01 abr 2020

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economia sumergida

La vida en negro de las cuidadoras

Tres hondureñas que trabajan o han trabajado como internas cuidando ancianos explican la precariedad de sus condiciones

Gabriel Ubieto

Naomi trabajó como interna y ahora regenta un restaurante de comida tradicional de su tierra llamado La Casita del Hondureño.

Naomi trabajó como interna y ahora regenta un restaurante de comida tradicional de su tierra llamado La Casita del Hondureño. / ELISENDA PONS

Si una semana tiene 168 horas, su jornada laboral puede llegar a ser de 160. Como si de una farmacia de guardia se tratara, deben estar disponibles a cualquier hora del día. A las que tienen las peores condiciones lo más frecuente es que solo les dé el aire de la calle los domingos. Muchas tardan meses o años en conseguir salir de la economía sumergida, con todas las inseguridades que ello conlleva. Son las que cuidan a los padres, madres, abuelos o tías de otro; les dan de comer, les duchan y, entre otros, les limpian. Son las cuidadoras internas.

En Catalunya, una de las comunidades que más manos aportan a este oficio es la hondureña. Según un informe de CCOO del 2017, el 81,7% de las hondureñas que viven aquí se dedicaban profesionalmente al empleo doméstico. No porque en su país haya tradición de cuidados o lleguen con una formación especial, sino porque lo que hay es una gran inseguridad e inestabilidad política. “Miedo”, “mafia” o “delincuencia” son algunas de las respuestas comunes que dan las protagonistas de este reportaje al ser preguntadas por la razón que les llevó a abandonar su tierra natal.

Un buen número de las hondureñas que viven en Barcelona están organizadas en la plataforma Mujeres Migrantes, un núcleo de solidaridad en el que comparten desde ropa o medicamentos hasta consejos sobre trámites o derechos básicos. Uno de sus puntos de reunión habituales se encuentra en el número dos de la calle Sant Manuel, del barrio de Vilapicina de Barcelona, y recibe el nombre de “La Casita del Hondureño”. Este restaurante lo regenta Naomi, que representa un ejemplo de éxito que no todas sus paisanas pueden compartir.

Naomi tiene 36 años y es la penúltima de siete hermanos. Nació en la región de Olancho, en Honduras, y se define como “espontánea”, “transparente”, es decir, “100% 'olanchana'”. En su patria natal, Naomi tenía un negocio muy similar al que regenta hoy en Barcelona. “Mi familia siempre hemos vivido de esto”, cuenta sentada en una de las mesas del restaurante. Su pareja, Marco Antonio, y el aroma que sale de la cocina corroboran su maña. Si Naomi se acabó decidiendo a venir a Barcelona, hace cuatro años, fue porque no podía afrontar el diezmo que le exigían unos mafiosos locales por mantener en pie su negocio.

El aterrizaje de esta cocinera hondureña sigue el mismo patrón que otras muchas historias. Llega con el contacto de un conocido, en su caso su hermana, que rápidamente le consigue una habitación donde quedarse (pagando) y un empleo de cuidadora interna. Las vías para encontrar trabajos son diversas y los grupos de Facebook o incluso páginas como Milanuncios son otras opciones.

¿Por qué el oficio de interna?

Sin permiso de trabajo ni de residencia es la vía más inmediata de obtener ingresos. Y, dado el tipo de trabajo, suele aglutinar a personas que no tienen más alternativa. El oficio de interna tiene un matiz añadido, al ser a dedicación completa y con pernoctación, no comporta gastos ni de techo ni de comida. Todo el tiempo de estas mujeres cruza en forma de dinero el Atlántico para ayudar a sus familias. Entre 700 y 800 euros suele ser el sueldo habitual, casi siempre impuesto, y muchas de ellas suelen reservarse para sí apenas 100 euros.

A Naomi un accidente laboral, de esos que para cualquier trabajador asalariado va parejo a una baja remunerada por incapacidad temporal, la dejó en la calle a los pocos meses de comenzar. Sin paro ni indemnización. Esa inmovilidad le obligó a recuperar su mayor talento y comenzó un pequeño negocio de reparto a comida a domicilio –ella cocinaba y Marco Antonio repartía- que ha acabado en La Casita del Hondureño.

"¿Enfermera? ¿Querrás decir auxiliar de enfermera?"

Acabar montando un restaurante con los suyos es una de las hipótesis que le ronda por la cabeza a Lisbeth, que lleva en Barcelona un año. Su hija tiene el título de chef en Honduras y su idea es acabar trayéndosela junto a su otro hijo en cuanto tenga la estabilidad suficiente y el dinero para alquilarse un piso. Actualmente es interna en una casa, cuidando a dos niños y haciendo labores de limpieza. Libra sábado y domingo. Está contenta, pues estar al cargo de los pequeños le recuerda su oficio de maestra en Honduras.

Es una persona cultivada, lo que no le ha evitado tener que aguantar comentarios racistas y despreciativos. Tanto sobre ella, como sobre los suyos. Lisbeth explica la anécdota de cómo reaccionó una anciana a la que cuidaba cuando le dijo que su cuñada quería ser enfermera. “Quizás auxiliar de enfermería”, cuenta que le contestó. “El maltrato se lo dan a las personas que son sumisas. Yo no soy una cucaracha, soy un ser humano. ¿Por qué tengo que permitir un maltrato?”, afirma contundente.

Alba, nombre ficticio, ha tenido ocho trabajos distintos desde que llegó en el 2015. En el peor, donde aguantó dos meses, tenía que cuidar de una octogenaria, de una masía de cuatro plantas y hasta del huerto. Cuenta que la obsesión de la señora provocaba que únicamente se alimentaran de caldo de verduras. "Tienes que adaptar toda tu vida a sus necesidades", reflexiona. Manías en la alimentación, horarios, rutinas… El déficit de sueño, si las personas a cargo exigen cuidados durante la noche, es una de las condiciones más duras, según coinciden las tres.

Alba cuenta la experiencia en otro trabajo, en el que apenas duró dos días debido al acoso sexual del anciano al que debía cuidar. Insiste, como Naomi y Lisbeth, en la importancia de plantarse desde un inicio ante cualquier abuso. “Respeto pide respeto”, afirma.

El tiempo es oro

Alba consiguió en agosto el permiso de residencia y, tras este, el de trabajo. Para el primero hay que acreditar tres años de arraigo y para el segundo seis meses de actividad económica. ¿Cómo conseguirlos si sin ellos es prácticamente imposible trabajar legalmente? El director del Centre d’Informació per a Treballadors Estrangers (CITE), Carles Bertran, reconoce que los actuales requisitos de la ley de extranjería empujan a la economía sumergida. Y para pasar el mínimo tiempo posible en ella, empadronarse y apuntarse a cursos de formación son dos elementos clave para acreditar la voluntad de construir un futuro en Catalunya.

Los “papeles” no son garantía de un mejor trabajo, pero sí amplían de manera drástica las posibilidades de escoger otro empleo. Naomi pudo con ellos abrir su restaurante, a Lisbeth le encantaría poder ejercer de maestra en Barcelona y Alba querría volver a ser encuestadora y recorrerse Catalunya como se recorrió Honduras.

Pero más allá del oficio, este adquiere importancia para ellas como herramienta para acercarse a sus familias. El objetivo compartido es poder reencontrarse aquí y sustituir las videoconferencias por Skype del fin de semana por la oportunidad de abrazarse cada día.