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Viaje a la burbuja del gas

'Fracking', una ruleta rusa

RICARDO MIR DE FRANCIA

H.B. Ruckman se disculpa por el desorden que impera en su despacho. Cajas y archivadores se amontonan en los rincones como si esperaran al camión de la mudanza. Pero no irán a ningún sitio.  El banco que preside en Karnes City, un pueblo de 3.000 almas al sur de Tejas, simplemente no da abasto. En los últimos cinco años, la entidad ha cuadruplicado sus depósitos hasta alcanzar los 350 millones de dólares. Los mismos rancheros asfixiados por la sequía que lloraban cada vez que tenían que vender dos vacas para poder pagar las facturas, llegan ahora con cheques de uno, tres, cinco o diez millones. Es como si el dinero lloviera del cielo.

«Está siendo como la fiebre del oro en la California de los años 20», dice Ruckman bajo un artículo enmarcado en la pared donde se lee El lugar más duro del mundo. Recuerda los días del Salvaje Oeste, cuando los duelos estaban aquí a la orden del día y se mataba por un puñado de dólares. «En esta zona mucha gente tiene pequeñas granjas. Cedieron los derechos de explotación del subsuelo a las petroleras y cada mes les llega el cheque con las regalías». Las compañías pagan una prima por la cesión de los derechos, más un porcentaje mensual del dinero generado por el gas o el petróleo extraído de su propiedad que llega a alcanzar hasta el 25%.

Esos talones han empezado a menguar desde que se desplomaron los precios del petróleo. Pero Karnes City ya no se aferra para sobrevivir a las tres prisiones que hay en sus lindes, la perversa industria a la que recurren los municipios donde se ha secado el empleo, la imaginación y el futuro. En el pueblo hay ya 450 millonarios, una de cada tres familias. Y las tierras del condado, que tiene unas 15.000 personas censadas, han pasado de tener un valor estimado de 500 millones de dólares a 10.000 en apenas cinco años, según fuentes municipales.

A un ritmo vertiginoso

Toda la región está cambiando a un ritmo vertiginoso desde que la fracturación hidráulica o fracking empezó a aplicarse en esta cuenca del Eagle Ford para extraer gas natural y petróleo allá por el 2008. Su roca de pizarra contiene unas reservas de 3.000 millones de barriles de crudo, suficiente para satisfacer todo el consumo de Estados Unidos durante casi un año. Para extraerlo, se inyectan en el subsuelo millones de litros de agua a presión, mezclada con arena y químicos (algunos tóxicos), que fracturan la roca y liberan las burbujas de hidrocarburos incrustadas en sus poros y cavidades. La materia orgánica cocinada en la roca durante millones de años sale a la superficie transformada en combustible fósil.

Donde antes no había más que pastos resecos y pueblos de bostezo, se construyen ahora colegios, parques, viviendas, restaurantes y moteles. «Han mejorado los salarios, la competencia, la vida de todos nosotros», dice Ray Kroll, el funcionario de Karnes City al frente del desarrollo económico. «El único problema es encontrar trabajadores y espacio para alojarlos».

Ninguno de estos pueblos estaba preparado logísticamente para lo que se les venía encima. La consultora Wood McKenzie estimó en el 2013 que el Eagle Ford es la mayor explotación de hidrocarburos del mundo en términos de inversiones de capital. En los restaurantes, la comida se acaba en unas horas, y los moteles tienden a colgar el cartel de completo. Muchos trabajadores duermen en autocaravanas o en los campos de hombres levantados por las petroleras, barracones prefabricados donde se descansa por turnos porque en los pozos se trabaja las 24 horas.

Pero, aun así, la demanda  ha duplicado y triplicado los precios de los alquileres en la región. También han proliferado la prostitución y las drogas, algunos de los reversos sociales de esta burbuja prodigiosa. «Este era un pueblo tranquilo y amigable, ahora no conoces a nadie y no hay más que codicia», se queja Tricia Ramírez, empleada de una compañía de créditos rápidos. «A gente que llevaba años alquilando la han echado para alquilar la casa a las petroleras». También se han roto muchas familias en el reparto de las tierras heredadas.

En la única farmacia de Karnes City, donde parece que el progreso no haya entrado ni se le espere porque le han puesto un supermercado Walmart a unos kilómetros, su dueño resume el sentir general. «La gente que recibe dinero del petróleo está contenta; para el resto ha sido un trastorno porque han aumentado los precios de todo y los accidentes de tráfico», asegura John Kotzur. Pero hay otras molestias más difíciles de digerir.

Lynn Buehring vive en un rancho en medio del campo. Camino de su casa, los camiones cisterna vuelan por la carretera como orugas gigantes propulsadas por anfetamina. Las vacas pastan junto a martillos hidráulicos que bombean petróleo con la cadencia de garzas hambrientas. Y en el horizonte se recortan las llamaradas de metano, el componente principal del gas natural, que se quema porque no es rentable procesarlo y transportarlo. El fuego dispersa en la atmósfera potentes gases de efecto invernadero y agentes tóxicos como el ácido sulfhídrico o el benceno, un cancerígeno.

