Mikel Santiago: Mi mejor y mi peor Navidad

El autor de los superventas 'La última noche en Tremore Beach' y 'El mal camino' recrea la celebración que recuerda con más cariño y la que preferiría olvidar

Mikel Santiago: Mi mejor y mi peor Navidad
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Bautizado como “el Stephen King de Portugalete”, Mikel Santiago es, a sus 40 años, uno de los grandes superventas del 'thriller' en castellano gracias al éxito de las dos novelas que ha publicado, ambas en Ediciones B: 'La última noche en Tremore Beach' (2014) y 'El mal camino' (2015). Sus delirios criminales saltarán al cine, y por todo lo alto: Alejandro Amenábar ha comprado los derechos de la primera. El autor vizcaíno recrea, a continuación, dos celebraciones navideñas muy dispares: la mejor y la peor que recuerda.    

El triunfo de la ilusión

El triunfo de la ilusión

De eso no hay duda: mi mejor Navidad ocurrió cuando tenía 6 años y los ojos abiertos como dos lunas a las cuatro de la madrugada. Los Reyes o acababan de pasar o estaban a punto. Antes —creo que a las tres— había oído algo y me había levantado a mirar. Creo que le vi la pluma del sombrero a uno de los pajes, pero también oí a mi padre mandándome de vuelta a la cama. ¡A dormir! ¿Dormir? ¿En semejante noche? ¿Cómo podían estar mis padres —y el resto de los adultos, por extensión— tan alejados de la realidad? Tres magos, con sus tres caballos y un séquito de pajes, iban a entrar por la ventana de nuestro salón a depositar unos fantásticos regalos a cambio de un poco de moscatel con galletas… ¿y ellos querían que me fuera a dormir?

Bueno, decidí que estaban todos locos y me hice el dormido un rato más. Bajo las sábanas, mi corazón latía a toda prisa. ¿Habrían entendido los secretarios reales cuál era exactamente la pala excavadora que había indicado en mi carta? ¡Había tantas! Y esto elevaba la tensión unos cuantos grados. Me sentía como un zapador en lo alto del puente sobre el río Kwai, haciendo los últimos empalmes entre las toneladas de dinamita y mi pequeño detonador de campaña. O como un marinero en los mares del Caribe, con las velas de mi nave pintadas con alquitrán, esperando la orden para invadir la ciudad de los piratas. Aun así, creo que el sueño me atrapó en algún instante y pude descansar una hora más, pero en cuanto volví a abrir los ojos y me percaté del 'momentum', salté de mi cama como un bombero cuando suena la campana del fuego. Mi hermano mayor, que siempre ha sido más dormilón que yo, me reprendió desde el confuso montón de mantas en el que hibernaba: “Vuélvete a dormir”, gruñó, pero yo, básicamente, pensé que esa era precisamente la actitud que jamás habría llevado a Indiana Jones a ninguna parte. Así que salí a hurtadillas. 

El pasillo era largo y lleno de peligros. La puerta de la habitación de mi hermana para empezar, y después la de mis padres, a quienes un simple ruido pondría en alerta. Tragué saliva y avancé sobre los dedos de los pies. Era como caminar a los pies de un gigante dormido, y a esto había que sumar otra incertidumbre: ¿y si era demasiado pronto y me encontraba con alguno de los Reyes o sus pajes? ¿Qué era lo que decía la leyenda sobre eso? ¿Quizás a esos niños los llevaban consigo a las minas de carbón de sus reinos orientales por haberse portado mal en la única noche del año en la que —todo el mundo sabe que— hay que portarse bien? No podía estar más nervioso, creo que incluso sudaba.

La puerta del salón se elevaba frente a mis ojos como la boca negra de la cueva de los ladrones. El silencio no podía ser más vasto y absoluto. Empujé la puerta. La penumbra, iluminada por la luz de unas pocas farolas, delimitaba los muebles, las estanterías, el árbol… y debajo de él. ¿Qué era lo que había allí? En aquel momento era todo y nada. La magia de mi ilusión. Una magia que ¡ah! entonces no lo sabía, pero se iría desvaneciendo como una capa de polvo de estrellas que se va perdiendo con los años. Pero aquella noche estaba entera, resplandeciente. Y mientras daba un paso detrás de otro en dirección al árbol estaba cumpliendo con la única obligación auténtica de los niños, que es soñar. Y cuando me agaché frente a mi regalo y rasgué el papel… ¡Pues claro que era mi excavadora! ¿Cómo había podido dudar de mi rey favorito? 

