¿Es Uber economía colaborativa?

El servicio prestado a través de Uber no es consumo colaborativo, como tratan de argumentar los que defienden esta aplicación y su servicio. Es una forma encubierta para convertir algo ilegal en legal. Pero es un buen servicio para todos y se impondrá.

¿Es Uber economía colaborativa?

AFP/ QUIQUE GARCIA

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En estos días ha sonado mucho el caso de Uber, empresa demandada y suspendida cautelarmente en España, por difundir la aplicación móvil UberPOP. Esta aplicación ponía en contacto a conductores con usuarios para hacer transportes cortos dentro de una ciudad a precios que rondaban el 50% de las tarifas de un taxi. Se hizo popular por los precios tan bajos que lograba y tuvo una difusión generalizada como forma de economía colaborativa. Esta propone fórmulas para el consumo, compartiendo gastos y consiguiendo mejores precios facilitados por las nuevas tecnologías.

El sector del taxi, en las grandes ciudades como Madrid y Barcelona en España y en 12 países más, se puso en pie de guerra con la salida de esta aplicación. El mayor problema es que ninguno de los conductores que presta servicios bajo la cobertura de Uber tiene licencia específica para realizar transportes en un vehículo privado, generando, sin duda, una competencia desleal. A partir de entonces, defensores y detractores.

Si repasamos su funcionamiento, Uber no es en sí misma ilegal, solo pone en contacto a conductores con usuarios. En realidad, son los conductores los que cobran por transportes en vehículos privados sin la licencia correspondiente, sin pagar impuestos y sin que se pueda asegurar que sus vehículos cumplan con todas las condiciones de seguridad para el viajero pues no están supervisados.

Por otro lado el servicio prestado a través de Uber tampoco puede considerarse como consumo colaborativo, como tratan de argumentar los que defienden esta aplicación y su servicio, es una forma encubierta para convertir algo ilegal en legal con una actividad que no está jurídicamente definida.

En realidad, el conflicto ha estado mal gestionado desde el principio, ya sea por las empresas que han querido entrar, como por el Gobierno, que se ha cerrado en banda a negociar el tema, en una manifestación más de la corta visión de futuro, característica de un Ejecutivo que resuelve todo por leyes o decretos-ley y que no sabe cómo se debe regular el libre mercado sin coartar su libertad. Un Gobierno que no comprende que la sociedad ha cambiado gracias a los nuevos modelos de negocios basados en las comunicaciones y las nuevas tecnologías. Lo que los ciudadanos necesitamos es que se legisle de forma correcta, evitando la competencia desleal y permitiendo a todos, incluso a Uber, funcionar, con lo que se abrirá un mercado fuertemente monopolizado, para beneficio de todos.

Pero es necesario profundizar en el tema que es vital para el desarrollo de una economía más abierta. El sector del taxi en España está fuertemente concentrado. El Gobierno local otorga un número limitado de licencias para operar, y estas valen como oro. Los dueños de taxis subcontratan personal para tener funcionando sus vehículos 24 horas. A veces se contratan a personas que apenas conocen la ciudad, ni hablan los idiomas oficiales del país. Los viajes vinculados al aeropuerto son caros y controlados por estos taxis oficiales que cobran hasta por subir una maleta al guarda equipaje del coche. En ocasiones, los turistas son timados con precios abusivos o con recorridos innecesarios. Esto deteriora la imagen de las grandes ciudades en un país eminentemente turístico. Este monopolio no favorece una libre competencia entre oferta y demanda. Y un servicio como el de Uber, debidamente regulado, permitiría tener una oferta más competitiva, lo que bajaría los precios y aumentaría la demanda.

De todas formas, si esto se lograra, Uber seguiría no siendo economía colaborativa. Daría opciones de empleo a miles de personas que tienen un coche y que si sacan su licencia podrían dar sus servicios como taxista a tiempo parcial combinando su trabajo con otras actividades. Ofrecería más opciones de empleo pero, repito, no es economía colaborativa, ya que necesita que se compartan los recursos. Por ejemplo en ese mismo sector podemos destacar el servicio de Blablacar. Mediante una aplicación, permite compartir las plazas no utilizadas de un vehículo en sus traslados y compartir gastos. Este es un servicio que cae de lleno dentro de la economía colaborativa y que debidamente regulado facilitará que menos vehículos circulen, se contamine menos y se compartan gastos. En el caso de Blablacar también se ponen de manifiesto las ventajas que significan las aplicaciones móviles y el acceso a internet. De una forma simple, los potenciales viajeros buscan el trayecto que les interesa realizar, reservan on line y viajan acompañado de otras personas. No solo se reducen gastos sino también se socializa.

250 ciudades, 50 países

Pero son casos distintos. El problema principal de Uber es que es un fuerte competidor que revolucionará un sector anclado a viejas prácticas. De hecho, el servicio está presente en más  de 250 ciudades de 50 países. La empresa tiene un valor de más de 40.000 millones de dólares. El servicio de taxis es únicamente una parte de una estrategia que incluye el transporte de todo tipo. La utilización del concepto de ubicuidad a través de una aplicación la hace accesible a un consumidor que es cada vez más multipantalla.

La propuesta de valor de Uber es clara porque ofrece precios predecibles y controlados, una app que permite visualizar el proceso completo, elegir conductor, ver aproximarse al coche y pagar cómodamente, y todo esto a precios más competitivos.

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Por tanto el problema no está en prohibir, sino en regular, para facilitar que este nuevo modelo de negocio en los servicios de transporte beneficie a toda la población.

Uber no representa un ejemplo de economía colaborativa, pero es un buen servicio para todos y terminará imponiéndose.