Consejo de Seguridad de la ONU, en Gaza y en Cisjordania. Europa, que mostró una unidad notable y una claridad moral en Ucrania, pareció aplicar un preocupante doble rasero ante una insoportable cifra de muertes civiles, la hambruna y la destrucción de Gaza. La ciudadanía se ha visto confrontada a imágenes horribles sin una oposición contundente o unificada de Europa.

El Estado de derecho sostiene el orden civil, no solo en todo el espectro social y político, también en la actividad económica y en las relaciones empresariales. Lo que socava el Estado de derecho erosiona la prosperidad y coloca a Europa en riesgo. A los jóvenes europeos les cuesta entender lo que está sucediendo. ¿Los valores que Europa decía defender ya no son universales o ahora se aplican a la carta? Las amenazas de EEUU de invadir Panamá, Groenlandia, Colombia y Cuba han reforzado aún más esta percepción de colapso moral y normativo.

La defensa del derecho internacional no es una postura simbólica. La inviolabilidad de las fronteras ha sido un pilar de la paz. El sistema de gobernanza global establecido a través de la ONU fomentó la cooperación entre Estados y contribuyó a la prosperidad global. En ausencia de un sistema internacional eficaz de controles y contrapesos, nuestros modelos sociales y económicos deberán cambiar. La competitividad dará paso a la competencia brutal. Cuando los líderes mundiales ignoran el derecho internacional, la justicia pierde su significado y esa erosión acaba impregnando a la ciudadanía. Los individuos pueden sentirse con derecho a tomarse la justicia por su mano, legitimando la violencia contra los demás.

Estamos, una vez más, peligrosamente cerca de 1914. Vivimos en un mundo bipolar, pero no en el sentido geopolítico tradicional. El mundo está dividido entre países donde el Estado de derecho se socava y aquellos que aún creen en la primacía de las normas y los derechos humanos. En este sentido, EEUU ya no es tan distinto de Rusia: en ambos casos, los gobiernos vulneran normas jurídicas en el ámbito interno y en el internacional; los líderes debilitan o eluden los controles y contrapesos para imponer su voluntad; y las acciones internacionales prescinden de cualquier consenso significativo dentro del Consejo de Seguridad de la ONU.

Tampoco EEUU es tan distinto de China. En 2023, 47 personas fueron ejecutadas en EEUU, según el Centro de Información Sobre la Pena de Muerte. En China, el número de ejecuciones es tan elevado que ni siquiera se informa públicamente. EEUU amenaza a Dinamarca y a Groenlandia; China amenaza a Taiwán. En este mundo decepcionante y cada vez más aterrador, la super-Europa debe volver a emerger como un faro de derechos humanos y del Estado de derecho. La respuesta de Europa a los acontecimientos en Venezuela puede haber parecido tibia, pero fue la única respuesta defendible legal y moralmente. Dicho esto, no es suficiente.

Quienes creen en los derechos humanos, la paz y la democracia deben actuar con decisión:

  • Superar el sistema actual de organizaciones internacionales. La ONU fue ineficaz en Irak, ha demostrado ser ineficaz en Gaza y es ineficaz en Venezuela. La OTAN ha servido sobre todo a los intereses de EEUU; cuando se planteó la cuestión de defender a Ucrania, EEUU terminó alineándose con las restricciones rusas. Debemos ir más allá de un sistema en el que cinco países ostentan un poder de veto desproporcionado.
  • Reconstruir la gobernanza internacional sobre bases jurídicas sólidas. La Carta de la ONU y la Declaración Universal de los Derechos Humanos deben formar el núcleo de un sistema renovado que otorgue mayor voz a países como la India, Arabia Saudí, Brasil y Alemania, al tiempo que reduzca la influencia de Estados que vulneran la soberanía.
  • Ampliar la super-Europa como polo de atracción. Debe atraer activamente a países que compartan sus valores. Debemos ampliar nuestra comunidad normativa y servir de modelo, en particular para las naciones africanas. Arabia Saudí y Singapur ya se han inspirado en instituciones europeas, demostrando que una gobernanza inclusiva puede promover la prosperidad.
  • Invertir más en defensa. Europa no puede ser ingenua en un mundo más dominado por la fuerza.
  • Aprovechar la regulación extraterritorial. A diferencia de EEUU, Europa ha infrautilizado el alcance global de su marco regulatorio. La política de competencia, las normas de M&A, la protección de datos, los estándares de sostenibilidad y la regulación financiera deberían aplicarse a cualquier persona o empresa que opere dentro de las fronteras europeas, sin importar dónde esté.
  • Profundizar la integración internacional: más alianzas internacionales, integración de los mercados financieros, comercio y libre circulación de capitales y personas. Las fronteras deberían servir sobre todo a fines fiscales; por lo demás, Europa debería promover sociedades abiertas e inclusivas.
  • Restaurar la credibilidad moral. Europa debe recuperar el orgullo de su liderazgo moral y actuar con coherencia. No podemos esperar que otros adopten nuestros valores si nosotros mismos los socavamos mediante el silencio y los dobles raseros. Cuanto mayor sea la pérdida de credibilidad, más difícil será ganarse la confianza de los jóvenes.

Nuestros sistemas sociales y políticos son más fuertes; nuestras urbes, más seguras; nuestras economías, más competitivas, y nuestro medio ambiente, más limpio. Como dice Rob Jetten, ganador de los comicios neerlandeses, llevemos «la bandera europea con orgullo».

Arturo Bris, Director del Centro de Competitividad Mundial, IMD.

Aline Ballaman-Garibian, Investigadora afiliada, Centro de Competitividad Mundial.

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