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Precios disparados

Luis Garvía, economista: "El problema de la vivienda es un problema generacional"

El 70% de los españoles desconoce los avales ICO para comprar una primera vivienda: requisitos y en qué consisten

Firma de una hipoteca.

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Pedro Sanjuán

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Hablar hoy de vivienda en España es hablar de una desigualdad creciente que separa a padres e hijos, a quienes pudieron comprar su casa hace décadas y a quienes ahora ven imposible siquiera acceder a un alquiler estable. En palabras del economista Luis Garvía, profesor universitario y rostro habitual en programas como Y ahora Sonsoles y laSexta Xplica, “el problema de la vivienda es un problema generacional”. Su diagnóstico refleja una realidad: mientras los mayores levantaron patrimonio a través de la propiedad, los jóvenes están atrapados entre sueldos bajos, precios desorbitados y alquileres inasumibles.

Una brecha entre padres e hijos

En los años 80, comprar un piso suponía entre cuatro y cinco años de sueldo. Hoy esa proporción se ha duplicado: hacen falta más de diez años de ingresos para adquirir una vivienda media. La diferencia se traduce en una auténtica brecha generacional.

Garvía recuerda un dato revelador: “El 81% de los nacidos entre 1945 y 1965 tenían casa a los 42 años; el 67% de los nacidos entre 1975 y 1985 logró lo mismo; pero solo el 25% de los jóvenes nacidos entre 1985 y 1995 ha conseguido comprar vivienda”.

La consecuencia es clara: la herencia familiar se ha convertido en la nueva llave para entrar en el mercado inmobiliario. Antes el acceso dependía del esfuerzo individual, la estabilidad laboral y unas hipotecas accesibles. Ahora, como subraya Garvía, “tener padres con patrimonio es el verdadero factor decisivo para conseguir una casa”.

Precios al alza, sueldos congelados

El economista insiste en que los precios de la vivienda se han disparado mientras los salarios permanecen estancados. A la dificultad económica se suma la inestabilidad laboral: contratos temporales, precariedad y sueldos bajos que impiden ahorrar la entrada para una hipoteca.

La comparación histórica resulta contundente. “En los años 70 y 80, los pisos costaban 50.000 euros. Hoy esas mismas viviendas valen más de 300.000 euros. Esa revalorización ha creado riqueza para unos y exclusión para otros”, explica Garvía.

Tampoco el alquiler ofrece un refugio. En las grandes ciudades, el precio medio ha alcanzado niveles que consumen más del 40% del salario de un trabajador joven, muy por encima del 30% que recomiendan los organismos internacionales. Esta presión económica no solo retrasa la emancipación, también condiciona decisiones vitales como la maternidad o la movilidad laboral.

Las recetas para el futuro

El Gobierno ha tratado de dar respuesta con bonos de alquiler y ayudas a la compra, pero Garvía se muestra crítico. Asegura que estas políticas “no resuelven el problema, lo agravan”. Su argumento es que inyectar dinero en la demanda solo provoca un efecto inmediato: los precios suben aún más.

El verdadero cuello de botella, según el economista, está en la oferta de vivienda. “No tiene sentido que dediquemos más tiempo a la burocracia —tres o cuatro años— que a la propia construcción del inmueble. La única salida es aumentar la oferta de manera sostenida”, subraya. Entre sus propuestas, plantea más vivienda pública, menos trabas administrativas y estímulos para la compra de primera vivienda.

Garvía advierte de otro problema estructural: la concentración de vivienda en manos de personas mayores. “El 45% de los inmuebles está en propiedad de personas con más de 65 años. Esto, unido a que un tercio de las casas se transmitirá por herencia en los próximos años, dibuja un futuro en el que la clase media desaparece y los jóvenes no tendrán acceso a un patrimonio básico como es una vivienda”.

Un espejo de la desigualdad

El análisis de Luis Garvía es contundente: la vivienda refleja mejor que ningún otro ámbito la fractura generacional y social que atraviesa España. Los padres accedieron en un contexto favorable; los hijos, en cambio, viven atrapados en un sistema que premia la herencia y castiga el mérito.

“La gente joven, cuando se incorpora al mercado laboral, se enfrenta primero a los sueldos bajos y después al problema de la vivienda. Es una pescadilla que se muerde la cola en la que añadimos capa tras capa de dificultad”, resume.

Con esta visión, Garvía apunta a un reto que va más allá de la economía: si no se logra democratizar el acceso a la vivienda, se pondrá en riesgo la cohesión social y se perpetuará un modelo en el que solo quienes reciben un legado familiar pueden cumplir el sueño de tener un hogar propio.