un desastre en carne propia

Consumidos por el fuego

El incendio de la fábrica de embutidos Campofrío, en Burgos, no solo ha consumido casi un millar de puestos de trabajo directos. También ha dejado sin referencias sentimentales a una generación de burgaleses que tenía con la fábrica más vínculos que los meramente laborales. «Era nuestro segundo hogar», dicen Isabel y Jesús, dos empleados de la factoría arrasada el domingo pasado.

El incendio en la fábrica de Campofrío / JOSÉ LUIS ROCA

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JUAN FERNÁNDEZ

Esta semana no ha sonado el despertador a las cinco de la mañana en casa de Isabel de Pedro y Jesús Cano. Ella no ha tenido que arreglarse a la carrera para estar lista en su puesto laboral a las seis, como todos los días, ni él ha llegado a esa hora a casa cansado después de trabajar ocho horas, como le ocurre cuando le toca el turno de noche. Tampoco hizo el de tarde, ni acudió a la fábrica por la mañana. Estos días, en este hogar burgalés de clase trabajadora se respira una extraña sensación vacacional.

No hay las prisas de otras mañanas, ni el habitual encaje de horarios para tener la casa y los dos hijos, de 14 y 16 años, bien atendidos. Parecen jornadas de fiesta y descanso, pero el ambiente es sombrío. El pasado domingo ardió la factoría donde ambos trabajaban y desde entonces reina el escozor en estas estancias. El futuro, que hasta hace siete días era un paisaje seguro, hoy es un territorio incierto.

«Se acabó todo». Isabel, de 41 años, solo atinó a pronunciar estas tres palabras el pasado 16 de noviembre, cuando acudió corriendo a las inmediaciones de la planta que Campofrío tiene en el polígono de Gamonal, en Burgos, muy cerca de su casa. Entre sollozos, una amiga la había llamado por teléfono para contarle que la nave donde unas horas antes habían estado envasando jamón York en lonchas, ahora era pasto de las llamas. Se acercó rogando que el accidente fuera menor, pero de lejos podía verse la impactante humareda negra que nublaba la vista y encogía el corazón. No, el fuego no era pequeño. La fábrica entera, de 40.000 metros cuadrados, era un horno en plena combustión.

La crisis en forma de fuego

Se acabaron los cinco años que lleva loncheando barras de fiambre en la factoría, más los que pasó como operaria eventual, y los 13 que su marido ha estado cociendo piezas de jamón en estas mismas instalaciones. Al calor de las llamas y en cuestión de minutos, se acabó la fuente de ingresos que mantenía el hogar y el motivo que los animó hace casi una década y media a mudarse desde Soria, donde residían antes, y a buscar una casa cerca del polígono industrial. Campofrío era su vida, el reloj que marcaba sus horas, el calendario que ordenaba sus semanas, dependiendo del turno que les tocara atender: ella, unas veces de mañana y otras de tarde; él, una vez al mes, también por la noche. La fábrica no paraba, el trabajo era exigente, pero al menos no les faltaba. La crisis, cosa inaudita, no había tocado esta puerta. Hasta el pasado domingo.

La noche anterior, Isabel había ido a cenar con compañeras de la factoría y la conversación de la sobremesa hoy suena a broma pesada. «Curiosamente, estuvimos comentando lo bien que nos encontrábamos. Recuerdo que conté que en este momento, después de muchos años de esfuerzo, me sentía mejor que nunca, con las preocupaciones propias de una madre de chicos adolescentes, pero feliz. Y gran parte de esa tranquilidad se la debía al trabajo», cuenta emocionada.

La destrucción de la fábrica de Campofrío ha supuesto un mazazo económico en la ciudad de Burgos, pero a ese saldo lleno de números y porcentajes se le añade una sonora conmoción sentimental. Como Jesús e Isabel, son muchas las parejas que trabajaban juntas en la fábrica y hay familias que cuentan con hasta cinco miembros empleados en este mismo centro. A partir de ahora tendrán que acostumbrarse a vivir de otra manera. Sumaban 891 puestos directos, al que se añade otro millar colocado en empresas adyacentes, pero más allá del drama laboral, el incendio ha dejado en la ciudad un indefinido aroma de desconcierto y depresión.

Meter jamones en moldes

«Aquellos tres también son de Campofrío. A estas horas deberían estar cociendo jamones, pero ahí andan, dando vueltas sin tener qué hacer. Ahora nos dedicamos a pasear», cuenta Jesús señalando a un grupo de paisanos que deambula junto a su casa componiendo una escena que parece sacada de la película Los lunes al sol. Cano tiene 49 años y lleva más de tres décadas trajinando carnes de animales. Empezó a deshuesar patas de cerdo a los 16 años en la fábrica que Embutidos Revilla tenía en Soria, hasta que Campofrío absorbió la compañía y trasladó a Burgos la producción.

