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Ruth, que cobra el SMI: "Con lo que ha subido la luz, 15 euros más no me solucionan nada"

Ruth, trabajadora que cobra el SMI.

Ruth, trabajadora que cobra el SMI. / Jordi Otix

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Gabriel Ubieto
Gabriel Ubieto

Redactor

Especialista en Mercado laboral, empresas, pensiones y las diferentes derivadas del mundo del trabajo

Escribe desde Barcelona

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Ruth tiene 43 años y cobra el salario mínimo. A partir de la nómina de septiembre verá como su salario se ve incrementado en 15 euros (o el equivalente, pues está a jornada parcial). Recibe con una sonrisa torcida la noticia que ha aprobado formalmente este martes el Consejo de Ministros. Esta barcelonesa verá como su sueldo sube el 1,6% durante los cuatro últimos meses del mes mientras varias de las facturas que de manera inmisericorde se suceden mes tras mes no han dejado de subir durante el último año. Prueba de ello, la inflación del 3,3% registrada en agosto. "Sinceramente me parece poco, en comparación con lo que luego sube la luz, el agua o el alquiler. Se te va todo. Mejor que suba que no, obviamente, pero 15 euros más no me solucionan nada", explica Ruth a preguntas de EL PERIÓDICO.

"15 euros de subida me parece poco, en comparación con lo que luego sube la luz, el agua o el alquiler"

Ruth trabaja a media jornada en una fundación que se dedica a atender a personas en situación de exclusión social. Dan clases a niños con diversidad funcional y reparten alimentos a familias. Ella organiza las donaciones de comida y suministros básicos. "En el último año el número de personas que atendemos se ha doblado. La gran mayoría derivados de servicios sociales", cuenta. Alguna de las personas que acuden a dichas colas tenía empleo antes de que estallara la pandemia, pero no participan, un año después, de la incipiente recuperación que reflejan durante los últimos meses los datos oficiales de empleo.

"Con lo que gano cualquier nuevo gasto me mata. Mi niño es alérgico y no tengo dinero para renovarle los medicamentos"

Ruth trabaja a media jornada y cobra 500 euros al mes (con pagas prorrateadas). A principios de mes esta madre se hace disciplinariamente un presupuesto, con todos los gastos que le van a ir llegando y reparte los ingresos de los que dispone como buenamente puede. Un ejercicio de malabarismo contable que en cualquier momento puede verse truncado por los "imprevistos". "Con lo que gano cualquier nuevo gasto me mata. Mi niño es alérgico y ahora le acaban de caducar los medicamentos contra la alergia. Y no tengo dinero para comprarlo", explica. "Tengo un hijo y con uno me quedaré, porque ya así estoy enredada, no me quiero imaginar con más. No podría mantenerlos", añade.

Esenciales, pero no por ello bien pagados

Si Ruth consigue cuadrar balances a final de mes solo es posible sumando su sueldo al de su marido, que es agente forestal. Él cobra más que el salario mínimo, pero es interino. Es decir, en cualquier momento la Administración puede sacar a concurso público la plaza que ocupa y quedarse él sin ella. Su esposo está estudiando para evitar que eso suceda, pero esa temporalidad -que comparten- les inquieta (y mucho). Pues a Ruth se le acaba el contrato en enero y ya se hace a la idea de que tendrá que volver a empezar de cero otra vez.

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Antes de su actual empleo, Ruth estuvo como limpiadora de oficinas. Estalló la pandemia, las oficinas se vaciaron cuando la gente se puso a teletrabajar (el que pudo) y a ella la mandaron al erte. Fue una de las muchas que sufrió retrasos para cobrar su prestación, algo que recuerda con angustia. En verano se reincorporó y al poco se le acabó el contrato temporal que tenía y no la renovaron. Antes de la fundación y de ejercer como limpiadora, Ruth había sido cuidadora de personas mayores y antes camarera de piso en hoteles. Oficios muchos de ellos reivindicados como esenciales durante esta pandemia, pero anclados todos ellos en el salario mínimo interprofesional. "Tengo un historial de trabajo que no veas", apunta, sarcástica.