29 nov 2020

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GUERRA COMERCIAL

El fin de las negociaciones comerciales entre EEUU y China certifica el desacoplamiento político absoluto

La cancelación indefinida anunciada por el presidente Donald Trump finiquita el único asunto por el que aún se reunían a las dos potencias

Adrián Foncillas

Los presidentes de EEUU, Donald Trump, y de China, Xi Jinping, durante la reunión del G-20 en Osaka (Japón), en agosto del 2019.

Los presidentes de EEUU, Donald Trump, y de China, Xi Jinping, durante la reunión del G-20 en Osaka (Japón), en agosto del 2019. / AP / SUSAN WALSH

La docena de rondas negociadoras entre China Estados Unidos sobre sus conflictos comerciales concitaron la atención global durante dos años. Se anunciaban y retransmitían, el mundo respiraba si firmaban un acuerdo y temblaba si faltaba, se escudriñaba el clausulado para decidir ganadores y vencidos y se calculaban la factura de cada arancel. Las conversaciones sobre la guerra comercial han muerto este fin de semana en silencio.

El desdén mediático revela la deriva de los últimos meses: unas toneladas más o menos de soja han quedado sepultadas bajo Huawei y TikTok, hongkoneses y uigures, Taiwán y el Mar del Sur de China. La ruptura de las negociaciones sobre la guerra comercial, el único asunto que aún juntaba en una mesa a las dos potencias, certifica que el desacoplamiento político ha llegado antes que el económico.   

China y Estados Unidos firmaron en enero el acuerdo que sellaba la paz y anunciaba un horizonte en sintonía. El confeti y el champán ahogaron las sospechas de que las obligaciones chinas eran difíciles de cumplir en un contexto de normalidad e imposibles durante una pandemia global. Habían pasado cuatro meses y no había rastro de las compras de bienes estadounidenses por valor de 77.000 millones de dólares. China, de hecho, importaba menos que el año anterior y aumentaba el desequilibrio de la balanza comercial

Pero la resurrección económica en China, que abandonó los números rojos en el segundo trimestre, ha aumentado el caudal. Apenas ha cubierto el 18% de lo firmado, según cálculos de Morgan Stanley, pero la progresión es ascendente y las adquisiciones de maíz y soja rompen récords históricos diarios. Washington aún reconocía su buena fe contractual la semana pasada y Pekín prometía que honraría sus compromisos. Larry Kudlow, asesor económico de la Casa Blanca, aclaraba que tenían “muchas diferencias con China pero no con el acuerdo comercial” y Trump alardeaba de que Pekín quería “mantenerle contento” con ese frenesí comprador.  

Para Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia Pacífico de Natixis, las importaciones responden menos a la necesidad china que a los esfuerzos por apaciguar a Washington. “China ha intentado incrementar las adquisiciones de bienes estadounidenses para intentar satisfacer las demandas de Trump. La mayoría de bienes no son necesarios sino stocks de soja y de energía, pero siguen lejos de los objetivos”, opina. 

En esa clima dichoso se debía celebrar el pasado fin de semana la primera revisión sobre la marcha del acuerdo. La videoconferencia entre Liu He, viceprimer ministro chino, y Robert Lighthizer, máximo representante comercial estadounidense, fue cancelada. No hubo explicaciones ni alarmismo: los analistas apuntaron que coincidía con la anual cumbre de Beidaihe, el refugio costero en el que la élite política sienta las directrices maestras desde los tiempos de Mao, e incluso sugirieron un pacto para que China tuviera más tiempo para aumentar sus compras y Trump dispusiera de cifras más epatantes para su electorado. Eran presunciones erradas. “He cancelado las conversaciones con China. No quiero hablar con China ahora”, decía el presidente hoy en Arizona.  

“Trump está atacando a China en un amplio abanico de temas tecnológicos y de seguridad nacional y no creo que quiera diluir su mensaje sobre el peligro que suponen Huawei, Tiktok, Wechat… La última encuesta del PEW Institute muestra que sólo el 22 % de los estadounidenses tienen una visión favorable de China y los porcentajes más bajos están entre los republicanos y los votantes de Trump”, comenta Stanley Rosen, profesor de Ciencia Política en el Instituto Estados Unidos-China de la Universidad de South Carolina. 

Contra el acuerdo han confabulado sus inverosímiles objetivos, la pandemia y, especialmente, la lógica electoral estadounidense que convierte en tóxica cualquier foto con dirigentes chinos. La cancelación indefinida estadounidense de las negociaciones aboca a otro contexto de tensiones comerciales que, a pesar del pasotismo mediático, conserva todas sus inquietantes consecuencias. La guerra comercial interrumpió las cadenas de producción, sumió a las empresas en la incertidumbre, elevó los precios finales para el consumidor y ralentizó el crecimiento económico global. Es seguro que el coronavirus agravaría el cuadro.  

“Es muy malo para la economía mundial, como todo lo que estamos viendo desde enero”, señala Herrero. “Aún así, yo creo que se alcanzará a un pequeño acuerdo, sobre todo si el mercado estadounidense reacciona muy mal. No será un acuerdo para seguir con las negociaciones sino de mínimos de compras para que no regresen los aranceles”, concluye.