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Una red social con dirección física

Las llaman "comunas 2.0". Su ideóloga habla de 'coliving'. Son 'lofts' donde trabajar/vivir a precio de 'hostel' con el kit de supervivencia básico de un 'millennial': wifi, Netflix, Xbox 360

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ANA SÁNCHEZ

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Es la nueva tierra prometida de los 'millennials': Podshare. Por 35-45 €/noche les prometen en Los Ángeles wifi, ordenador, Xbox 360, espacio de 'coworking', rincón 'maker', bicis, picoteo gratis en la nevera y una cama con Netflix en la tele. En el futuro esperan tener también impresoras 3D. El concepto de 'coworking' se amplía a la vida 'afterwork'. Se impone el 'coliving'

“Estamos creando una red social con una dirección física”, apunta la ideóloga, Elvina Beck, una rusa de 31 años a la que se puede rastrear en IMDb. “Oh –se horroriza–, eso fue hace muchos años, cuando vine a Los Ángeles y hacía cástings”. Hace cuatro años que montó los primeros 'pods' para compartir. Pods = espacios donde trabajar/vivir para viajeros sociales, trabajadores de paso, gente que se acaba de mudar, describe. Ya hay 38 distribuidos en tres ubicaciones de Los Ángeles: Hollywood, Arts District y Los Feliz. Están construyendo 50 más y prevén expandirse a otras ciudades (ya apuntan a San Francisco). De momento, han pasado por estos 'lofts' comunales 5.000 personas (el 92% de la capacidad); 16 'covividores' se han ido con el logo de Podshare tatuado (una maleta dentro de una casa). 

Uno se abona a esta 'podmunidad' como quien se apunta a un gimnasio. Independientemente de en qué localización se duerma, se puede acceder a cualquiera para trabajar, atacar la nevera, darse una ducha, cargar el móvil o echarse una siesta. 

PROHIBIDO EL SEXO

Elvina vive en un pod desde el 2012. “Los compañeros de piso de corto plazo –se justifica– son como un 'buffet' libre: puedes probar diferentes sabores de una vez”. De aquí ha salido más de una pareja, dice. “Es fácil que se creen relaciones, pero de las plátonicas”, puntualiza. Una de las reglas obvias es: nada de sexo en los 'pods'. “A menos que seas un exhibicionista”. Las camas están instaladas en un espacio abierto. Aunque, como insisten las pegatinas que reparten entre los inquilinos: “No existe el ‘no puedo’, solo el ‘no quiero”.