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JOSÉ VILARASAU

La extraña memoria

JOSÉ VILARASAU. Uno de los mejores banqueros del siglo XX ha escrito unas memorias muy personales en las que repasa toda su carrera profesional como alto funcionario del Estado y como primer ejecutivo de La Caixa.

JOSEP-MARIA URETA
BARCELONA

«Aproximadamente ... seis-coma-siete» era una frase frecuente de José Vilarasau Salat en las ruedas de prensa para presentar los resultados anuales de La Caixa. Este rasgo hay que tenerlo muy en cuenta a la hora de abordar su libro de memorias, que acaba de aparecer con el título El extraño camino a La Caixa. Tiene 711 páginas y es transcripción de muchos más folios escritos a mano sobre cuadernos a rayas. La aparente contradicción entre el adverbio (aproximadamente) y la cifra (6,7) es obligada para dejar claro que son las memorias que Vilarasau ha querido llevar a imprenta (RBA editores). «Los únicos que pueden decir la verdad de todo son los que hacen autoconfesiones, como Günter Grass», precisaba Vilarasau, en una conversación mantenida el pasado miércoles en su despacho del antiguo asilo Santa Lucía, junto a Cosmocaixa.

Quien fue director general y presidente de La Caixa entre 1976 y el 2003, con un gran equipo (las dos únicas fotos del libro no están elegidas al azar) nunca pensó -es decir, no se lo propuso- en dirigir una caja: «No tenía previsto volver a Barcelona», dijo en la citada conversación. De ahí lo de extraño.

La auténtica vocación

La pista para entender el libro es que la auténtica vocación de Vilarasau está en sus primeros 45 años, a los que dedica una atención meticulosa, narrados cronológicamente en 270 páginas. Desde la formación del carácter («de pocas palabras y menos efusiones sentimentales», escribe) hasta su temprana vocación por las matemáticas («la belleza y armonía de las progresiones aritméticas»).

La carrera de ingeniero industrial fue la elegida como más adecuada a sus aptitudes, completada con una oposición a un cuerpo estatal singular: ingeniero del Ministerio de Hacienda. Obtenida la plaza a la primera, el primer destino fue Lugo. ¿Y quién iba a decir la verdad, en los años 60, de la industria, por ejemplo, del calzado? No hizo falta: en lugar de contar zapatos taller por taller, Vilarasau inspeccionó la industria de cartón para cajas de zapatos y sus clientes.

A finales de los años 60, cuando España iniciaba su despegue económico, Vilarasau estaba en el lugar idóneo: la cocina económica y financiera del régimen, la secretaria general técnica del Ministerio de Hacienda. Aparece el ejecutivo innovador, pero no un tecnócrata: «Éramos intrínsecamente apolíticos y visceralmente liberales», escribe. Es el decenio 1964-1974 el que marca la vocación de Vilarasau, el que justifica que su posterior llegada a La Caixa fuera extraña. Cuatro cargos públicos -además del paso por un banco de inversión, Induban- marcan esa época del personaje: la dirección general de Tesoro y Presupuestos, la de Política Financiera, en el ministerio; y las direcciones generales en dos monopolios: Telefònica y Campsa (hoy Repsol). De ese periodo, el autor dedica especial atención a las personas con las que trabajó, la mayoría elogiados por su valía profesional -¿o es porque se avenían a sus propuestas?-.

Sagaz en la negociación, brillante en la anticipación del futuro, exigente (colérico, dirán otros), pertinaz y no exento de humor, más cercano a la sorna fina que a la burla: no es autoconfesión, pero el autor regala, por destilación de la lectura, un autorretrato para entender cómo trasladará esa experiencia acumulada a La Caixa.

En la segunda parte el protagonismo lo marca La Caixa, no él. Del recuerdo personal a las memorias de la entidad, pero las anuales, las de los números. «Un pie en el acelerador y un ojo en la temperatura del motor», crecimiento con contención de costes, escribe que ha sido la consigna para convertir la antigua Caja de Pensiones en el potente banco que es hoy Caixabank.

La gran inversión en 25.000 pisos de alquiler fue sustituida con el paso del tiempo por «valores bursátiles más tranquilos» -explicó el miércoles-. O sea, todo lo que lleve un contador: teléfono, energía, autopistas… Si se le suman los seguros, aparece el Vilarasau que primero moderniza empresas desde el Estado y al cabo de los años entra en su capital. ¿De qué extrañarse?

Sin revelaciones

Abstenerse de leer los que buscan morbo o revelaciones. Se explica, sí, el largo contencioso con el Gobierno -mejor dicho, con Josep Borrell—sobre un depósito con apariencia de seguro, o al revés («la pesadilla de las primas únicas»), con el dinero no declarado a Hacienda de fondo. Un decenio ventilado en solo 20 páginas. También quedan reflejados los desencuentros con Jordi Pujol, apenas citado. Más contundente es la alusión al papel de Artur Mas, como conseller en cap, para propiciar la jubilación de Vilarasau, con un decreto ad personam. En este contexto Vilarasau elogia a sus dos principales colaboradores y continuadores, Isidre Fainé y Antoni Brufau, aunque afea su actitud final cuando le empujan a cesar: «Podían haber disimulado». ¿Hay disculpa con Fainé por el trato? Concreción, de palabra: «Lo que escribo no es pedir disculpa, digo que debí disculparme».

El gran gestor que vino de Madrid casi sin pretenderlo para crear el gran banco actual mantiene hasta final el distanciamiento: «La Caixa es catalana por casualidad, si fuera madrileña o aragonesa hubiera hecho lo mismo», aseguró el miércoles. Nada extraño.

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