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Intangibles

¿'Open data' en las empresas?

Esther Sánchez

Aprovechando la celebración del 8 de marzo, la Comisión Europea aprobaba una recomendación para combatir la discriminación retributiva entre hombres y mujeres, que obliga a adoptar medidas para mejorar la transparencia en materia de información salarial en las firmas.

Hubiera sido más oportuno no hacer coincidir la medida con el Día Internacional de la Mujer. Parece que solo se actúe a favor de la igualdad una vez al año y movidos por la presión de una fecha, más que por la existencia de situaciones absolutamente indecentes que comprometen los principios y valores democráticos durante los 365 días del año.

Y hubiera sido más oportuno no vincular la medida exclusivamente a la desigualdad de género. La colectivización de los problemas los aleja de la idea de que se trata de problemas comunes, con lo que se fracciona la condena y la intensidad de la oposición. Especialmente en materia de género, alimenta resistencias viscerales entre aquellos que se sienten maltratados y ven en la protección de las mujeres un trato privilegiado injustificado.

El problema de las desigualdades salariales es un problema común, cuyo origen se sitúa en la falta de criterios objetivos sobre los que decidimos el valor de las cosas y que se sirve sin ningún pudor de la falta de transparencia y de la incompetencia comunicativa y relacional de los directivos en las empresas. Es más fácil y cómodo ocultar que explicar.

Esto es lo que debería justificar las diferencias salariales entre los mandos directivos y el resto del personal: la gestión real de la complejidad y la responsabilidad que le sigue. Esto también explica que muchos se apresuraran, en su día, y quisieran utilizar el derecho a la intimidad como escudo para negar el acceso a los datos salariales en las empresas. Una pretensión que, aunque con matices, fue negada contundentemente por el Tribunal Constitucional: el salario no es un dato íntimo, con lo que este se sitúa en el centro del interés, conocimiento y control colectivos.

Conocer lo que cobran todas las personas de una empresa es un ejercicio de salud e higiene. Si no, baste con preguntarnos por qué no estaríamos dispuestos a este ejercicio de transparencia. Cuando era pequeña alguien me habló del origen de la mentira, definiéndola como la manifestación del miedo al castigo. Y es que la mayor parte de organizaciones no están preparadas culturalmente para asumir la verdad.

Mientras tanto, ocultas bajo todas estas insuficiencias y posiblemente otras más, se sitúan las brechas salariales, en el caso de las mujeres cifradas como media en el 16,4%. En el caso de otros colectivos, quién sabe. El salario no es una mera condición de trabajo, sino una condición de vida. Seamos conscientes, entonces, de lo que ponemos en juego negando la transparencia.