OPINIÓN

No somos tercer mundo

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Esteban González Pons ha prometido crear 3,5 millones de puestos de trabajo en España si sigue gobernando el PP. Artur Mas, en vísperas de las elecciones del 2012, prometía bajar el desempleo en Catalunya del 22% al 10,5%; y ya puestos, aumentar la esperanza de vida de los catalanes en un 5% y la supervivencia del cáncer en otro 5%. Compulsivos ataques preelectorales de euforia que, en general, al electorado le producen profunda indiferencia. España no es ni va a ser la prometida Disneylandia, pero tampoco es un país de pandereta.

En este sentido, el VII Informe Cranet-Esade-Mercer, una investigación sobre las políticas de recursos humanos en empresas de más de 200 trabajadores, presenta resultados interesantes. Lo primero que se constata es que, como respuesta a la crisis, las empresas están apostando por departamentos de recursos humanos implicados en la estrategia. Ello supone un mayor interés por la gestión de los empleados y por lo que éstos puedan aportar profesionalmente. El reclutamiento y selección de personas, con el apoyo inestimable de las redes sociales, se está sofisticando dando acceso a candidatos hasta ahora difíciles de localizar.

La evaluación del rendimiento y la política salarial se ligan cada vez más a los objetivos de la empresa, señal inequívoca de una apuesta por la competitividad basada en la eficiencia de sus empleados más que en las rebajas salariales. A esta apuesta competitiva ayuda la presencia e incorporación masiva de mujeres a los departamentos de RRHH, un hecho controvertido por su volumen, pero con efectos positivos cuando de lo que se trata no es de administrar personas, sino de gestionarlas.

Señales todas ellas del nivel competitivo, internacionalmente comparable, de muchas de nuestras empresas. Una evolución con sombras, como la apuesta, probablemente inevitable en tiempos de crisis, a despedir, a aprovechar al máximo la movilidad interna y, en consecuencia, a no renovar plantillas frenando la importante incorporación de conocimiento joven.

También discutible la tendencia observada a relegar el papel de los comités de empresa y sindicatos, privilegiando la relación directa con los empleados.

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Y lo más controvertido: esta evolución hacia la competitividad por la eficiencia y no sólo por el coste, que es positiva, tiene su contrapartida en una creciente y sofisticada monitorización de lo que los empleados hacen en cantidad y calidad. Y esto en un entorno laboral con desempleados muy preparados y dispuestos a trabajar más por menos, presionando a los empleados a realizar esfuerzos constantes por mantenerse al día, renunciado a la vida personal, y en muchos casos a derechos reconocidos a la conciliación, que si se ejercen, pueden afectar a su futuro laboral, con la consecuencia de crecimiento del estrés y de los episodios depresivos.

Que éste sea el precio a pagar para ser competitivos es una discusión a abordar. Hoy por hoy, parece bastante inevitable.