Luis Suárez, retrato de un 'killer'

Un tridente de plumas, Juan Villoro, Carlos Zanón y David Torras, marca al delantero implacable

Suárez, junto a sus compañeros Neymar da Silva Santos Júnior y Leo Messi.

Suárez, junto a sus compañeros Neymar da Silva Santos Júnior y Leo Messi. / MIKE HEWITT / GETTY

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JUAN VILLORO / CARLOS ZANÓN / DAVID TORRAS

Luis Suárez está viviendo unos meses de ensueño: en asociación perfecta con Messi y Neymar, es pieza fundamental de ese tridente que marca la diferencia en el Barça. así que, para hacer justicia a su carisma y su poder goleador, no bastaba con una sola firma: hacían falta, al menos, tres. Un tridente de plumas –Juan VilloroCarlos Zanón y David Torras– para retratar a la punta del tridente del mejor equipo del mundo.


EL NUEVE PERFECTO

EL NUEVE PERFECTO

Por Juan Villoro

El momento más extravagante en la vida de Luis Suárez ocurrió en Holanda, donde le recomendaron que hiciera yoga para mitigar su agresividad en la cancha, algo parecido a darle ansiolíticos a Indiana Jones. El delantero sabe que sus arrebatos provienen de su excesivo afán competitivo y se negó a recibir cualquier tipo de terapia. 

No es casual que alguien que rompe récords se interese por los números. La materia favorita de Luis era Matemáticas. Destacaba en los cálculos, tal vez pensando en las estadísticas que hoy definen su biografía: en el 2011 anotó su gol número 100 para el Ajax; en la temporada 2013-2014, 31 goles con el Liverpool, compartiendo la Bota de Oro con Cristiano Ronaldo, y concluyó el 2015 anotando 46 goles para el Barça.

Suárez es un depredador que necesita tres segundos por partido para cobrar otras tantas presas. El Barça no tenía un 'killer' de ese tipo desde la salida de Eto’o, que Guardiola justificó como un asunto de “feeling”, sugiriendo que el camerunés se comportaba en el vestuario con la misma enjundia que en el campo. 

Con la partida de Eto’o, el club blaugrana se sometió a una de las transformaciones más originales del fútbol: jugar sin centro delantero fijo. Nadie se hacía cargo del puesto, pero alguien llamado Lionel Messi podía ocuparlo por sorpresa.

La invención de Guardiola contravenía las convenciones. Hace unos días, el Cholo Simeone resumió así lo que le pide a los mediocampistas: “Su primer objetivo es el nueve”. Hay que buscar al delantero centro. Esta estrategia es ideal para un conjunto que carece de virtuosos en todas las posiciones, es decir, para casi todos los equipos. 

Del nueve fantasma, el Barça pasó al nueve inevitable. El vacío que llenaba Messi es el alojamiento de Suárez. Parte del éxito se debe al talento del argentino para adaptarse al nuevo esquema. Ahora sus genialidades comienzan desde atrás, en la zona donde antes oficiaba Xavi. El otro corresponsable es Neymar, que ha sabido desconcertar en la punta izquierda sin incursionar demasiado por el centro.

En su cuarto año al frente del Barça, Guardiola compuso una sinfonía del toque que requería de demasiadas oportunidades para anotar. Suárez es el gran simplificador. Su capacidad de desmarcarse y anticipar los rebotes lo convierten en el mejor situado para el remate. Su peligrosidad opera en espacio abierto y en el área sobrepoblada. Entre su repertorio de aniquilación, me quedo con sus tiros de “tres dedos”, punteando la pelota al ángulo de las telarañas. 

Ningún delantero es diplomático con los defensas y Suárez ha llevado la regla a un punto límite. Entre sus marcas también figuran los partidos de suspensión. El historial de sus mordiscos arroja los siguientes datos: en Holanda su víctima fue el marroquí Otman Bakkal (diez partidos en el banquillo); en Inglaterra, el serbio Branislav Ivanvic (otros diez partidos), y en el Mundial de Brasil, el italiano Giorgio Chiellini (cuatro meses y nueve partidos sin jugar). Por lanzarle insultos racistas al franco-camerunés Patrice Evra se quedó sin ocho encuentros más. Fuera de la cancha, Suárez es otra cosa. Los compañeros y los amigos lo alaban.

Es el gran simplificador del gol:  su capacidad de desmarcarse y anticipar los rebotes lo convierten en el mejor situado para el remate

El apetito de triunfo suele provenir de carencias previas. Nacido en Salto, en 1987, Suárez fue llevado a Montevideo a los 4 años, cuando sus padres se separaron. El padre trabajaba como portero de un edificio y la madre como niñera, lejos de los seis hijos que tenía en casa. Para ayudar a la familia, él barría las calles. A los 15 años se enamoró de Sofía, una rubia de 13 años que parecía pertenecer a una liga inalcanzable. Amarla era un atrevimiento y Luis arriesgó el lance. Ella le correspondió mejor que la fortuna: le dio ánimos para seguir con sus estudios y el fútbol, pero al poco tiempo se mudó con su familia a Barcelona. Luis conoció la soledad que no ahoga el alcohol hasta que enderezó el rumbo, debutó en el Nacional y a los 19 años fue fichado por el Groningen, de Holanda, lo cual significaba estar más cerca de Sofía, con quien se casó a los 21 años y que ha definido su seguridad emocional. El delantero tempestuoso es un hombre estable. 