FUERA DE CONTEXTO

¿Había tenido alguna Navidad realmente mala hasta entonces? No lo sé, siempre he sido un afortunado. Pero si definitivamente tuviera que escoger una, sería aquel año en que a mis padres les dio una ventolera y decidieron irse al sur a pasar unas navidades tropicales, y nos secuestraron en aquel hotel terrible donde las campanadas surgían de un DVD que, por cierto, se rayó en plena ejecución. Nos robaron la retransmisión desde la Puerta del Sol, pero no solo eso: también me hicieron odiar para siempre a los magos de hotel, una de las atracciones que habían precedido el toque de campanadas artificial. Desde esa noche, siempre que veo a un mago en un hotel recuerdo aquella Nochevieja en la que nunca quise participar. 

A mi madre, ese año, le dio por bailar con todos y cada uno de sus hijos, y yo por aquel entonces tenía mis miedos y mis vergüenzas propias de los 13 años. Además estaba enamorado de una chica de mi colegio y la echaba de menos con dolor platónico. Y también había una rubita de Valencia por ahí, con la que estaba empezando a mirarme un poco más de la cuenta a la hora del desayuno, y supongo que me derretía de vergüenza de pensar que me vería bailar con mi madre. Y es que aquello no acababa de encajar, y lo siento por la gente del sur, con mi idea quizás un poco escandinava y hollywoodiense de la Navidad. Y no es que en Bilbao nieve ni haya trineos tirados por huskies ni nada por el estilo, pero al menos tenemos frío y una buena cantidad de lluvia para darle a todo el asunto una cualidad, digamos, literaria; un ambiente de necesitar una chimenea, vamos. 

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Sin embargo allí, en aquel hotel sureño, era como estar viviendo la Navidad en Marte. Creo recordar que había hasta un loro. ¿Un loro? Bueno, pero al final salí a bailar. Cerré los ojos y traté de poner un pie delante del otro, al ritmo de alguna canción. Tenía una edad complicada y digamos que aún no me había sacado el carné de conducir de mi nuevo cuerpo. Eso, y otras mil millones de cosas, me habían fallado el último día antes de las vacaciones cuando no me atrevía decirle algo a la chica que llevaba amando desde el principio de curso. Y ahora, en aquel hotel, en aquella idea marciana de pasar las Navidades en otro lugar, todo el planeta parecía tener 13 años y ser más torpe que yo. Mis padres, por llevarnos allí; mis hermanos, por tener cada uno de ellos sus propias obsesiones y cosas extrañas, y la chica de Valencia, por recordarme, una vez más, que no tenía ni idea de cómo jugar al juego que todo el mundo parecía dominar ya a esas alturas. 

Vale, ahora que lo digo me estoy empezando a dar cuenta de que no hubiera estado de mucho mejor humor pasando la Nochevieja en Laponia con la familia Noel y su cuadrilla de elfos felices. Ahora que lo pienso, la Navidad es como el verano, dos épocas en las que todo y todos se ponen de acuerdo para demostrar lo bien que les va. Creo que el verano es la época en la que miras tu cuerpo en el espejo, y la Navidad es cuando miras a tu familia en el espejo. Y ahora que lo escribo me compadezco del pobre mago al que se le desbarató el truco y que, además de tener que trabajar en Nochevieja, tuvo que aguantar a todos los idiotas del público riéndose porque su falsa baraja saltó por los aires. Sí, definitivamente, tu peor Navidad es solo el día en que te pasan la factura por algo que no has comprado. Tú solo estabas un poco triste y de pronto te arrastras por el lodo de la miseria. Vamos, que cuando esa noche llegué a la habitación y puse la tele me sentí un poco complacido porque echaban Valle de Reyes, con todos aquellos esclavos tirando de las piedras de las pirámides. Y me dije: podría ser peor. 

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