Análisis

Lo que no dicen las eléctricas

Una ciudadana comprueba su consumo.

Una ciudadana comprueba su consumo. /

2
Se lee en minutos
Pau Noy
Pau Noy

Ingeniero industrial y miembro de la Associació per a la Promoció del Transport Públic (PTP)

ver +

Leo, oigo y veo anuncios publicitarios de una gran compañía eléctrica en los que explica que, en promedio, únicamente el 38% del importe final de una factura de la luz es imputable a los costes de producción. El 30% se debería a diversos impuestos, otro 20% a la repercusión de las subvenciones medioambientales y el 12% restante a otros temas. Y se quedan tan panchos.

Como si los impuestos no formasen parte del sistema, como si el problema de la gestión de la energía nuclear no fuera con ellos, o como si el hecho de que se paguen primas a la producción de las energías renovables porque se debe aspirar a que algún día España sea autosuficiente energéticamente fuera un sinsentido.

Todos los países civilizados pagan primas a las renovables porque es la apuesta por el futuro. Un futuro en el que el petróleo será caro y escaso. Y lo mismo con el gas y el carbón. Cuando veo tamaña demagogia me vuelve a rondar la idea de la nacionalización de las compañías eléctricas. La electricidad sería más barata y dejaríamos de oír y leer sandeces. Todo un progreso.

Fue el gran José María Aznar quien decidió liberalizar el mercado eléctrico para que la luz fuese más barata. Pero el resultado de este esquema, que los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero no subsanaron -¿cuántos exministros y demás altos cargos socialistas figuran en los consejos de administración de compañías energéticas o forman parte de su cuerpo de asesores?-, es que hoy la electricidad en España es la más cara de Europa y los beneficios de las eléctricas los más extraordinarios. Una estafa política a la ciudadanía en toda regla.

Noticias relacionadas

Lo que no dicen las eléctricas es que antes de 1997 cada sistema de producción eléctrica tenía su propia retribución. Mientras que a las centrales hidroeléctricas se les pagaba poco el kilowatio/hora porque sus instalaciones estaban generalmente amortizadas, por viejas, a las nuevas centrales de fuel, gas o carbón se les retribuía mejor porque muchas de ellas eran nuevas. Aznar decidió que todos los productores de electricidad irían a una única subasta. De forma que el precio del último que entrase en la subasta, el que completaba la previsión de demanda, sería el precio de referencia para todos. Si las hidroeléctricas producían a un céntimo de euro el kWh, y la subasta se cerraba, por ejemplo, a seis céntimos el kWh, la ganancia por cada kWh hidroeléctrico era la diferencia, cinco céntimos por kWh producido, un margen del 500%. Alguien debería también recordar que fue durante el mandato de Aznar cuando la tarifa de la luz se congeló durante dos años porque había elecciones. Estas medidas populistas fueron las que iniciaron esta insoportable burbuja financiera eléctrica. Dos decisiones que ni el Gobierno ni las empresas eléctricas cuentan.

La solución pasa por tomar dos soluciones. Primera, que las eléctricas devuelvan todo lo que han ganado en ese sorteo de lotería con números que siempre tocaban. Hay que hablarles claro: «O devuelves lo que debes o te nacionalizo. Y mira que con los enormes beneficios hay margen para devolver lo que conseguiste con el sistema que ideó Aznar». Segunda, hay que volver al antiguo método de retribución según el coste de cada sistema eléctrico.