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Basilea, un museo por kilómetro cuadrado

La tercera ciudad de Suiza, con casi 200.000 habitantes, es considerada la capital cultural del país

Imma Muñoz

El color del Kunstmuseum es el gris, pero no asociado a la atonía o a la mediocridad, sino a la riqueza de matices. La ampliación de este museo, que se inauguró en abril, es uno de los grandes momentos culturales que ha vivido Basilea en la última década. Tres años largos de obras y 92 millones de euros (la mitad de los cuales, más los 18,5 del solar sobre el que se alza, donados por Maja Oeri, heredera del imperio farmacéutico Roche) han sido necesarios para que el proyecto del estudio Christ & Gantenbein se hiciera realidad. 

Más de 200 despachos de arquitectos de todo el mundo optaron al concurso convocado en el 2009, pero fueron estos jóvenes basilienses quienes convencieron al jurado al encontrar el punto justo entre la continuidad con el edificio neoclásico que alberga el grueso de la impresionante colección y la innovación imprescindible para hacer atractivos los 8.000 metros cuadrados de nueva construcción. ¿El secreto? Sirva un ejemplo: los dos edificios se conectan por un paso subterráneo. La escalera principal del edificio antiguo y la del nuevo tienen la misma estructura, pero distintos materiales.

El mármol de Carrara gris (gris melancólico) y el acero galvanizado (gris eléctrico) dominan en los espacios creados por Christ & Gantenbein, sobre todo en los de transición. En las salas, los arquitectos mantienen las paredes encaladas y los suelos de parquet del edificio neoclásico, pero en los marcos de las puertas se vuelve a imponer el gris, igual que en los techos, casi industriales. También en la imponente nueva fachada, hecha con ladrillos de tres tonos de gris, y con un sistema de rotulación mediante luces led que demuestra que tras la sencillez hay siempre mucho trabajo. 

La arquitectura se pone en el Kunstmuseum al servicio del arte. El continente, muchos de cuyos secretos salen a la luz por la vocación pedagógica de sus creadores, impresiona tanto como el contenido, que permite hacer un recorrido por toda la historia del arte, con todos y cada uno de sus nombres imprescindibles, que no se para al llegar al siglo XXI. Como muestra, la exposición especial que puede verse en estos momentos, hasta el 18 de septiembre: 'Sculpture on the Move.1946-2016'.

EL VERDE DE LA FUNDACIÓN BEYELER

El verde impera en la Fundación Beyeler. El maravilloso jardín que la rodea no es el paseo necesario para llegar hasta el edificio concebido por Renzo Piano para albergar las 250 obras de la colección, desde el impresionismo hasta la actualidad, sino la primera de ellas. En el trabajo que el arquitecto genovés hizo para los galeristas Hildy y Ernst Beyeler, la integración entre edificio y entorno es perfecta. Perfecta. Eso es lo que convierte en especial este museo. El estanque de los nenúfares de Claude Monet (a la derecha) no se acaba en el tríptico del mismo nombre, sino que atraviesa la cristalera en que culmina la sala y se extiende por el jardín, donde se funde con el lago que rodea el edificio. Al tiempo, el paisaje entra en la sala y se convierte en una obra de arte más. Renzo Piano cambia las paredes exteriores por cristaleras en buena parte del edificio, y así la comunión entre la belleza de dentro y la de fuera es constante, como la sensación de estar en un lugar privilegiado. 

El museo de la Fundación Beyeler, ubicado en Riehen, a las afueras de Basilea, se inauguró en 1997 para poner a disposición del público de forma permanente la colección que habían logrado reunir, a lo largo de medio siglo de labor de hormiguita, el matrimonio Beyeler. Trabajadores, humildes, eruditos y una verdadera referencia para genios como Picasso, Miró y Giacometti, su labor de dinamizadores de la vida artística dio como fruto no solo una colección única, sino también acontecimientos que han puesto a Basilea en el mapa de las ciudades clave de la innovación cultural, como la feria Art Basel, de la que fueron cofundadores. 