Al fútbol le gustan las paradojas. Contra toda lógica, Suárez no entró en la terna que disputaba el Balón de Oro. ¿Sus goles no borran sus mordiscos? Pero no le faltan admiradores. Uno de ellos es Guardiola. Los futurólogos que nunca descansan comentan que el entrenador fichará por un club inglés de alto presupuesto que ya negocia el traspaso de Suárez. Los números adquieren calor mágico en el fútbol: el artífice del falso nueve anhela un supernueve.

Quienes le aconsejaron a Suárez que hiciera yoga ignoraban que ya había conocido a un gurú definitivo. El entrenador Ricardo Perdomo advirtió que la joven promesa del Nacional desperdiciaba su talento en la vida nocturna. No es gratuito que Perdomo reciba el apodo de 'Murmullo'. Hay que escucharle con atención: “O 'centrás' tu vida o te vas de aquí”, le dijo a un chico que solo quería dos cosas: jugar por el centro y llegar a Barcelona.

Desde entonces, Luis Suárez remata a gol como solo puede hacerlo quien centra su vida de ese modo.  


Por Carlos Zanón

Adoro a Luis Suárez. Me encanta tenerlo en mi equipo, verlo jugar del modo en que lo hace. Es fuerte, técnico, siempre dispuesto al choque. Rápido, instintivo, con espalda de armario, con lo que, para la defensa contraria, cada partido es día de mudanza. Me gustan sus goles, a la carrera, a zapatazos, de espaldas, de cualquier manera. Y, por supuesto, estoy contento de que esté con los Míos y no con los Otros. El Presidente de los Otros dijo preferir –decisión obviamente consultada a las brujas de Macbeth después de una despedida de soltera en Calahorra– a su nueve francés. Consideró que Suárez daba mala imagen (risas) y su chico, no (más risas). Luego, se fue a votar a UPyD y, para redondear el día, decidió recomendar a Fernando Alonso que dejara Ferrari. 

Adoro a Luis Suárez por un motivo del que no estoy muy orgulloso –mentira: lo estoy–. Adoro a Luis Suárez por aquello. Adoro el riesgo de que aquello vuelva a pasar. Adoro que nadie sabe por qué sucede aquello, cuál es el resorte, la tecla inadecuada, el cable rojo o negro que hay que cortar para que aquello no vuelva a suceder. Adoro que en un equipo tan 'aguardiolado', en el que todos los trenes llegan a la hora, esté él, una estupenda bomba de relojería, tictac tictac. Es necesario alguien como Luis Suárez en este equipo, como Stoichkov lo fue para el 'dream team'. Pero el búlgaro, por mucho pisotón al árbitro, no tenía aquello. Lo suyo era, lisa y llanamente, mal carácter. Hay una gran diferencia. Stoichkov no era poseído por aquello, sino que te agredía casi con el mismo propósito que los niños que aún no saben leer llaman tu atención. Suárez, el aquello de Suárez, es una demostración de todo y para nada. Un instinto, una barbaridad, un enigma

El nueve desprende la  presencia del peligro, del arrebato, de lo imprevisto

Luis Suárez parece ser un buen tipo y además es, hoy por hoy, el mejor 9 del mundo. Y además tiene aquello: ¿qué más se puede pedir? Un aquello capaz de volverlo todo loco, de estropear la velada en el Liceu del Camp Nou. Solo bastarían unos segundos de aquello para que el logo de Unicef –¿aún lo llevan?– se ensombreciera. Habrá quien piense que también tenemos a Piqué y que Piqué tiene aquello. No, Piqué tiene su aquel, que es distinto. El central catalán tiene un muy particular sentido del espectáculo y una tienda de objetos de broma al lado del occipital. Pero aquello ha de ser incontrolable para ser aquello y Piqué controla, lo cual lo hace inservible como héroe clásico, pero es mucho más dañino para la Flota Imperial. Pero reconozcámoslo: el único que tiene aquello está en los Otros y se llama Pepe. Aunque, en su caso, la sensación que se tiene es más de posesión infernal o exorcismo mal acabado que de encuentro chamanesco con el aquello, Lobo Hombre Suárez. Con todo, aun conviniendo que el del uruguayo y el de Pepe pudieran tratarse del mismo aquello, todo el mundo sabe que un mordisco en la espalda es más 'cool' que cuatro patadas con una bota de tacos. 

