04 abr 2020

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zona franca

Derroche

Juan Sobrino

Sin que nos demos cuenta, la relación que tenemos con las cosas materiales está muy mediada por la sociedad en la que vivimos. Y esto se nos hace evidente cuando, por un motivo u otro, estamos confrontados con sistemas de valores y costumbres diferentes de las propias.

Viajar y conocer gente de lugares distantes estimula la reflexión sobre las costumbres ajenas y las propias. Estando en casa de unos amigos, me he encontrado reflexionando sobre estas cosas a partir de detalles que, en el día a día, parecen nimios. En tres días, he visto una circulación de objetos que hoy en día parecerían impensables. Reemplazar los objetos materiales implica también buscar un nuevo destino para las cosas antiguas.

La idea de tirar a la basura algo que hasta hoy era útil es un sinsentido en un país en el que comprar cosas nuevas implica un gran esfuerzo e incluso puede estar más allá de las posibilidades. Al reemplazar una sartén o una cámara, la primera, en la que hasta ayer se hicieron las tortillas; y la segunda, que sacó las fotos del último cumpleaños, circularán y pasarán a ofrecer tortillas y guardar recuerdos en nuevas casas.

Hoy, cuando nuestro acceso a las cosas materiales parece ser obrado por arte de magia, el valor que les damos se ha reducido al mínimo. Compramos y tiramos sin pudor muebles, ropa, electrodomésticos... La vorágine del comprar-y-tirar nos ha envuelto tanto que ni siquiera nos detenemos a pensar en ella.

Creo que, sin darnos cuenta, en España hemos cambiado la manera de entender las cosas materiales de forma muy significativa en pocas décadas. Con esta reflexión no quiero dar a entender que sea partidario de un sistema en el que las personas necesitemos ahorrar por un tiempo casi incalculable para poder comprar objetos necesarios. Sin embargo creo que se ha perdido un poco la idea de que las cosas tienen una vida útil que no está asignada por la moda que impone el reemplazo constante y sinsentido. No creo imposible aminorar la fiebre del comprar y tirar, tan criticada en países supuestamente más desarrollados, y hallar un equilibrio en el que la necesidad no se confunda con el derroche.