VITRA, ROJO PASIÓN

Rojo como el de la madera de la lounge chair tapizada en piel negra de Vitra. Rojo pasión. Tal vez ese sea el tono que pueda sintetizar el universo de color que es, de hecho, el Vitra Campus. Ubicado en Weil am Rhein, una ciudad alemana fronteriza con Suiza, pero fuertemente arraigado a Basilea porque allí es donde nació el propietario de la firma, Rolf Fehlbaum, y donde se empezó a gestar este imperio del mueble de diseño, el Vitra Campus reúne algunas de las más destacadas firmas de la arquitectura contemporánea. 

Frank Ghery es el responsable del edificio que alberga el Vitra Design Museum, que acoge exposiciones temporales y tiene un centro de documentación e investigación sobre diseño; Zaha Hadid ideó el parque de Bomberos que alberga el campus, que apenas cumplió su función un par de años y que hoy sirve de escenario a exposiciones y acontecimientos varios; Tadao Ando, el pabellón de conferencias, y el estudio basiliense Herzog & de Meuron, la impresionante VitraHaus, mucho más que un showroom en el que se pueden contemplar las colecciones de la marca (muebles y complementos), comprar cualquiera de los productos de la firma y soñar cómo amueblaría uno su casa si fuera millonario. Los edificios donde se fabrican las piezas tienen también firmas ilustres: dos de ellos son obra de Nicholas Grimshaw, otro es de Álvaro Siza y el estudio japonés SANAA firma uno con una cubierta de plexiglás de ciencia ficción. Imprescindible para los amantes de 
la arquitectura y el interiorismo.

CHOCOLATE, EL ORO MARRÓN DE SUIZA

El oro, en Basilea, es marrón. Un marrón con una amplia gama de tonalidades, aunque nunca llega al blanco ni tampoco al negro. Su mina más popular es el Cafe Confiserie Schiesser, ubicado en el corazón de la ciudad, en la misma plaza del Mercado. Entrar en él es hacer un doble viaje en el tiempo: a la infancia de los morros pringados de dulce y al nacimiento del siglo pasado, cuando se levantó el edificio que alberga actualmente ese muestrario de joyas de chocolate en el que brillan, en mostradores y mesas de madera noble, con profusión de terciopelo y dorados, desde la tableta de toda la vida hasta las sofisticadas trufas de Marc o Grand Marnier. Bombones, todos los que se puedan imaginar. 

La familia Schiesser entró en el negocio del chocolate en 1870, cuando la crisis de la industria textil del país les obligó a cambiar las montañas y la lana por la ciudad y el azúcar. Empezaron haciendo helados de cuatro tipos y pasteles, y poco a poco se fueron especializando en la elaboración del cacao. El que ellos traen es de América. “Nunca de África, porque, aunque produce el 80% del cacao mundial, no es tan bueno como el suramericano”, dice Jörg Schär, el gerente del local, en el que en la actualidad trabajan 35 personas, detrás del mostrador, sirviendo mesas y en el obrador. Schär explica que el chocolate suizo genuino siempre es con leche, y el belga, negro. ¿Y el chocolate blanco? “Eso no es chocolate”, sentencia. Y da un consejo de experto: “El chocolate bueno, al partirlo, cruje. Siempre”. 

LA GUÍA

Cómo llegar 

Varias aerolíneas tienen vuelos a Zúrich, Ginebra, Lugano y Basilea, los cuatro aeropuertos del país. La compañía de bandera suiza, Swiss, no tiene vuelos directos a este último, pero sí cuatro diarios a Zúrich, desde donde se puede coger el tren hasta Basilea, en un trayecto de alrededor de una hora.


Alojamiento

El nivel de vida en Suiza es muy alto y, en consecuencia, también lo son sus precios. No se sorprenda si le piden 4,5 francos suizos por un café (unos 4 euros), y piense que en Basilea difícilmente encontrará una habitación de hotel por menos de 100 francos la noche. Aun así, a veces hay ofertas. El Radisson Blu, una propuesta excelente en cuanto a ubicación y calidad, publicita en su web habitaciones “a partir de 153 euros”. Eso sí, en los hoteles de Basilea le entregarán, junto con la llave de su habitación, el Mobility ticket, que le permitirá utilizar gratuitamente el transporte público de la ciudad durante los días que tenga reserva.
Toda la información, en www.myswitzerland.com