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Curro Claret: "El diseño no es solo cosa de ricos"

A este diseñador industrial, premio Ciutat de Barcelona, le gusta reutilizar cosas, no como un capricho sino como una imperiosa necesidad

Luis Miguel Marco

“Nací en Barcelona en 1968 y he estado viviendo la mayor parte de mi vida aquí –explica Curro Claret en su biografía–. Estudié diseño industrial en la Escuela Superior de Diseño Elisava de Barcelona y en Central Saint Martins de Londres (estudios que no llegué a acabar por razones largas de explicar ahora, pero contentísimo de haber pasado por allí). Al regresar trabajé en diferentes empleos más o menos relacionados con el diseño (¿hay algún trabajo que no pueda tener alguna relación con él?). El que me chocó más probablemente fue uno en una fábrica de piezas para coches, de esas donde los trabajadores están todo el día delante de una máquina sin casi poder moverse haciendo lo mismo todo el rato. A partir de 1998, empecé a probar por mi cuenta como diseñador 'freelance'. Desde entonces he estado trabajando en proyectos muy diferentes (pequeños objetos, objetos más grandes, instalaciones, interiorismo, algún 'evento-happening'…). Todos los diseños se han realizado para mi familia, amigos, galerías, instituciones, fundaciones, el Ayuntamiento de Barcelona, la Generalitat de Catalunya, pequeñas compañías, medianas compañías y alguna más grande. Al mismo tiempo, he estado haciendo un poco de profesor de diseño industrial”. 

Es usted la antítesis del diseñador estirado. ¿El adjetivo ‘social’ le pega? Entiendo que se use ese término. Con esta crisis parece recurrente y es la etiqueta, el cliché. Me considero un diseñador al que le gusta estar donde hay jaleo, donde hay problemas, donde hay personas que, por lo que sea, se han quedado al margen. Si eso recoge lo de social...

Está más cerca de los sintecho que de los que tienen segunda y tercera residencia, vaya. Por poner un ejemplo, una de sus creaciones, ‘Por el amor de Dios’, es un banco de iglesia con un respaldo reclinable para que sirva también de cama. Esa propuesta en concreto pretendía recuperar el espíritu que durante muchas épocas ha tenido la iglesia, abierta las 24 horas para acoger a personas que por diferentes motivos han necesitado esporádicamente un lugar donde dormir. Mire, en general el 'establishment', para un diseñador, es algo peligroso. Me incomoda estar a su lado, porque significa que aceptas el sistema y sus normas, que han establecido unos pocos privilegiados. Urge rediseñar este caos, este sistema que no funciona, que provoca graves fracturas sociales y mucho sufrimiento.

Empezó en esto porque quería ser como Mariscal, que caía simpático y encima entonces ganaba mucho dinero. Era conocido. Un tipo divertido que hacía cosas simpáticas, atrevidas y un poco gamberras. Y eso para un joven era atractivo. Mariscal ha dejado huella en todos nosotros. 

No debe de resultar fácil ser un diseñador industrial que planta cara a la industria. Tengo una relación de amor y odio. Yo creo en la idea de un sistema de producción industrial honesto. Creo que eso tiene todo su sentido y es lo que debería ser. Pero... ¿cuántas empresas lo son? Existimos como clientes, como usuarios. Pero ¿dónde quedan las personas? Siempre confiaré en quien tiene ganas de hacer cosas honestamente, pero entiendo también al empresario que busca obtener beneficios. Vivimos todo el tiempo inmersos en la contradicción, haciéndonos preguntas.  

"Eso de usar y tirar ya no es posible. Hay que frenar tanto consumo"

Este estudio suyo es espartano. Y la mesa redonda en la que nos sentamos, recogida en la calle, ni siquiera es de Ikea. Predica con el ejemplo. A Ikea hay que reconocerle que ha hecho realidad el sueño del diseñador del siglo XX de crear muebles y objetos accesibles y útiles. Aunque luego está la trampa de la vida limitada, de la secuencia de producción no demasiado clara y esa cosa de usar y tirar que no es posible, porque hay que frenar tanto consumo.

¿Mantiene intacto ese compromiso por el que recibió, en el 2013, el premio Ciutat de Barcelona? [Fue en la categoría Diseño, por las piezas presentadas en la exposición ‘Un dilema, l’art contemporani i la inversió en la certesa’ como resultado de su colaboración con Arrels Fundació, que atiende a personas sin hogar. Son unas 3.000 solo en la ciudad de Barcelona; el 90%, hombres]. Cuando yo estudiaba, estábamos convencidos de que el diseñador debía estar donde fuera útil para solucionar problemas. Hace unos años, empecé a aplicar el diseño en este contexto de la gente que no piensa en el diseño porque bastante tiene con resolver su día a día y lo hice sin saber muy bien cómo. Y aquí seguimos, repensando cómo hacer cosas reutilizando más que reciclando, sin maltratar el medio ambiente. Porque la sostenibilidad debería ser el mayor desafío de los diseñadores. 

