Precios desbocados

El riesgo de desabastecimiento energético planea sobre el invierno europeo

  • La demanda propulsada por la recuperación dispara los precios y desata una feroz competencia por los recursos

  • Los expertos no creen que esta sea una crisis estructural, pero temen que pueda frenar la salida de la crisis

Torres de alta tensión en las afueras de Milán.

Torres de alta tensión en las afueras de Milán. / Stefano Rellandini /Reuters

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Ricardo Mir de Francia
Ricardo Mir de Francia

Periodista

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China ha paralizado parte de su producción industrial y millones de sus ciudadanos conviven con los apagones. Las colas frente a las gasolineras vuelven a ser parte del paisaje en el Reino Unido, como lo fueron durante la crisis del petróleo en los convulsos años setenta. Los precios de la electricidad baten récords casi diarios en España y otros países de Europa, donde algunas empresas químicas y de fertilizantes han reducido su producción por los costes prohibitivos de la energía. Argentina anuncia subidas del 30% en el recibo de la luz. Y Brasil redobla la factura eléctrica después de que su peor sequía en 90 años haya hundido la producción hidroeléctrica.

Cada país tiene sus propias circunstancias, pero al unir los puntos de este mapa inconexo, acaban convergiendo en los mercados internacionales de la energía. Los precios del gas natural, el carbón y, en menor medida, el petróleo están desbocados, una tormenta perfecta propulsada por los desequilibrios entre la elevada demanda que acompaña a la recuperación y las limitaciones de una oferta que está teniendo dificultades para normalizarse tras el parón de la pandemia. Europa y algunas regiones de Asia concentran las preocupaciones por aumento generalizado de los costes de la energía, que amenaza con trabar la boyante recuperación, mientras arrecian las advertencias sobre un posible desabastecimiento en el Viejo Continente si el invierno en ciernes acaba siendo más crudo de lo normal.

“Comenzaron siendo episodios independientes, pero han acabado creando una crisis energética global”, asegura en una entrevista telefónica Carlos Torres, jefe de Mercado Eléctrico y Gas de la consultora noruega Rystad Energy. Los problemas en Europa comenzaron con un invierno más frío y largo de lo habitual, que dejó sus reservas de gas natural en los niveles más bajos de la última década. De estar al 94% hace un año, bordeaban el 72% a finales de septiembre, según datos de Gas Infrastructure Europe. En circunstancias normales, los depósitos se rellenan a medida que amaina la demanda con la llegada del buen tiempo, pero ni los eventos climáticos extremos del pasado verano ni los legados de la pandemia ayudaron a estabilizar la situación.

“La pandemia redujo significativamente la producción de gas y está tardando en reactivarse. No es tan sencillo como reabrir los grifos”, apunta el analista Toby Whittington desde Oxford Economics. “La producción del Mar del Norte, lastrada por problemas de mantenimiento y algún incendio, ha sido bastante decepcionante. Rusia, por su parte, tuvo un invierno tan frío que ha priorizado la recarga de sus inventarios sobre las exportaciones a Europa”. Tampoco ha ayudado la baja producción eólica durante la primavera y los récords batidos por los precios del C02 en el mercado de emisiones europeo. Una suma de factores que ha cuadriplicado los precios del gas desde principios de año, de acuerdo con la cotización del TTF holandés de referencia en Europa.

Competencia por el gas natural licuado

Aunque el gas solo genera una quinta parte de la electricidad consumida en el continente, tiene una influencia desmesurada en la composición del precio de la luz y aporta el 45% de la energía utilizada para calentar los hogares europeos. Las estrecheces del mercado actual han empujado a algunos socios comunitarios a incrementar las compras de gas natural licuado de Estados Unidos o Qatar, pero se están topando con una feroz competencia de Brasil o China, que paga por encima de los precios del mercado para asegurarse el suministro.

Estos desajustes llegan en plena transición energética en la Unión Europea, que aspira a reducir en un 55% sus emisiones en 2030, un recorte más acentuado que el de sus grandes competidores geopolíticos. Ese objetivo deja poco margen para recurrir a otras fuentes más contaminantes, pero la coyuntura del mercado tampoco ayuda. No hay alternativas baratas. El barril de petróleo de referencia en Europa cotiza al precio más alto de los últimos tres años, mientras la demanda de carbón se ha disparado en todo el planeta pese a los cierres de minas y la desinversión en el plato más sucio del menú energético.

Transición ecológica de por medio

“La transición ecológica no tiene la culpa de lo que está pasando”, opina el analista de Bruegel, Simone Tagliapietra. “Esta es una crisis de precios centrada en los combustibles fósiles que, si algo demuestra, es que hay que acelerar la transición”. Los expertos descartan que esta sea una crisis estructural por el agotamiento de ciertos combustibles fósiles. “En general hay suficientes reservas de gas, petróleo y carbón para satisfacer la demanda. El problema es que con la transición energética muchas compañías están cuestionando sus inversiones en estos sectores, lo que podría provocar eventualmente problemas de abastecimiento si las renovables no ocupan su lugar”.

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La Unión Europea dijo esta semana que no hay soluciones fáciles para mitigar los precios estratosféricos del gas, pese a las demandas de España o Francia para que aporte medidas adicionales a las ya adoptadas por varios países para reducir la factura de la luz que pagan sus consumidores. Una idea que comparten los expertos. “El miedo ahora es que la crisis de los precios dé paso a un desabastecimiento de gas en Europa durante el invierno. Ese es el riesgo que observan los mercados y que hace que el precio no deje de subir”, afirma Tagliapietra.

Ese eventual escenario es la peor de las pesadillas porque aumentaría los costes de producción de las empresas, alimentaría la subida de los precios y podría hundir el crecimiento europeo. Una concatenación de efectos con un severo coste social. Esta semana, tanto Rusia como EEUU se comprometieron a ayudar a estabilizar el mercado de la energía. Pero otros prefieren aferrarse a la opción más fácil, la que podría deparar el cielo: un invierno que no sea demasiado largo ni demasiado extremo. Una opción cada vez más improbable dadas las sorpresas que guarda el cambio climático.