Sí, me encanta Suárez, con su cuerpo de Centauro paseándose por los alrededores del medio campo, en las áreas, entre un bosque de defensas y lanzando flechas como disparos percutidos por sus rodillas. Los Centauros siempre fueron seres de cuya domesticación se dudaba. En una ocasión, el rey Pirito les invitó a su boda y esta acabó en matanza al intentar secuestrar a la novia y a todas las invitadas. Quizás por eso, de vez en cuando, esperando en un córner, en una mirada o un encontronazo, los contrarios temen ser –sin saberlo– invitadas a la boda de Pirito. Pero aunque no suceda, y en el Barça no parece que vaya a suceder, existe, se sabe que aquello sigue ahí, ¿no? Y eso me basta. Suárez –jugador disciplinado y normativo– desprende la presencia del peligro, del arrebato, de lo imprevisto que es la esencia del fútbol, por definición siempre traicionero. Y ¿qué quieren que les diga? Adoro esa malsana sensación. Ese círculo de fuego alrededor del escorpión. La sensación de ser incorrecto sin avisar, sin causa, porque sí. Notar que alguien tiene aquello. Aún. 


UN VIAJE PROFÉTICO

UN VIAJE PROFÉTICOPor David Torras

Ahí estaba, encerrado en un cuarto del aeropuerto, repitiendo una y otra vez que venía a ver a su novia, que le estaba esperando, Sofía se llama, se vino acá en verano a vivir con su familia, no, no sé ni la dirección, ni el teléfono, ni nada, para qué si estará fuera y ellos me van a llevar, que yo nunca salí de mi país, les digo la verdad, vengo solo por unos días, y luego me vuelvo a Uruguay, que juego al fútbol y recién me han llamado para el seleccionado sub-16 y voy a ganar plata, y pronto ya podré venir cuando quiera y llevármela a vivir conmigo, que algún día jugaré en el Barcelona, ya verán... Y ellos le miraban, y se miraban, y le volvían a mirar, no me vengas con cuentos niño, que ya nos conocemos la historia, y ya te puedes ir haciendo a la idea que vas a subirte otra vez al avión y 'pa casa', que aquí no te vas a quedar, que todos decís lo mismo...

Se había puesto una camisa blanca, que Sofía lo viera arreglado, bien guapo, pero esas manchas de sangre no le ayudaban mucho, la verdad. La nariz, la nariz, me sangró en el avión, no sé, la altura o qué sé yo, y ellos, claro, claro, la nariz, y otra vez las mismas preguntas y las mismas caras de incredulidad, y ese aire de impaciencia, y esas ganas de mandarlo ya de vuelta, y que pase el siguiente, que hay unos cuantos como él, que todos quieren entrar y aquí ya no hay sitio para tantos... Y vuelta a empezar. Pero, vamos a ver, ¿a quién se le ocurre venir aquí y no saber adónde vas? Ni una dirección, ni un teléfono, cómo vas a ir así solo por el mundo, con 16 años, tu novia, tu novia...

Vine a estar con ella, se lo juro, salir a pasear, ir a la montaña y al mar, como en el anuncio que acababa de ver en el avión, el mar y la montaña, unos días y me vuelvo, déjenme pasar, por favor, o salgan afuera y la verán, y le preguntan... Claro que Sofía estaba esperándole, arriba y abajo, de terminal en terminal con su madre, nerviosa, con ganas de llorar, no había manera de encontrarle, hacía ya más de dos horas que había aterrizado el avión, y nada, ya había hecho otra de las suyas, ¿dónde demonios se había metido?

A los 16 años voló  solo hasta Barcelona para ver a su novia. "Algún dia jugaré aquí", dijo a los guardias del aeropuerto

A ver qué llevas en la maleta. Nada, no llevaba casi nada, poca cosa, ropa, algún regalo y un paquete que le había dado una tía de su novia y que, sin saberlo, iba a ser una asistencia maravillosa. Ahí estaba la dirección, y el teléfono, ¿lo ven? Llamen, llamen, y llamaron, y al otro lado alguien contestó, el padre de ella, una conversación que le abrió el cielo y quién sabe si le cambió la vida. Hacía meses que se había separado de Sofía, uno a cada lado del mundo, Montevideo y Barcelona, y ella llevaba semanas diciéndole lo mismo, que la distancia lo hace todo muy difícil, que si no vienes por Navidad mejor lo dejamos, y él recogió toda la plata que tenía y la que le dejaron sus hermanos, y se compró el pasaje, y ahora que estaba tan cerca de ella, lo tenían encerrado en aquel cuarto, y querían mandarle de vuelta a casa. Llamen, llamen... 

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“Perdone. Aquí hay un chico que dice que ha venido a verles. Se llama Luis Suárez”. 

Y Luis, Luisito, corrió a por ella, sin poder dejar de llorar, con la camisa blanca manchada de sangre y el corazón desbocado, y, en medio de aquella mezcla de desespero y alegría, se juró a sí mismo que no tardaría en venir para llevarse a Sofía con él adonde fuera que le pateara la pelota, y que algún día los dos volverían para quedarse y cumplir el sueño que ya había empezado a trazar en las calles de Montevideo y que se puso en marcha nada más salir de ese cuarto. Nadie como él para rematarlo. Algún día jugaré en el Barcelona, ya verán...