Con aquella mudanza se marchó él, y tras sus pasos llegaron Isabel y los niños, por entonces de 1 y 3 años de edad. Ahora se dedicaba a meter los jamones en moldes para cocerlos y que adquirieran la forma que ofrecen en los mostradores de las charcuterías de toda España. La planta donde trabajaba, inaugurada por el rey Juan Carlos en 1997, era una de las más robotizadas de Europa, pero a pesar de tanto automatismo y tanto trasiego de personal, Jesús tenía cada día la sensación de fichar en una empresa familiar. «El ambiente era muy bueno, amigable, todos nos conocíamos desde hacía mucho tiempo, éramos de allí. No estabas pendiente de mirar el reloj a ver cuánto faltaba para acabar, sino de hacer tu trabajo bien y de escuchar las historias de los más viejos del lugar. Algunos habían entrado de niños y llevaban aquí desde que se fundó la compañía», relata.

Campofrío nació en 1952 como un modesto matadero de animales. Su fundador, José Luis Ballvé, ya fallecido, supo impulsar la marca hasta convertirla en una multinacional, pero se cuidó de que no perdiera nunca su marcado acento local. En las últimas seis décadas, varias generaciones de burgaleses se han ido dando relevos en las distintas secciones de la fábrica y hoy resulta difícil encontrar a alguien en la ciudad, de 180.000 habitantes, que no tenga un familiar o un amigo relacionado con la compañía.

Desde el pasado verano, Campofrío era más extranjera que burgalesa, al menos sobre el papel. La firma mexicana Sygma y la china WH se hicieron en junio con la mayoría del accionariado y la entidad pasó a formar parte de un consorcio cárnico internacional con 27 plantas repartidas por Europa. Sin embargo, según reconocen los empleados, ninguno de estos cambios ha llegado a percibirse en la factoría, a pie de obra. «Para nosotros –señala Isabel de Pedro– todo seguía igual. Manteníamos el mismo interés por hacer el trabajo bien y cuidar el producto porque tenemos una especie de orgullo burgalés con la marca. La consideramos algo nuestro, algo de aquí».

Apoyo institucional

Desde que trascendió la magnitud del incendio, los empleados que han perdido sus puestos de trabajo han estado apelando, precisamente, a ese factor local para reclamar su futuro laboral. Y puede que al final sea esto lo que les salve. Desde el Ayuntamiento hasta el Ministerio de Trabajo, todas las instituciones se han puesto de su lado y el actual presidente de la compañía, Pedro Ballvé, hijo del fundador, tardó 48 horas en prometer que Campofrío seguirá en Burgos, aunque lo haga en una sede de nueva construcción.

Entre el shock y la incertidumbre, los empleados no saben si confiar o curarse en salud. Sin opciones para acceder a sus puestos de trabajo, esta semana se han concentrado todas las mañanas en la puerta de la fábrica para mostrar su inquietud y hacer visible su actitud de alerta. El jueves, cinco días después de desatarse el fuego, la montonera de hierro y hormigón a la que ha quedado reducida la moderna planta seguía despidiendo humaredas y el aire traía olor a carne quemada, como cuando un filete se pasa en la sartén.

Apostados frente al apocalipsis charcutero, los representantes sindicales calmaban, más que arengaban, a los cientos de operarios. «Las negociaciones van bien, parece que se ha entendido que Campofrío somos todos. Lucharemos para que nadie nos quite nuestra forma de vivir», decía Hilario Sancho, presidente del comité de empresa, apropiándose del eslogan comercial de la marca.

El 13%, recolocado

En plena digestión de la tragedia, los hogares afectados por la pérdida de empleo y de ingresos económicos se dedican estos días a hacer cálculos. El 13% de la plantilla ya ha sido recolocada en otras sedes de la compañía, pero a la mayoría le esperan, en el mejor de los casos, dos años en el dique seco, hasta que la nueva planta esté levantada. Campofrío ya ha solicitado 774 expedientes de regulación de empleo temporal y ha anunciado que citará por carta a las familias para comunicarles cómo de recortada se les quedará la renta con la que tendrán que apañarse los próximos meses, que hasta hoy rondaba de media los 1.000 euros.

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«Sentimos que nos ha caído la crisis de golpe, pero la nuestra ha llegado en forma de incendio», suspira Isabel. De hecho, en su casa ya se piensa en economía de guerra. Toca reducir gastos, renunciar a extras y ser previsores, dice, porque el porvenir no está seguro. Jesús se plantea ir a trabajar a cualquiera de las otras ocho fábricas que Campofrío tiene repartidas por todo el país sin perder de vista su objetivo final: que la empresa en la que lleva toda la vida ocupado vuelva a tener pronto un destino para él en Burgos.

De momento, lo inmediato es hacerse a la idea de que el despertador no va a sonar en casa a las cinco de la mañana. Cano confiesa que lo lleva mal, apenas puede dormir y todavía no ha interiorizado el golpe. «Vivo como en un sueño del que creo que voy a despertar», dice. Ni siquiera se ha atrevido a darle la vuelta caminando a la fábrica y ver la fachada principal, especialmente afectada por las llamas. Isabel lo hizo el jueves y no pudo contener las lágrimas. «Aquí pasábamos la mayor parte del tiempo que estábamos despiertos. Esta no era nuestra fábrica, era nuestro segundo hogar», explicaba señalando el agujero humeante que hasta el pasado domingo fue su destino laboral.