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Fina Puigdevall: "Vivo y trabajo rodeada de belleza"

Núria Navarro

Fina Puigdevall, en el salón de su casa de la Vall de Bianya diseñada por RCR.

Fina Puigdevall, en el salón de su casa de la Vall de Bianya diseñada por RCR. / ALBERT BERTRAN

Vive y trabaja en espacios diseñados por Pigem, Aranda y Vilalta. Y no tiene palpitaciones, vértigo ni mareos, como le ocurrió a Stendhal cuando pasó un ratito en la Santa Croce de Florencia. Fina Puigdevall (Olot, 1963), que tiene lava en las venas, se quita el pijama en la Casa Horizonte de la Vall de Bianya y, en 10 minutos en coche, se calza el uniforme de chef con dos estrellas Michelin en al restaurante Les Cols, que el jueves pasado cumplió 27 años.

En el 2000, cuando la cocina ya llevaba 10 años funcionando con luz artificial, pidió a Pigem, Aranda y Vilalta "una ventana". Y ellos, que oyen la palabra 'luz' y se activan, abrieron un patio, unificaron espacios, enmarcaron el picotear de las gallinas y el temblor de las hojas, hicieron refulgir en el comedor el dorado –un atrevimiento que copiaría Loewe Barcelona más tarde– y dibujaron una balsa en la entrada en la que beben los pájaros. Evocaron, según sus palabras, el tiempo, el aire libre, la sensualidad, el arte culinario. Fina no solo se convirtió en la maestra de obras sino que, a la vez, aprovechó para dar un espectacular giro gastronómico, centrándose en el producto de kilómetro cero de La Garrotxa.

Luego los arquitectos proyectaron los pabellones de Les Cols, que regenta su cuñada, Judith Bellostes. Y como a Fina le va la marcha de los andamios y los morteros, se animó a rebajar un terreno colindante al restaurante y hacer un camino de piedra volcánica que llevara a una carpa para celebraciones –"un 'aplec' al aire libre"–, con un juego laberíntico de cortinas de PVC que no acaba de gustar a los olotenses. "En la comarca muchos trabajan en las cárnicas, y en ellas hay cortinas de este tipo. 'Estos plásticos', dicen. Nos está costando que vengan a hacer sus celebraciones". Y le sabe mal, porque lo ha invertido todo, estos últimos años han sido difíciles y han podido resistir porque su marido [Manel Puigvert] "es un 'crack' para los números". Ahora, explica, hacen un menú 'low cost' de arroz los jueves, "para que vengan y vean que el espacio no muerde".

NI TIMBRE NI ESCALERAS

Pero no bastaba. "Una vez trabajas en un lugar como Les Cols, tienes que vivir en un espacio similar", dice con pasmante naturalidad. Al mismo tiempo que RCR trabajaba en los pabellones, les encargó la reforma de la casa de payés de la familia en la Vall de Bianya. Las ventanas eran pequeñas –"no soportaba tener que abrir y cerrar porticones"– y sus tres hijas no disponían de habitación propia. La Casa Horizonte, que así se llama, es según los expertos el germen del Museo Soulages.

Enmarcada entre la iglesias románicas de Sant Martí Vell y Sant Pere Despuig, se compone de volúmenes de acero que se patina con el óxido natural, atravesados por un largo pasillo en penumbra. No hay timbre ni escaleras. Solo se accede a la planta en un montacargas exterior ("si hay un apagón, aquí nos quedamos"). Dentro, el vacío. Nada a la vista. En el salón, una chimenea y un sofá. En la habitación, la cama y una pileta en la que caben los cinco de la familia. En la cocina, fogones. Pero al descorrer los cristales, se produce una hemorragia de paisaje. La ermita, los pastos, las vacas, las flores blancas y rosadas del alforfón, las golondrinas.

"Es una casa para vivir los ciclos naturales", explica Puigdevall. De manera que si uno quiere leer un libro en la cama, la oscuridad de la noche se lo impide. ¿Y dónde están la tele, los platos, las camisas, los libros, la fruta, las facturas pendientes? Todo escondido detrás de las lamas del pasillo. ¿Y eso es cómodo? "A mí me cuesta irme por la mañana", asegura. "La casa transmite serenidad, te conecta con el paisaje, contemplas la belleza del sol y de la lluvia, del granizo y de la nieve", explica. "Vivo rodeada de belleza, la natural y la que ha construido RCR", resume.

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