21 oct 2020

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Fronteras fantasma

Desde que se aprobó el Acuerdo de Schengen, las aduanas europeas han cambiado el bullicio por una soledad casi espectral

El fotógrafo Ignacio Evangelista ha atrapado su silencio, al que el escritor Juan Villoro ha sabido dar voz en este reportaje

Juan Villoro

Primo Levi sobrevivió a los campos de concentración y al recuperar su vida habitual descubrió otro tipo de tensiones. Una frase suya resume las dificultades de la colindancia: "Nuestros vecinos, es decir, nuestros enemigos". Quien vive al lado puede ser un adversario.

Gloria Anzaldúa, pionera de los estudios feministas y de género en la comunidad chicana, se refería a la frontera como a una cicatriz. Algo dramático sucede para que la tierra se separe en países diferentes.

Hay fronteras adormecidas, que apenas se advierten y siguen el curso de un río o una cañada. Esto se debe a que comunican países de idéntica prosperidad, como Holanda y Alemania. Ahí, los puestos aduanales y las garitas son lugares de trámite, y se puede cruzar en bicicleta. 

HERIDAS ABIERTAS

En su más reciente película, 'Remember', Atom Egoyan plantea un singular cruce de un país a otro. Un anciano que padece demencia senil viaja en autobús de Estados Unidos a Canadá para asesinar a una persona. Al llegar al puesto fronterizo, esconde una pistola en su asiento y desciende para mostrar sus documentos. Ignora que su pasaporte ha caducado. Con toda calma, el guardia aduanal le pide el carnet de conducir. El protagonista lo muestra y puede pasar. Mientras tanto, el autobús aguarda sin que nadie lo revise. En esta escena, el cruce es rito ocioso: no requiere de visa y ni siquiera de papeles en regla. 

Los padres crearon un 'checkpoint' dentro de la casa: para pasar del cuarto al baño, el hijo debía someterse a un careo y responder preguntas. Así comprendió lo insoportable que es vivir con una aduana de por medio. 

La situación cambia por completo cuando la frontera es una herida abierta. El espléndido cuentista israelí Etgar Keret nació durante la guerra de 1967, ingresó al colegio en la de 1973 y al instituto en la del Líbano. Cuando estaba en la mili, su mejor amigo se suicidó y murió en sus brazos, lo cual lo llevó a escribir su primer relato. A pesar de estas convulsas circunstancias, se siente privilegiado. La generación de sus abuelos murió en campos de exterminio y la de sus padres no pudo crecer en el país donde nació. Junto con David Grossman, que perdió un hijo en combate, y Amos Oz, Keret pertenece a los escritores que defienden los derechos de los palestinos a convivir con Israel

No le ha sido fácil sostener esta postura, ni siquiera en su propia casa. Después de un ataque de misiles, su pequeño hijo le comentó que estaba preparando una bomba con sus amigos para lanzarla a los palestinos. Keret está casado con Shira Geffen, actriz y directora de cine que en el 2014 hizo 'Self made', película sobre un artista israelí y un vendedor palestino que cambian identidades cuando sus papeles se confunden en un puesto fronterizo. No es difícil imaginar el azoro con que el matrimonio escuchó a su hijo hablar de un ataque infantil contra el presunto enemigo. 

Etgar y Shira trataron de explicar la indignación de los palestinos por tener que pasar por puestos de control en su propio territorio. "No creo que un 'checkpoint' sea suficiente para que ellos lancen misiles", dijo el niño. Entonces los padres decidieron crear un 'checkpoint' dentro de la casa: para pasar del cuarto al baño o a la cocina, el hijo debía someterse a un careo y responder preguntas. Así comprendió lo insoportable que es vivir con una aduana de por medio.

EL MURO DE LA 'LIBERACIÓN'

Otras fronteras son más difíciles de franquear. El 12 de junio del 2011 llegué desde Seúl al paralelo 38 para visitar la Zona Desmilitarizada que divide Corea del Sur y Corea del Norte. La tierra de nadie es una franja donde crece la vegetación y prospera la fauna silvestre. A lo lejos se distinguen las casetas de vigilancia de un mundo próximo y, al mismo tiempo, rigurosamente extraño. En la cerca que delimita el lado sur, hay papeletas con consignas de paz y reunificación. Casi todas son colocadas ahí por escolares. Escogí una al azar y le pedí a mi intérprete que la tradujera: "Quiero jugar a fútbol con niños de Corea del Norte", decía el mensaje. El placer elemental por el juego había llegado a la frontera más vigilada del mundo. Versión incruenta de la guerra, el deporte crea zonas que pueden ser borradas: un equipo juega de un lado de la cancha y luego ocupa el otro. 