En un radio de cuatro kilómetros alrededor de su casa, Buehring tiene más de 50 pozos de fracking. Y son esas nubes de humo negro que dejan las llamaradas a las que acusa de haberle amargado la vida. Han agravado su asma y ahora tiene serios problemas para respirar. «Conseguimos que viniera un equipo de la agencia medioambiental de Tejas a ver los pozos, pero se marcharon enseguida porque dijeron que el aire era demasiado peligroso. Lo terrible es que a nosotros no nos evacuaron». Cada vez que aparece la nube, Buehring tiene que conectarse a un respirador y no sale al jardín sin una máscara de gas.

Un cuadro similar al de sus vecinos, los Cerney. Problemas respiratorios, mareos, dolores musculares, confusión, náusea... Tras muchos contactos infructuosos con la petrolera dueña de los pozos, ambas familias han demandado a Marathon Oil. «Yo no me opongo por principio a la extracción de gas y petróleo, pero se tiene que hacer en lugares donde sea seguro. No se puede dañar a las personas y los animales», afirma esta exprofesora  de 59 años. Es lo que les sucedió a sus terceros vecinos. Como si les hubiera caído encima una plaga, se les murieron todas las gallinas. Para comprar su silencio, la petrolera los reubicó a cambio de un acuerdo de confidencialidad.

El fracking ha revolucionado el mundo de la energía para bien y para mal. No solo ha desterrado el temor a un pico del petróleo, la idea de que se había alcanzado globalmente la cota máxima de extracción y se entraba en una fase de declive terminal, sino que ha abaratado enormemente el gas natural en Norteamérica. El gas está reemplazando poco a poco al carbón, un combustible tres veces más contaminante, aliviando a corto plazo la presión sobre el cambio climático. Pero el fracking también alarga la vida de los combustibles fósiles cuando sus efectos empiezan a hacer estragos y la ciencia alerta de que se ha acabado el tiempo para contemporizar. 
Sus beneficios son incuestionables. En EEUU, donde hay más de un millón de pozos activos en 32 estados, crea empleo, está resucitando la industria por el acceso a la energía barata y ayuda a disipar la idea de una superpotencia en declive. El país ha reducido un 40% sus importaciones de crudo en una década. Es ya el primer productor mundial de gas natural por encima de Rusia y compite con Arabia Saudí por el cetro del crudo. 
Otros países tratan de emularlo. Rusia posee las mayores reservas de petróleo de esquisto. China y Argentina, de gas. En España, un estudio estima que podría tener reservas de gas natural para 70 años. Pero todos ellos cuentan con una gran desventaja. En casi todo el mundo, los minerales del subsuelo son propiedad del Estado, lo que deja sin incentivos a la ciudadanía para aceptar una zona industrial en el jardín de su casa. Por eso el Gobierno de Rajoy ha cambiado la ley de hidrocarburos para poner billetes en el anzuelo de los propietarios de las tierras, a los que quiere pagar un 1% de las regalías. También ha logrado que el Tribunal Constitucional anule los vetos aprobados en Catalunya, Cantabria, La Rioja y Navarra. Su apuesta no admite dudas. 
Pero esta prosperidad tiene un precio. Para analizarlo hay que viajar unos 500 kilómetros al norte hasta la cuenca de Barnett, situada en el área metropolitana de Dallas-Fort Worth, donde viven más de seis millones de personas. Fue aquí donde el fracking comenzó a ser rentable comercialmente en el 2002, después de décadas de ensayos infructuosos respaldados por el Gobierno federal. Su éxito tiene un nombre: George Mitchell, el hijo de un pastor de cabras griego. 

