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Un glaciar en el gintónic

Una visita a Islandia -y a uno de sus parajes helados- para conocer una ginebra elaborada con el agua filtrada por la piedra volcánica

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PAU ARENÓS

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Gisli, el chófer con barba ártica y tamaño oso, de 'grizzly', detuvo el 4x4 en la nada. “No podemos seguir. La pista se acaba”. Ni cielo ni suelo. Una masa blanca diluía el horizonte. El vehículo negro resaltaba sobre el fondo nevado, aunque la ventisca podía tragárselo en cualquier momento.

Aquello era el glaciar Langjökull, unos mil kilómetros cuadrados de extensión, el segundo mayor de Islandia. Muy cerca de este punto de no retorno, una construcción y motos de nieve en hilera, sin pilotos, aguardando aventureros dispuestos a desaparecer.

El 4x4 era un vehículo excepcional: cargaba 10 viajeros en dos chasis de Ford unidos, montaba ruedas de un metro de alto y los asientos los firmaba Harley-Davidson. Al abrir las puertas, se desplazaban escalones para facilitar el descenso. El placer de viajar en una bestia poderosa, imbatible sobre las superficies heladas. La operación de unir los cuerpos había costado 170.000 euros. Antes de entrar en el glaciar, el conductor Gisli había reducido la presión de las ruedas.

El frío era intenso. Las manos descubiertas dolían: la sensación de cientos de agujas clavándose

El destino último era el parque nacional Thingvellir, espacio natural en el que confluían lo político y lo geológico. Era el punto de unión, o separación, de las fallas de Norteamérica y Eurasia. En el remoto año 930, los isleños fundaron la asamblea Alþingi, precursora del parlamentarismo. Si alguien consultaba Google Maps no encontraría un paso entre Langjökull y Thingvellir. Entonces, ¿cómo llegar?

La excusa del viaje a Islandia era el agua, un agua excepcional, un agua para beber hasta llenar la joroba. Los viajeros estaban rodeados por grandes masas de H20 en estado sólido. El frío era intenso. Las manos descubiertas dolían: la sensación de cientos de agujas clavándose. Un pensamiento conmiserativo –y espantoso– hacia los montañeros o escaladores congelados, abrasados lentamente. Querías cortarte las manos, dejar de notar los microscópicos pinchazos, esa acupuntura descontrolada. ¿Dónde estaban los guantes? No había mucho que hacer: hundirse en el blanco apelmazado, sentir el crujir del glaciar, ser escupido por el viento.

De regreso al abrigo y la seguridad del vehículo, los móviles se murieron. Stop. Adiós. Al rato, al recuperar el calor, volvieron a funcionar. Alguien dijo: “El frío”. Alguien dijo: “El magnetismo terrestre”. Alguien dijo: “La cercanía del Círculo Polar Ártico”. Era la señal de que había que salir cuanto antes de aquel lugar sin cielo ni tierra.

"Un día pedimos unos gintónics. Nos los sirvieron en un vaso de pinta, una ginebra mala y unos cubitos horrorosos. ‘No es posible que una bebida inglesa nos la sirvan así’, dijimos. ‘¿Por qué no hacemos una ginebra para cambiarlo?”

David Bromige

— socio de martin miller's

EN BUSCA DEL MARTINI PERFECTO

Unas horas antes, los pasajeros habían notado el calor –intenso calor– con unos tragos de 9 Moons, la nueva y singular ginebra de la casa británica Martin Miller’s. Elaboraban el destilado en Londres y lo mezclaban con agua purísima en una nave de la población de Borgarnes, a 70 kilómetros de Reikiavik. Al principio había sido al revés: trasladaban el H2O a Londres hasta que el volumen, y lo poco astuto de la decisión, los hizo cambiar de estrategia.

Martin Miller, el millonario experto en antigüedades, había muerto en diciembre del 2013, pero seguían vivos sus dos socios, Andreas Versteegh y David Bromige, que le daba al gintónic o al negroni durante las cenas –¡eso es tener fe en una marca!– y que había vivido en Eivissa.

Bromige explicaba por qué se metieron en el negocio del gin: “Nosotros hacíamos vodka en Islandia, pero un día [de 1998], en un pub, pedimos unos gintónics. Nos los sirvieron en un vaso de pinta, una tónica, una ginebra mala y unos cubitos horrorosos. ‘No es posible que una bebida inglesa nos la sirvan así’, dijimos. Martin era muy creativo: ‘¿Por qué no hacemos una ginebra para cambiarlo?”. Entrañable historia. En el obituario de Miller, publicado en 'The Telegraph', escribieron que la hizo “para satisfacer su deseo de crear un martini perfecto”.