Esa visita me recordó los tres años que pasé en Berlín Oriental, de 1981 a 1984. El Muro circundaba la parte occidental de la ciudad como una afrenta irracional. De acuerdo con la retórica del Partido Socialista Unificado de Alemania, la segunda guerra mundial había concluido con la "liberación" de Berlín. La toma de la ciudad por parte del Ejército Rojo era vista como un acto de rescate. La paradoja es que los alemanes habían sido "liberados" de sí mismos. 

Igual de absurda era la construcción que cercaba a los berlineses occidentales. Infinidad de veces pasé por Checkpoint Charlie hacia la zona de los aliados. Las torretas de vigilancia, los espejos que revisaban la parte inferior del automóvil, los perros guardianes y los detectores infrarrojos eran menos impresionantes que la parte más despejada del Muro, patrullada por guardias fronterizos que iban de dos en dos, para vigilarse mutuamente. Si descubrían a un fugitivo, debían disparar; si uno de ellos no lo hacía, el otro podía dispararle. La caída del Muro representó el fin de una cárcel.

EL RACISMO DE TRUMP

El candidato republicano a la Casa Blanca propone un infranqueable paredón y promete que será pagado por los propios mexicanos

Otras divisiones son más porosas y, por lo tanto, más arriesgadas, pues generan la ilusión de que cruzar es posible. México y Estados Unidos comparten la frontera más cruzada del mundo, lo cual no deriva de un intercambio fluido entre los dos países. Estamos ante uno de los más grandes delirios de la época. En Estados Unidos hay trabajos disponibles para mexicanos y centroamericanos, pero no se les concede permiso oficial para inmigrar. En su búsqueda de empleo, los aspirantes deben sortear un cruento safari. La patrulla fronteriza y los 'minutmen' custodian la región como si participaran en un juego de tiro al blanco. El que se sobrepone a la amenaza, llega a alguna ciudad donde podrá vivir durante años sin papeles. ¿Tiene sentido perpetuar este salvaje rito de paso? Si el Gobierno norteamericano quisiera detener a los latinos ilegales, podría hacer arrestos masivos en los partidos de fútbol en los que juegan las selecciones de México, Honduras o El Salvador. En vez de eso, pone en práctica una política esquizofrénica que cuesta vidas: el migrante que no muere por los soles del desierto o los disparos de la migra contribuye al sueño americano lavando platos, podando jardines, recolectando fresas o cuidando ancianos y enfermos.

La expresión que se usa para los extranjeros sin documentos es "ilegal alien". Lo cual hace pensar en el eslogan que promovió la película 'Alien', dirigida por Ridley Scott: "En el espacio exterior nadie puede oír tu grito". En la soledad de Texas o Arizona, los migrantes pueden morir sin ser oídos. Y, sin embargo, la necesidad hace que los cruces no se interrumpan. En otra película, 'Pulp Fiction', unos criminales toman por asalto una cafetería. Sacan sus armas y todo mundo se congela. De pronto, se oye un ruido en la parte trasera. Uno de los asaltantes dice: "¡Saquen a los mexicanos de la cocina!". Si alguien está ahí, solo puede ser un mexicano.

La ascensión de Donald Trump como candidato republicano a la presidencia ha permitido que el Gobierno mexicano se sitúe como posible víctima de un mandatario racista, que pretende construir un muro semejante al de Berlín en la frontera con México. Ya hay una construcción de la zona, hecha con las planchas de metal que sirvieron para que los tanques avanzaran sobre la arena en la guerra del Golfo. Más que un obstáculo definitivo, se trata de una instalación, una advertencia de que cruzar es peligroso. Sortear la valla de metal es fácil, entre otras cosas porque tiene hendiduras que sirven de escalones. Resulta poco alentador que un país se relacione con otro de ese modo, pero esto no es suficiente para un racista hiperventilado como Trump: él propone un infranqueable paredón y promete que será pagado por los propios mexicanos.

EL SABIO EN ALERTA

Contra la comodidad que brinda la costumbre, para San Víctor el sabio es siempre un recién llegado, en perpetuo estado de alerta

Cruzar sin morir en el intento. Zona de contrabandos, la literatura entiende que un país vecino no es una amenaza, sino una oportunidad de escape. En cierta forma, toda escritura es "extraterritorial": postula la posibilidad de ver la patria como algo novedoso, digno de descubrimiento. En el siglo XII, el escolástico Hugo de San Víctor, autor de 'Didascalicon', lo expresó de esta manera: "El hombre que encuentra que su patria es dulce no es más que un tierno principiante; aquel para quien cada suelo es como el suyo propio ya es fuerte, pero solo alcanza la plenitud aquel para quien todo el mundo es como un país extranjero". 

