Opinión
¿Debe preocuparnos nadar sobre deuda?
La cifra total en el planeta ya asciende a 346 billones de dólares, el 310% del PIB mundial. Solo la de los Estados es cinco veces más que a principios de este siglo

Interior del colmado Quílez, en la barcelonesa rambla de Catalunya, a mediados del siglo pasado. / 'ACTIVOS'
¿A quién le importa que el mundo esté hundido en deuda? ¿Y a quién le interesa recordar que las grandes crisis económicas habidas en la historia tienen un denominador común de raíz: una mala gestión de la deuda y de los riesgos que lleva implícitos? A medida que se está cerrando 2025, el sentimiento de euforia financiera se consolida. Tanto es el optimismo que empieza a producir cierto temblor de piernas.
Caso de España. El semipuente de la Constinmaculada ha cubierto las mejores expectativas del sector hotelero. Desde el litoral hasta las montañas, pasando por los hotelitos rurales más o menos agradables que han crecido como champiñones en los últimos años en el país despoblado. El 8 por la tarde/noche, las carreteras que se dirigían a las grandes ciudades estaban colapsadas. Y ya, no solo eso, los temas de conversación empiezan a girar sobre qué hará cada uno en Navidad y fin de año. Ir a enmasarse a los mercadillos navideños de Alsacia, Alemania y Austria ya es tan costumbrista como ir a tomar unos pinchos o tapas el viernes por la noche.
¿Qué causa esta euforia? Puede deberse a dos factores que están unidos: el efecto riqueza debido a la revalorización de las inversiones y la facilidad para endeudarse y, más aún, fraccionar el pago de esta deuda si es necesario. En el fondo, estos comportamientos se alimentan del carpe diem generado tras la pandemia. El castizo que me quiten lo bailao.
Regreso a las cifras de la deuda, con ganas de alertar de las tempestades que pueden despertarse en el horizonte. La fuente es el Instituto de Finanzas Internacionales (IFF), informe del 9 de diciembre. Advierte de que el mundo volvió a batir un récord histórico. La deuda total agregada suma ya 346 billones de dólares (divisa de referencia para realizar los cómputos históricos), el 310% del PIB mundial.
De la deuda, 105,8 billones ha sido emitida por los Estados para financiar inversiones, y cualquiera de las facetas del sistema del bienestar, mejor o peor interpretado, además de gastos innecesarios y corruptelas diversas enmascaradas. Esta cifra representa cinco veces más que a principios del siglo XXI. Lideran el incremento de esta deuda China -comunistas a fuer de capitalistas- y EEUU, seguidos de Francia, Italia y Brasil. Japón sigue siendo el país con un porcentaje mayor de deuda pública sobre su PIB: el 240%. El resto de la deuda está repartida entre hogares (64 billones), empresas (99 billones) y sector financiero (77 billones).
Las entidades financieras seguirán haciendo el agosto creando estructuras de préstamos cada vez más sofisticadas
En España, la deuda pública representa 1,7 billones de euros (1,5 billones de dólares), el 105% del PIB. En intereses de la deuda, el Estado paga 40.000 millones de euros al año. Las empresas suman una deuda de un billón de euros, y los hogares, de 0,7 billones.
Hasta aquí, simplificados, los números crudos de la deuda. ¿Por qué no hierven todavía?
Desde posiciones optimistas, la sensación es que no hay argumentos suficientes para que se repitan crisis como en el pasado. Y siempre, como se demostró en el breve periodo de 2022 fruto del proceso inflacionario generado tras la invasión rusa de Ucrania, la deuda se puede cocinar tiernamente. Eso es: adecuando de forma templada políticas monetarias y echando mano (se hizo en la pandemia y para evitar el derrumbe del euro en verano de 2012) del patadón hacia delante. Los bancos centrales pueden llenar el depósito, además de manejar el volante adecuadamente. Refinanciar es uno de los verbos de moda del sistema capitalista.
Y los pesimistas, ¿o habría que llamarles realistas? El IFF ya asume que los niveles de deuda seguirán subiendo debido a los gastos en defensa y a la financiación del desarrollo de centros de datos, IA y tecnologías de último cuño. Tanto por parte de las administraciones como de las empresas. Las entidades financieras, que viven una bonanza bursátil, seguirán haciendo el agosto creando estructuras de préstamos sofisticadas y cada vez más complejas.
¿Cómo se puede torcer el panorama, creando un shock crediticio? De dos formas: un aumento inesperado de la inflación debido a la geopolítica -empeoramiento de las guerras o amenazas nuevas- que obligue a los bancos centrales a aumentar los tipos de interés, incrementando los costes de la deuda, o la aparición de un fenómeno inesperado, escondido en la maraña del sistema financiero. Por ejemplo, desde las llamadas finanzas en la sombra hasta la contaminación producto de un derrumbe de las criptomonedas.
Aunque, de verdad: ¿a quién le amarga pensar que la ilusión puede durar siempre, aunque sea artificial?
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