AGUA VOLCÁNICA SUAVIZANTE

Durante su discurso en la planta embotelladora, Bromige dejó que corriera el agua: “Es… suavizante. Suaviza la ginebra. ¿Por qué es tan buena? No se sabe. No se ha investigado el porqué, pero hay un consenso general”. Habló de una “pequeña capa invisible de agua y aire”, como si algo extraño y mágico envolviera la sustancia. Explicó que un volcán calentaba el hielo y que la piedra volcánica filtraba ese goteo, o chorro. Era la misma agua que salía de las cañerías en el pueblo de Borgarnes. No supo decir de qué lugar manaba. En el libro 'Historia universal de la ginebra', de Lesley Jacobs Solmonson, aclaran: “El licor se rebaja con agua del manantial Selyri, lo que suaviza el sabor de la ginebra”.

El otro socio, Versteegh, era el responsable de 9 Moons: compró un barril de bourbon y otro de madeira por su cumpleaños (otros prefieren camisas). Metió la ginebra, esperó nueve meses y embotelló el de bourbon. El resultado era una bebida ámbar que solo necesitaba un cubito para ser degustada. Ni tónica ni otros disimulos. Era realmente buena. Debía ser por la madera impregnada del tonel y por la misteriosa capa acuática de la que hablaba Bromige. O por los 40º de alcohol.

AUTOPISTA HACIA EL GLACIAR

Gisli dedicó tiempo al humor “La erupción del Eyjafjallajökull  [2010] fue divertida. ¡Nos moríamos de risa escuchando cómo la gente de fuera pronunciaba ese nombre!”

Entonados con el fogonazo, partieron a conquistar el Langjökull. Antes, un alto en las cataratas de Hraunfossar, que sacaba burbujas y azules del río Hvitá. Lava y agua, excedente de agua, he ahí dos ingredientes del país. Escasos árboles, caballos peludos, líquenes verdosos, rocas ocres, la Luna en la Tierra.

El primer tramo del camino hacia el glaciar, sobre tierra seca y grava, se hizo a considerable velocidad. Los trazos de nieve estaban manchados por la ceniza. El chófer Gisli pinchó Highway to hellHighway to hell, el clásico de AC/DC. Y tenía razón: ninguna autopista a la vista, pero sí partes del infierno.

Por la ruta cruzaron camiones con estética de Ejército invasor. Extranjeros en el paisaje primigenio del planeta. Gisli dedicó tiempo al humor: “La erupción del Eyjafjallajökull [2010] fue divertida. ¡Nos moríamos de risa escuchando cómo la gente de fuera pronunciaba ese nombre!”. Carcajearse mientras estallaba el cielo: buen plan.

LA FIEBRE ESPAÑOLA

Jacob Ehrenkrona, CEO de Martin Miller’s, quería saber cómo había comenzado el fervor por el gintónic en España, segundo o tercer consumidor mundial (el primero es Filipinas). Una historia tan sencilla como poco documentada. Probablemente había sido hacia el 2000 en San Sebastián. Por la noche, tras las ponencias del congreso Lo Mejor de la Gastronomía, cocineros y sumilleres abrevaban en Dickens El Museo del Whisky, donde preñaban amplias copas con grandes cubitos, tónica fría, gin aún inocente (sin excesos botánicos o aliños raros) y con twist de limón (¿o lima?). Después los chefs quisieron reproducir esas noches de placer y descontrol en sus establecimientos y proponían a los clientes rematar las cuchipandas con generosos bebercios. Adiós vasos de tubo y tragos mezquinos y calentorros. Hola, pandemia. El concurso donostiarra de gintónics, que continúa en activo, colaboró a popularizar las zambullidas.

Aunque Google Maps no señalaba camino, existía. Las tres horas previstas se convirtieron en cinco. A tramos, la pista desaparecía bajo el hielo. Subir y bajar trochas era de una preocupante lentitud. El monstruo luchaba con la tracción en las cuatro ruedas. Confiar en Gisli era hacerlo en los exploradores del Norte. Los sistemas de navegación no señalaban ningún lado. En algún lugar estaba el parque Thingvellir, donde rompían las placas de dos continentes. De momento, el único choque era el de las ruedas contra los helados bloques.