Siguiendo a San Víctor, podríamos hablar de un "cosmopolitismo de la ansiedad". Conocer diversos parajes y adaptarse a ellos es edificante, pero asumir que la realidad nos supera representa mayor logro. Contra la comodidad que brinda la costumbre, para San Víctor el sabio es siempre un recién llegado, en perpetuo estado de alerta.

Esta idea, tan estimulante y provocadora en el enclaustrado siglo XII, opera de otro modo en el paranoico siglo XXI. En las fronteras somos sospechosos. De acuerdo con el filósofo Giorgio Agamben, habitamos una era en la que todo desconocido es un terrorista en potencia. Una cámara fotografía el iris de nuestros ojos y dejamos la impronta de nuestras huellas digitales. Cuando el guardia revisa tu fotografía, no espera que se parezca a ti, sino que te parezcas a la foto. Esto recuerda una broma de Macedonio Fernández: "Después de ese exitoso retrato, he trabajado quince años en parecérmele, que tal es la dificultad".

LA PARANOIA DEL SIGLO XXI

Sabemos que la única forma de frenar esta oleada consiste en crear oportunidades de desarrollo en los países desfavorecidos, pero habitamos un planeta roto, desequilibrado. 

Las imágenes y los documentos son señas de identidad más confiables que nuestro rostro o el dominio de los hábitos de un país. Si un húngaro carece de pasaporte, preparar el mejor 'gulash' no acredita su identidad.

Las aduanas son sitios donde la paranoia se traduce en información: si los datos no te incriminan, puedes pasar. Pero cada tecnología crea su propia desgracia, la forma en que puede volverse contra sí misma. Del mismo modo en que la electricidad produjo el apagón, internet ha producido el 'hackeo'. La información puede ser simulada. Saber esto agrava el problema: la paranoia está justificada. 

El siglo XXI es la época de las nuevas migraciones masivas. El norte de África y el Próximo Oriente son plataformas de escape rumbo a Europa. En ocasiones, el camino para obtener un empleo en Alemania pasa por cuatro o cinco países africanos y dura media década. Sabemos que la única forma de frenar esta oleada consiste en crear oportunidades de desarrollo en los países desfavorecidos, pero habitamos un planeta roto, desequilibrado. Un niño debe morir en una playa para que, al menos por unos días, se atienda la tragedia.

EL MIEDO AL OTRO

Con excesiva frecuencia le tememos a los otros. Intuimos que sus ignotas costumbres son desagradables. Lo peculiar es que todos pertenecemos a esa categoría. Un endecasílabo de Octavio Paz lo expresa a la perfección: "Los otros todos que nosotros somos".
La idea de entender el mundo entero a partir de la extranjería, como deseaba San Víctor, se complementa con la de amar esa condición extraña. Al hablar de la figura del Buen Samaritano, solemos referirnos a una persona que hace el bien de forma desinteresada. Es una descripción justa. Sin embargo, lo que Cristo deseaba comunicar a través de esa parábola es más profundo: la persona que socorre a un herido en la carretera a Jerusalén viene de lejos, de Samaria (de ahí el gentilicio). En este sentido, el samaritano es quien ayuda en una circunstancia que le es ajena. No es otra la virtud de la inmigración.

Eduardo Galeano pasó años de exilio en Catalunya y dejó una estampa conmovedora sobre la forma en que alguien hace suyo el sitio de acogida. Había pasado un tiempo en Calella de la costa cuando recibió la visita de un amigo de Montevideo:

"Paseamos por algunas calles del pueblo. Nada dijo, hasta que entre dientes comentó:
–¡Qué feo!
Y en silencio continuamos caminando.
Aquella fue la primera vez que escuché decir eso. Y quizás también fue la primera vez que me di cuenta que eso era verdad.
Y me dolió.
Y porque me dolió, descubrí que yo quería al pueblo donde vivía."

Más allá de las fronteras, está la tierra de los otros, es decir, de los dolores que podemos hacer nuestros. 

El proyecto

Ignacio Evangelista empezó a preguntarse qué podían contarnos esos pasos abandonados sobre el pasado de Europa. “Cada vez que llego a uno y veo todas esas indicaciones, pienso en la arbitrariedad de los sistemas de control, en su carácter alienante y en el enorme desequilibrio entre el poder de los estados y su relación con los individuos”, concluye el autor.


El proyecto completo de 'After Schengen' se puede visitar en Photo España 2016 (en la galería Utopia Parkway, de Madrid) hasta el 22 de julio.