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En nombre del control del petróleo
Donald Trump espera que convertir Venezuela en su colonia petrolífera le servirá para reducir el precio de los carburantes en EEUU y mantener a raya las necesidades de los países no productores

El primer pozo petrolífero moderno se erigió en Titusville, Pensilvania, en 1859. | ‘activos’ / Activos
La población de Titusville estará siempre unida a la historia del petróleo. A 70 kilómetros al sur del lago Erie, en el estado de Pensilvania, conserva el primer pozo con el que empezó la extracción industrial de crudo en 1859.
El museo Drake, que conmemora aquel acontecimiento y que recomiendo visitar si alguien se pierde por ese territorio, recuerda el principio de la carrera por el control del recurso natural más deseado de la historia, fuente de invasiones, guerras y conflictos económicos.
Estados Unidos comenzó allí su papel con ansias hegemónicas en este mercado. A comienzos del siglo XX, bajo el mandato del presidente Theodore Roosevelt, el petróleo se convirtió ya en parte de su seguridad nacional.
Para propiciar una mayor competencia, se inició el desmembramiento del monopolio de Standard Oil en varias cabezas empresariales que han sobrevivido hasta la actualidad, convirtiéndose en los alfiles de la Administración norteamericana para tener abastecimiento nacional e importado.
El primer pozo petrolífero moderno se erigió en Titusville, Pensilvania, en 1859.
El descubrimiento de grandes masas de petróleo en diversas zonas del planeta fue marcando la irrupción de nuevos poderes y alianzas. Desde el Cáucaso -una de las obsesiones de Adolf Hitler era el control de su petróleo- hasta Oriente Próximo, el mar del Norte y Venezuela.
En ese país se había empezado a explotar petróleo en el último cuarto del siglo XIX, pero fue hace cien años cuando se descubrió en la cuenca del Maracaibo el primer filón de lo que acabó siendo la mayor reserva mundial de crudo.
El enriquecimiento de Venezuela en sus gloriosos años 70, durante la primera gran crisis del petróleo fruto de la guerra árabe-israelí de 1974, fue tan rápido como su empobrecimiento.
La inoperancia del régimen chavista, agravada por su sucesor, Nicolás Maduro, hundió la producción de crudo. En 2024, Venezuela no logró situarse entre los 20 principales países productores del mundo. Hace 30 años su posición era la séptima en el ránking mundial, con cerca de tres millones de barriles diarios frente al millón actual.
El ansia por obtener más petróleo, que tantas veces algunos profetas han situado en vías de desagüe, no solo sobrevivirá como fuente de energía, crecerá más. La OPEP, el cartel petrolífero que controlan los países árabes, calcula que la demanda de crudo pasará de 103,7 millones de barriles al día de 2024 a 123 millones en 2050.
Las causas: el crecimiento económico de las economías emergentes (la India, el Sudeste asiático y África) unido a la urbanización del mundo -se calcula que el 68% de la población vivirá en ciudades dentro de 25 años-. La OPEP recuerda que el mix energético formado por petróleo, gas y carbón supone aún el 80% de la demanda.
El descenso de los combustibles fósiles será muy paulatino respecto al aumento de las energías renovables -que seguirán siendo mayoritariamente un reducto de los países desarrollados- y la renovada apuesta por la energía nuclear.
Con este escenario, el control de los recursos petrolíferos seguirá siendo uno de los factores más relevantes en la geoestrategia de las grandes potencias, con todas las implicaciones económicas asociadas.
Dictaminar cómo el nuevo mapa puede afectar al precio del crudo es prematuro.
En este reparto no oficioso del mundo en el que nos encontramos, Donald Trump quiere que Estados Unidos (aun siendo primer productor mundial, es el segundo importador tras China y antes de la India) sea menos dependiente de terceros.
Por eso ha querido volver a recuperar para su redil a Venezuela, parte de su patio trasero. Y si eso significa perjudicar a China, principal cliente venezolano; y necesitada de petróleo, aún mejor.
Por eso, Trump también quiere seguir manteniendo buenas relaciones con las dictaduras árabes (Arabia Saudí es el tercer productor tras EEUU y Rusia), controlar la producción de Irak (sexto productor) y seguir atentamente la inestabilidad política del régimen de los ayatolás de Irán (quinto productor y tercero en reservas después de Venezuela y Arabia). Tampoco extrañan sus ansias por querer controlar Canadá, que es el cuarto productor.
Dictaminar cómo este nuevo mapa puede afectar al precio de los carburantes es prematuro. A Trump le interesa que baje el precio de los combustibles en Estados Unidos, con un impacto inmediato en el bolsillo de sus ciudadanos que puede afectarle políticamente en las elecciones al Congreso de noviembre.
La lógica económica indica que, si aumenta la oferta por el regreso de Venezuela al mercado, el precio medio bajará. El precio de referencia del Brent, tipo de crudo más seguido, oscila actualmente alrededor de los 60 dólares el barril, la mitad de su cotización al principio de la invasión rusa de Ucrania.
Los principales bancos de Wall Street y la City predicen que en 2026 oscilará entre 55 y 65 dólares. Pero, como siempre, que los peores augurios no se cumplan. Trump tendrá más por decir.
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