La tolerancia se acaba

«Se pasó 20 años buscando la fórmula para fracturar la roca. Probó primero con un gel viscoso, pero no funcionó hasta que empezó a inyectar agua a presión», explica el representante de la industria, Ed Ireland. En el 2001, Mitchell vendió su compañía a Devon Energy, que empezó a usar el fracking inyectando el agua en pozos horizontales. La suma de ambas técnicas abrió los depósitos de gas natural de Barnett y puso en marcha la revolución del esquisto (shale). «Las grandes petroleras no participaron inicialmente. Estaban centradas en encontrar una nueva Arabia Saudí en el extranjero y, aunque sabían lo que pasaba en Barnett, creían que no era más que calderilla». 
Más de una década después, los pozos, los compresores y los gasoductos forman parte del paisaje cotidiano de la ciudad y sus alrededores. Están frente a colegios y casas, junto a las iglesias o en los campus universitarios. Y eso ha hecho que, incluso en un estado con tanta tradición petrolera como Tejas, la tolerancia de parte de la ciudadanía empiece a agotarse. 
El pasado mes de noviembre, la pequeña ciudad universitaria de Denton se convirtió en la primera localidad tejana en prohibir el fracking, algo que han hecho también el estado de Nueva York y docenas de municipios en más de 20 estados. «La gente se cansó de que los pozos se perforaran tan cerca de las casas», dice Adam Briggle, un profesor universitario que lideró la campaña para vetar el fracking. En el pueblo hay cerca de 280 pozos de gas, algunos a poco más de 100 metros de un hospital. Y aunque la industria gastó 10 veces más durante la campaña que precedió al referéndum, la prohibición acabó imponiéndose. 
«La gente entendió los riesgos que comporta: la polución que emiten los pozos, la posibilidad de que se contaminen los acuíferos o de que haya fugas y explosiones», cuenta Briggle. No son riesgos teóricos, pese a que las consecuencias medioambientales del fracking y su impacto en la salud siguen siendo objeto de debate. Solo en Pensilvania las autoridades han certificado 250 casos de contaminación de pozos de agua, producida por la migración del metano hacia la superficie, un proceso natural que puede acelerar el fracking, por el vertido en la superficie del fluido utilizado para fracturar la roca o por las deficiencias en el revestimiento de cemento que protege la tubería de los pozos. 
«La gente que se opone al fracking lo hace por miedo. Aquí hemos perforado más de 16.000 pozos sobre dos grandes acuíferos y no ha habido mayores problemas», dice el geólogo Larry Brogdon, cofundador de la petrolera Four Sevens, una de las pioneras en el uso del fracking. Técnicamente tiene razón porque la agencia medioambiental de Tejas no ha validado ninguna de las más de 2.000 denuncias presentadas por contaminación de agua. Pero también es verdad que un estudio de la Universidad de Tejas encontró elevados niveles de arsénico y otros metales pesados en las aguas freáticas cercanas a varias explotaciones en esta cuenca de Barnett. «Yo creo que más que sobre el fracking es un debate sobre el cambio climático. La gente que se opone quiere acabar con los combustibles fósiles», apostilla. 
Dave Britton tiene 16 pozos de gas a las puertas de su urbanización en Arlington, otro de los pueblos de la periferia de Dallas-Fort Worth. «Trabajan las 24 horas al día y cuando fraquean, tiemblan las ventanas», dice este biólogo. Cuando la petrolera Chesapeake se reunió con los vecinos para explicarles el proyecto, tuvo dudas, pero estaba en minoría. Chesapeake acabó pagándole 6.300 dólares (5.500 euros) para que no diera guerra en los tribunales. 

Colas de camiones

Pero ahora está harto de las colas interminables de camiones, del ruido que torna inaudibles las conversaciones en el jardín o de ver cómo las cisternas no dejan de chupar agua del embalse cuando los vecinos viven con restricciones. Porque para fraquear un pozo se llega a utilizar el equivalente a 16 piscinas olímpicas, cuando casi todo Tejas padece una grave sequía desde hace varios años. La combinación de ambos fenómenos ha llegado a dejar a algunos pueblos del sur del estado totalmente secos, sin una gota en el grifo. Y seguramente volverá a suceder, porque dos de cada tres pozos de fracking en EEUU están en regiones donde el agua es escasa. 
A unos kilómetros de Arlington, cerca de 200 personas abarrotan un teatro. Hay turno de palabra y la platea escucha con tanta atención que molesta el aleteo de una mosca. Son todos vecinos de Irving y han sido convocados para discutir la oleada de terremotos que sacuden últimamente el pueblo. En los últimos seis años ha habido más de 130 temblores, el máximo de 3,6 grados, cuando tradicionalmente esta ha sido una zona de baja actividad sísmica. «Se han vuelto tan frecuentes que no te sientes segura en casa. Nadie es capaz de explicar qué está pasando», dice Alice Atwell, un ama de casa. «Los seísmos empezaron con el fracking porque en los 25 años que llevo en el pueblo no tuvimos ninguno». 
En realidad no es el proceso de fracturar la roca lo que causa estas sacudidas sísmicas, «que han aumentado de forma dramática en los últimos años», según el Servicio Geológico de EEUU, sino lo que viene después. Una de las maneras de deshacerse del cóctel de agua y químicos utilizados en el fracking es inyectándolo en pozos a cientos de metros de profundidad. Una vez inyectados, los residuos pueden lubricar las fallas, facilitando que resbalen y causen terremotos. 
Por más que las centenares de agrupaciones ciudadanas que han surgido contra el fracking en todo el país hayan logrado algunas victorias importantes, esta es una batalla enormemente desigual. La industria del gas y el petróleo gastó casi 350 millones de dólares en financiar campañas políticas y hacer lobi en el Congreso federal entre el 2009 y el 2010, según el Center For Responsive Politics, una organización dedicada a rastrear el dinero en la política. Además, la industria recurre sin pudor a la puerta giratoria, colocando a sus figuras en cargos de responsabilidad política y fichándolos cuando abandonan el cargo. 
«La industria está bombeando tanto dinero en nuestro Gobierno que los políticos hacen la vista gorda al horrible impacto del fracking», opina desde la organización ecologista Earthworks Sharon Wilson. Al final, la decisión sobre el fracking es una cuestión de prioridades: ¿Qué es más importante, la prosperidad o la salud? ¿La independencia energética o el futuro del planeta? Quizás haya una vía del medio o quizás no.

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