03 abr 2020

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Análisis

Velas en la nube

Llorenç Valverde

Se la veía nerviosa; tanto, que, aunque era muy delgada, la butaca del teatro parecía que le quedaba pequeña. Primero pensé que era debido a la media hora de retraso en el levantamiento del telón. Pero pronto descubrí que no era solo eso: continuamente, aquella chica morena de veintipocos años que estaba sentada a mi lado miraba la Blackberry que llevaba en la mano y acto seguido, invariablemente, movía la cabeza con un gesto negativo, de inquietud. Como no tenía nada mejor que hacer, saqué mi iPhone y lo empecé a toquetear. Cuando lo vio, no pudo dejar de preguntarme si funcionaba, y, sin darme tiempo a responder, comenzó a quejarse de que ya iba por el segundo día de avería del sistema de la Blackberry, sin correo, ni mensajería, ni acceso a las redes sociales, y que eso le causaba mucho desasosiego porque era la forma que tenía de quedar con su grupo de amigos, que al acabar la representación no sabría dónde estarían, porque ese aparato no funcionaba. Estuve a punto de preguntarle por qué no se telefoneaban, como antes, pero me tuve que imaginar la respuesta porque finalmente el telón se levantó y comenzó la representación.

Los problemas de mi desconocida vecina de butaca con la avería del sistema de la Blackberry no dejan de ser un incidente menor al lado del que ha generado en todo el mundo, especialmente en el corporativo, dado que son muchas las empresas que apoyan buena parte de su quehacer diario en el intercambio de mensajes mediante estos aparatos. Quizá el caso más extremo sea el de algunos hospitales o sistemas de emergencias. En el primer caso, la incapacidad de recibir mensajes por la Blackberry puede significar dificultades para que los médicos puedan consultar historiales o recetar. En el segundo puede significar la imposibilidad de coordinar tareas ante una emergencia por no poder acceder a instrucciones y listas de evacuación. Y todo ello por una avería que parece que es muy similar a la que provocó -hace 20 años- una de las caídas más importantes de la historia de la telefonía de Estados Unidos: un switch

(interruptor) que no funciona como debería funcionar.

Así estamos: dependemos de la fragilidad de un switch que no funciona bien, sumado a un sistema propietario y cerrado y, por consiguiente, fácilmente controlable y manipulable. No está claro que haya un plan B efectivo que pueda atenuar, aunque sea solo en parte, las consecuencias de esta dependencia. Recuerdo de mi infancia, en un pueblo de Mallorca, que los primeros signos de una tormenta eléctrica iban seguidos invariablemente de un corte de la corriente eléctrica. Entonces siempre teníamos velas que ayudaban a atenuar la magnitud de la tragedia. Ahora los cortes de corriente son tan escasos que resultan noticia destacada, y por consiguiente ya no solemos tener ni velas ni linternas. Tengo mucho la impresión de que ya ha llegado la hora de empezar a pensar y desarrollar planes alternativos para atenuar los efectos de un corte del acceso a internet, aunque sean de forma rudimentaria como las velas. Sin esto, difícilmente llegaremos a instalarnos cómodamente en el próximo paradigma tecnológico, la nube, el cloud.