Si ya tenemos muchas cosas que funcionan bien, ¿dónde debería poner el diseñador la mirada? Es cierto que el diseñador se fijaba mucho hasta ahora en la función de los objetos. Pero creo que debería buscar más una intencionalidad, un discurso, plantear otra forma de hacer las cosas. Yo valoro que haya historias detrás de los objetos. El florero chapapote era una denuncia, pero la fealdad podía albergar una flor. Diseñé la T300, una plancha de metal cortada con láser, doblada y con agujeros, para hacer taburetes de tres patas y una superficie lisa a partir de materiales encontrados en la calle por personas que intentan rehacer sus vidas. Gustarán más o menos, pero no hay dos iguales, y detrás hay todo un discurso. 

Tuvo mucha repercusión el interiorismo de las dos tiendas para Camper, una en Barcelona, en el Triangle, realizada con Arrels Fundació, y otra en Madrid, con la Fundación San Martín de Porres, con esos bancos y taburetes y esas lámparas hechas con cordones de colores de los zapatos. ¿Tendrá continuidad? Espero que sí. La empresa Metalarte confió en nosotros para hacer una serie de lámparas. Esos objetos tienen valor por sí mismos. Y no se han hecho para que la gente los compre por caridad. Tampoco hemos hecho el taburete que haría Ikea. El nuestro es distinto, es incluso algo incómodo, porque a la mayoría le incomoda mirar hacia el lado chungo de esta sociedad. Me gusta pensar que el diseño no es solo cosa de ricos.

Madera, cartón, tubos de canalización eléctrica reciclada. Tiene querencia por los materiales pobres. Más allá de los materiales, hay una afinidad en todos los sentidos con lo rechazado, con lo que se tira, con lo que no se valora, con lo que se desprecia. Eso es el reflejo de un sistema desajustado. No puede ser que tiremos tantas cosas. Que estemos en una media de kilo y medio de basura por persona. Eso es una animalada. Entender eso es uno de los mayores retos que tenemos. 

"Quiero que los objetos exliquen una historia, que haya algo detrás más allá de la función para la que han sido creados"

¿Sus alumnos siguen su discurso? Muchos no se contentan con seguir la inercia. Les ha tocado vivir una realidad muy dura y ven que no puede ser más de lo mismo. Sí o sí les toca a ellos repensar a fondo el papel que como diseñadores quieren tener en esta sociedad, y no solo para sobrevivir, sino para que sientan que lo que hacen da un cierto sentido a sus vidas. 

El objetivo de muchas empresas hoy es conquistar a los ‘millennials’, los jóvenes que han nacido con este siglo. Pero la mayoría no ven prioritario en su futuro comprarse un coche o tener en propiedad una vivienda. Buscan otras fórmulas. Me parece buenísimo que se imponga una menor dependencia de lo material y se abogue por construir un entorno de bienes compartidos. El consumo desaforado está destrozando el planeta. Y no está claro que acaparar bienes garantice el bienestar o la felicidad. Uno necesita un techo donde cobijarse, pero eso no implica que la solución pase por hipotecarse toda la vida.  

No es el único diseñador que está en esta, digamos, cruzada. Afortunadamente. Hay muchos colegas, en muchos sitios, que están trabajando con otras herramientas. Y eso es esperanzador porque están demostrando que se puede sobrevivir cambiando las dinámicas. 

Hablando de sobrevivir, en el libro de Oscar Guayabero ‘Retrato imperfecto de Curro Claret’, editado recientemente, Juli Capella dice que la gran pregunta es: ¿de qué vive Curro?  Y yo le contesto: no tengo coche, no tengo hijos, no tengo hipoteca, vivo en el piso de mi novia y, aun así, hay meses que me cuesta llegar a fin de mes. Sí, vivo en una incerteza económica, como tantas muchas personas, y mirando con lupa los gastos. Yo me aprovecho de unas circunstancias que son poco habituales entre mis colegas de profesión. Si tuviera una familia, no podría hacer lo que hago ahora.
 
¿Se siente feliz, al menos? Lo que hago es la mejor recompensa. Es lo que hace que me levante cada mañana. Soy consciente de ser un privilegiado. No estoy ocho horas trabajando en algo que no me llena con el único aliciente de la paga a final de mes y esperar las vacaciones de verano. 

Su amigo Ramón Úbeda –arquitecto de formación, periodista de profesión y diseñador por vocación– dice que es difícil adivinar cuál será la evolución de Curro Claret. Yo tampoco lo sé. No me sé imaginar de aquí a unos años. Los de mi generación que somos autónomos ya sabemos que no vamos a pillar la jubilación. Nos tendremos que espabilar o acabar viviendo en comunas. Yo qué sé.

EL LIBRO: Retrato imperfecto de Curro Claret

Escrito por el profesor Oscar Guayabero, el libro 'Retrato imperfecto de Curro Claret' (editado por Gustavo Gili) es una conversación “sobre diseño y otras cosas” en la que varias personas, entre ellas Curro y Guayabero, conversan en un texto fluido sobre un montón de aspectos. “No queríamos que fuera un libro sobre diseño, sino un libro de ideas, dudas, experiencias, contradicciones y pensamientos que se han expresado a partir del lenguaje del diseño”. A juzgar por el resultado, lo han conseguido.

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