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Víctor del Árbol, ingrávido entre nubes

El escritor barcelonés, Premio Nadal 2016, rememora lo que sintió al descubrir la sensación de volar

VÍCTOR DEL ÁRBOL

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Un avión de los años 70 de la aerolínea Iberia. / periodico

En los años setenta, Richard Bach puso de moda una parábola que fue traducida en castellano como 'Juan Salvador Gaviota'. La aventura de aquella gaviota empeñada en convertir la necesidad de volar en pasión y alegría, su visión aérea del mundo y su negativa a dejar de sentirse libre caló hondo en toda una generación de jóvenes y no tan jóvenes que teníamos esa extraña manía de mirar más hacia las nubes que al suelo. Más tarde leería la biografía de Leonardo da Vinci, 'Leonardo. El vuelo de la Mente', escrita por Charles Nicholl y me asombraría aquel sueño que el genio recordaba de su niñez, cuando un pájaro, un milano de cola roja, si mal no recuerdo, se posaba en su cuna y le acariciaba la cara con las plumas. Da Vinci siempre atribuyó a ese sueño un significado premonitorio que marcaría su obsesión de lograr que el ser humano despegara los pies del suelo.

Volar es metáfora de casi todo, también de la melancólica tristeza del Señor de las Tinieblas en el 'Paraíso Perdido' de Milton, donde el Ángel Caído mira al cielo recordando los días de Gracia, la libertad y la bondad que le concedían sus alas perdidas, ahora escleróticas en el infierno de la Tierra. Para mí, durante mucho tiempo también lo fue, e incluso hoy, cuando acumulo casi tantos vuelos como George Clooney en 'Up in the air', sigo sintiendo ese hormigueo emocionante de la primera vez.

EL LUJO DE VOLAR EN LOS 80

¿Qué edad tenía yo? 14, tal vez 15 años. Eso significa que estábamos en 1982 o en 1983. No existían las compañías de bajo coste, nadie podía conseguir la tarjeta de embarque por internet y lo común era necesitar una agencia de viajes para gestionar algo tan complejo como un billete. Desde luego, no había tantos controles de seguridad en los aeropuertos y la vieja terminal 2 del aeropuerto de Barcelona era el buque insignia de la ciudad, sin unos tristes Juegos Olímpicos que llevarse a la boca, sin Champions ni ligas y con menos turistas de los que hoy nos visitan. Volar en aquel tiempo era cosa de lujo, casi algo mágico, como ir a esquiar o tener un coche de cuatro puertas con pintura metalizada. Tan raro era que durante mucho tiempo conservé el billete para dar prueba de mi hazaña a amigos y familiares.

Recuerdo que fue un vuelo doméstico, un Barcelona-Sevilla que costó bastantes miles de pesetas (mi memoria no alcanza a tanto), un día de abril, antes de Semana Santa, lluvioso. Fue un viaje incómodo, con algún que otro sobresalto por culpa de las turbulencias. Y, pese a ello, tengo plena conciencia de que no sentí miedo, todo lo contrario. El cosquilleo en el estómago me recordaba al de las atracciones del hoy inexistente parque de Montjuïc. Las indicaciones en inglés de la tripulación y toda la parafernalia de las azafatas señalando salidas de emergencia y funcionamiento de chalecos salvavidas hoy sé que solo sirven para tranquilizar a los más crédulos, pero en aquella ocasión las seguí con máxima atención. Claro, nadie avisaba de que se desconectaran los aparatos electrónicos, ni la gente se peleaba por alcanzar la maleta antes incluso de que el avión se detuviera en el hangar. Eso, las estrecheces, los precios desorbitados por un bocadillo frío, los retrasos sin explicación, la sensación un tanto borreguil que a veces se siente, son males actuales. La democratización del derecho a volar también ha conllevado, como casi siempre pasa, la pérdida de magia, de excepcionalidad. Hoy volar es un trámite. Pero yo recuerdo mi primera vez como una explosión de sensaciones.

LEVEDAD PESE AL FUSELAJE 

Ser consciente de que bajo mis pies solo había unas toneladas de acero, silicona, cables, y más abajo el espacio, la tierra roturada como pequeños cuadritos de diferentes tonalidades. Y a los lados las nubes, aquellas que yo miraba desde abajo ahora tan cerca, separadas de mí por una doble protección de plástico. Sigue asombrándome que haya gente que prefiera dormir, cerrar la ventanilla, a contemplar esa otra geografía de algodón que nos rodea cuando volamos. Esa sensación de atravesar las nubes un día lluvioso y emerger a un cielo increíblemente azul, perfecto si se tiene la suerte de contemplar un amanecer o un crepúsculo.

En cualquier ciudad medianamente grande es fácil levantar la vista y ver el cielo roturado por estelas de vapor, esos pequeños puntos brillantes que van a alguna parte, que vienen de alguna parte. Ya a nadie le sorprende demasiado, incluso hemos aceptado con una suerte de humor negro la fatalidad, los comentarios más o menos nerviosos e irónicos cuando el avión se sacude. Ni siquiera se aplaude cuando el avión toca el suelo al aterrizar, como yo recuerdo, agradeciendo al piloto la faena igual que a un torero, aliviados por fin de ese secreto temor que nos impone sabernos fuera de nuestro medio natural.

Aeropuertos de medio mundo, todo tipo de compañías e incidencias diversas se van acumulando desde aquella primera vez. Pero ¿saben? A veces me gusta sentarme en la sala de espera a ver despegar los aviones y me sigue admirando que lo logren, me gusta la elegancia de esos aparatos, ver a las tripulaciones con sus uniformes y cuando descubro en un niño la misma mirada de asombro, una sonrisa me viene a los labios. Nada como aquella primera vez. 

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