Opinión | OPINIÓN

Director de Información Económica de Prensa Ibérica.
Todos los gobiernos tienen sus favoritos
Desde los empresarios de la construcción hasta los pioneros en energías renovables. Todos los ejecutivos han mimado negocios diversos. Ahora tocan los de defensa

Una de las sedes de Abengoa. / EP
Las relaciones entre los mandatarios de un país y el mundo de los negocios han existido siempre, con todos los matices, a lo largo de la historia. En una época, el poder político y el económico iban de la mano, incluso eran los mismos apellidos, ramas familiares distintas, quienes controlaban ambos. Las decisiones que cambiaban rumbos y rutas comerciales, invasiones en busca de minerales o especias e inversiones en nuevos mercados y sectores se realizaban en una única mesa.
En tiempos de guerra es cuando las relaciones se estrechan más. Las industrias nacionales se ponen al servicio de los intereses del país. Si la Primera Guerra Mundial sirvió para acelerar el desarrollo de las primeras grandes infraestructuras y el transporte, fundamentalmente vehículos y aviones, la segunda generó el primer gran salto adelante tecnológico. Desde semiconductores hasta nucleares. En la Alemania nazi florecieron algunas de las grandes compañías químicas, textiles y automovilísticas cuyas marcas siguen vigentes en la actualidad. La Guerra Fría y la respuesta a la carrera espacial iniciada por la Unión Soviética obligó a EEUU a crear la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa (Darpa). De este proyecto y similares acabaron saliendo algunas de los grandes líderes corporativos estadounidenses.
En los últimos tiempos, en nuestras Españas y Europas, las relaciones de políticos y sectores empresariales no han hecho más que acrecentarse. El afán legislativo de nuestras administraciones obliga a las empresas a estar al minuto de la nueva ocurrencia que haya tenido el gobierno local, autonómico, estatal o europeo. No es extraño que hayan florecido como champiñones tras la lluvia las consultoras, los bufetes de abogados, las gestoras administrativas y los asesores magníficos. Dedicarse a los asuntos públicos -llámese también lobi- es una profesión en ascenso. El mundo de la empresa necesita, más que nunca, tener contactos estrechos con políticos y la burocracia/tecnocracia que le rodea. Para anticipar o para reaccionar, da igual. Lo importante es la necesidad de dejar claras estas relaciones en aras de la transparencia y las buenas prácticas. No es necesario nombrar todos los casos de corrupción que han ido conociéndose.
En este parque, cualquier decisión política que favorezca a un determinado sector empresarial gracias a promesas de inversiones y al dinero público no hace más que añadir mayor connivencia. El desarrollo de las grandes infraestructuras en España, iniciado a finales de la década de los 80, convirtió a las empresas constructoras en las favoritas de los gobiernos de turno, nacionales y autonómicos. El apetito por lograr contratos públicos, ya sea para construir una carretera o lograr terrenos recalificados para desarrollar una promoción de viviendas, entró en su fase culminante a principios de este siglo. También sabemos cómo acabó.
De los empresarios de la construcción a los de energías renovables. Basta con recordar la era dorada de Abengoa, propiedad de la familia Benjumea, que se convirtió en la bandera empresarial que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero usaba para mostrar la gran apuesta española por el futuro. Pioneros con su inversión en la plataforma solar en Sevilla, Abengoa acabó suspendiendo pagos y siendo rescatada por el grupo alicantino Cox.
Pandemia mediante, del primer boom de las renovables a la gran apuesta europea de la transformación verde y digital. Cualquier empresa de nueva creación con unos años de vida que generara cualquier solución imaginativa que incluyera una innovación tecnológica, sirviera para ahorrar energía o redujera costes medioambientales era condecorada con visitas y celebrada con aplausos. En la era de Pedro Sánchez, frente al ninguneo (aparente) del Gobierno por las grandes empresas del Ibex 35 y las grandes familiares, se instaló una luna de miel con la nueva ola de emprendedores.
Ha sido reciente y significativa la relación del Gobierno con unos empresarios concretos: la familia Escribano, propietaria de Escribano Mechanical & Engineering (EM&E). Esta se ha convertido en abanderada del nuevo movimiento: invertir en defensa. Segundo accionista de Indra después del propio Estado, Ángel Escribano, se ha encaramado a la presidencia de esta compañía, siendo su hermano Javier el nuevo presidente de EM&E. La adquisición de esta por aquella es un paso más en la consolidación de un sector en auge. A ellos, los empresarios más cercanos a la Moncloa, les dedicamos la portada de la semana.
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